Mis movidas con Twitter

Es lo segundo que miro cuando cojo el teléfono por la mañana y lo penúltimo que ven mis ojos antes de poner la alarma por la noche. Lo uso para informarme, para echar el rato, para documentarme sobre un tema en particular, para quejarme, para publicitar mis artículos, incluso para conocer gente de la que no tenía noticia y a los que ahora, que los conozco, estoy seguro que seguiré llamando amigos dentro de 20 años. En fin, para todo lo que da de sí el Twitter.

Al principio, cuando me abrí la cuenta en abril de 2009, no era así. Yo recelaba de las redes sociales, no tenía Facebook ni LinkedIn ni nada, y empecé a usar Twitter de una forma exclusivamente laboral. Sólo seguía a periodistas científicos, a publicaciones científicas y a algún que otro conocido. Pero claro, la vida 2.0 empieza a traerte gente: culta, irreverente, divertida. Gente interesante. También conlleva otras formas de comportarte. Cuando alguien se ríe de tus tonterías, dices más. Cuando alguien alaba tu criterio, tratas consciente o inconscientemente de complacerles. Y así con todo el arco de emociones humanas. Ya saben.

Mi tesis es la siguiente:

En 2009, cuando yo empecé en Twitter, podía ver algo como esto:

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No había retuits, cuando algo que había escrito otra persona te gustaba, lo copiabas y lo pegabas manualmente añadiendo RT. Los retuits como los conocemos hoy se empezaron a introducir después del verano de ese año.

Lo primero que se pudo hacer fue retuitear, así que todos empezamos a escribir frases ingeniosas para obtener ese chute barato de oxitocina. Tampoco era como hoy, todos pendientes de lo que pasa en la televisión para hacer el jijiji jajaja. Al menos yo la recuerdo como una fase bastante bruta, mucho más que ahora, porque era brutalidad ex nihilo, podía ser sobre cualquier tema, venir de cualquier parte, no la veías venir y te impactaba, pensabas “joder, esto es el Salvaje Oeste”. También empezó a aflorar el sarcasmo, que se manifestaba en retuitear a gente famosa que decía burradas para reírnos todos por encima del hombro. Ahora la gente hace eso con desconocidos, lo cual es más triste, pero se debe precisamente a que ahora los famosos tuitean -los que todavía tuitean sin un gabinete de por medio- con mucha más cautela, debido a las risas que nos echamos entonces.

Entre medias llegaron los favoritos, las páginas personales, los tuits enlazados, los anuncios… hasta lo que tenemos hoy. Los cambios nunca nos gustan, pero los asumimos rápido.

Un momento crucial fue cuando Twitter mejoró su motor de búsqueda hasta el punto de poder localizar cualquier tuit jamás emitido con sólo un par de palabras. La función de búsqueda estuvo desde siempre, pero siempre funcionó de forma muy irregular. De ese modo, los tuiteros alternábamos con confianza los comentarios ingeniosos o cultos con los vulgares y soeces, confiados en que lo que pasa en Twitter queda en Twitter, sepultado por docenas de tuits en una conversación continua. Incluso comentando o retuiteando, flotaba una cierta confianza en que, minutos después de soltarlo, un tuit estaba muerto, igual que un “árbitro hijo de puta” soltado al televisor de un bar se desvanecía entre las cáscaras de pipa y uno volvía a casa honorablemente, sin manchas en la gabardina.

Esos días se fueron, y como dicen en La Red Social, “Internet no está escrito con lápiz, Mark, está escrito con tinta”. Ahora tenemos Maldita Hemeroteca sacando contradicciones, aparecen nuestros tuits cuando alguien nos busca en Google, y tenemos arqueotuiteros sacando a relucir lo que un desconocido, hoy famoso, tuiteaba en 2010. Basta con teclear el nombre del tuitero y la palabra y esperar dos segundos: el escarnio está servido. Y sus consecuencias son palpables: políticos y personajes públicos que ya nunca sacan el pie del tiesto, cuentas de famosos gestionadas por Ned Flanders, el auge de los community managers y las cuentas robotizadas.

Las reglas han cambiado, ya no eres uno en Twitter y otro fuera. Lo que pasa en Twitter ya no se queda en Twitter. Ahora cualquiera puede viajar al pasado, a aquella noche de borrachera en 2009 donde llamaste a un amigo “negro de mierda” y robar ese momento, retuitearlo al presente, montar un pifostio y hacer que tu empresa, que no sabía ni que tenías Twitter, te despida.

Claro, todas las acciones tienen consecuencias, pero da que pensar.

Es inquietante plantearse también cómo la tecnología puede afectar el comportamiento de una forma tan concreta. Piensen en qué sería de los medios digitales si no se pudiera incrustar un tuit en una noticia. Quizá en el futuro Twitter desarrolle nuevas herramientas que generen nuevas polémicas informativas, como la posibilidad de saber que un político de izquierdas siguió a una actriz de fama ultraderechista durante 6 meses en 2011 y le favoriteó 38 tuits, dos de ellos de su escote y en horario de trabajo.

Ya que estamos con los medios y Twitter.

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Esto es abc.es, que en los últimos 3 años viene subiendo unas 6.000 y pico noticias anuales que mencionan Twitter en algún momento, esto es, entre 10 y 20 al día. En 2007 sólo se publicaron 27 noticias con la palabra Twitter. Por su lado, en los últimos 12 meses, elmundo.es  ha subido 6.263 noticias. El buscador de elpais.com no es tan sofisticado, pero indica que hay 10.858 noticias en su página donde la red social aparece mencionada. Reconozco que mi metodología es aterradoramente cutre, pero sólo quiero señalar la creciente influencia de Twitter como fuente y como suministrador continuo de noticias para alimentar a periódicos que, en su ritmo infernal, ya no dan abasto con el suministro de noticias propias y teletipos.

Lees a compañeros escribir en sus medios sobre algo que ha pasado en Twitter y que tú ya sabes que ha pasado porque lo viste en Twitter y se da uno cuenta de la gran burbuja que es esto. Sí, Twitter es una representación a escala del mundo, al principio muy poco representativa, pero ojo, esa escala es cada vez menor. En estos momentos, con 300 millones de tuiteros activos frente a 7.300 millones de seres humanos, la escala de este mapa es de 1/24.

Así llenamos ahora los periódicos, con los ecos del interior de la burbuja, los éxitos y fracasos, las protestas de la burbuja. Y piensas “los medios hablamos de manifestaciones con hashtag, incendios donde nada se quema y ataques donde nadie resultó herido”. Eh, ojalá esta burbuja tan cívica se extendiera hasta ocupar todo el mundo real, pero mientras tanto, ¿no deberíamos mirar hacia afuera y hablar de manifestaciones reales, ataques con heridos y muertos, esas cosas? Verter agua dentro de la burbuja en lugar de sacar orines, ser serios y hacerse a menudo esta pregunta: ¿Qué rastro quedará de usted en el mundo cuando un Antonio Villarreal ponga una bomba de 10 megatones en los servidores y centros de datos de Twitter?

En fin, para los que nos dedicamos a dar noticias, Twitter se ha convertido en un engrudo que impregna tanto la vida personal como la laboral. Y ya no es una elección, porque los manuales nos han dicho que los periodistas tenemos que estar en Twitter, convertidos en cabecitas parlantes que vomitan actualidad.

Así que últimamente intento aliviar la adicción, o luchar contra ella, metiéndome menos, escribiendo a cambio en sitios como éste y otros donde pagan más, dejando el móvil en casa cuando bajo a pasear al perro, tratando de desasnarme de otras formas, o, incluso, quedando en el mundo real, perdón, en un bar, con gente a la que he conocido en cierta red social. Bendita sea.

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