La revolución de las latas de Mahou

@bajoelbillete Antonio Villarreal
No he podido ir a la manifestación de «Indignados» pero tranquilos que en la de «Deprimidos» estaré ahí sosteniendo pancarta
15/5/2011 9:13pm

Sí, lo reconozco, el tweet destilaba cinismo barato, la enfermedad de mi generación.

El martes 17 de mayo, mi plan al salir del trabajo era ir a la facultad de Ciencias de la Información de la Complutense para ver una conferencia de Gay Talese. Para los que no lo conozcan, Talese es uno de los periodistas americanos que (como Tom Wolfe o Hunter S. Thomson) abanderaron  en los setenta eso que luego se llamó Nuevo Periodismo, una forma de escribir basada en la narración literaria y en las verdades que emanan de lo subjetivo.

Por otro lado, esta manifestación a la que no había acudido el domingo había comenzado a tomar vida propia en la Puerta del Sol. En un extraño devenir de acontecimientos mentales, acabé saliendo en Príncipe Pío del tren de la Línea 6 para subirme al que llevaba a Ópera, basándome únicamente en intuiciones. ¿Qué habría hecho Gay Talese en mi lugar, ir a escuchar las historias de otro o tratar de encontrar alguna en Sol?

Era la segunda noche de acampada en la Puerta del Sol. Grupos dispersos de universitarios haciendo botellón, olor a marihuana, cerveza y algunos cantos esporádicos que, por lo utópico, casi daban lástima. Alguien comenzaba a gritar “lo llaman democracia y no lo es”, “es banquero el que no vote, eh, eh” o “que no, que no, que no nos representan” y con suerte, quince o veinte personas le secundaban. El resto eran simplemente grupos de amigos, cada uno a lo suyo dentro de su círculo. La mayoría, quizá tres cuartas partes, aparentaba menos de 25 años. A la hora de volver a casa, después de dos horas dando vueltas por la manifestación, era muy escéptico con el futuro de Acampada Sol. Pensé que todo se iba a desinflar bastante rápido.

No me sorprendió ver a un antiguo compañero de redacción cubriendo la concentración para ABC desde una terraza de calle Arenal. Sinceramente, aquella noche yo habría hecho lo mismo, aunque quizá habría adquirido la cerveza a uno de los chinos ambulantes que vendían latas frías de Mahou a un euro. El martes sólo vi chinos, el miércoles chinos y bangladeshíes, el jueves chinos, bangladeshíes y sudamericanos. Si la de Portugal fue la Revolución de los Claveles, ésta era la Revolución de las latas de Mahou. Me sorprendió que al día siguiente, este compañero de ABC destacase en su crónica momentos de tensión, eslóganes anarquistas y pintadas amenazantes. No seré yo quien lo desautorice, quizás vio cosas que yo no vi, quizás verbalizó el deseo de que la concentración fuese algo más, no lo sé. Pero me sorprendió.

Y creo que el verdadero cambio se produjo esa madrugada, cuando muchos volvieron a casa esperando que al día siguiente todo se hubiese esfumado y al ver que varios centenares de personas seguían ahí, que habían decidido resistir, comenzaron a re-ilusionarse masivamente. La resistencia de esas trescientas personas (calculan algunos medios) a marcharse a casa tuvo el mismo efecto que el gol en el descuento que lleva al equipo a la prórroga.

De alguna forma, percibí algo extraño en la forma en que la gente veía la concentración. Especialmente en los mensajes de Twitter, comprobé que un muro, el del cinismo, se había comenzado a resquebrajar.

Las redes sociales son, en general, bastante cínicas. De algún modo, relacionamos cinismo con inteligencia. Mientras el utópico tuitea que quiere ir a Sol a cambiar el mundo, el cínico se sitúa por encima del bien y del mal y comenta con sorna “ya volverá a nuestro sucio mundo capitalista cuando se le acabe la batería del móvil”. Y a menudo es virtualmente aplaudido por ello. Pero esa noche comencé a ver muchos mensajes utópicos y esa noche también comenzaron a crecer las carpas alrededor de la estatua ecuestre de Carlos III.IMG_0484

 

¿A quién no le gusta una utopía?

Los que tenían que trabajar al día siguiente se retiraron antes de la medianoche. El miércoles por la mañana, coincidí en con un compañero de trabajo que había estado en Sol la noche anterior. Me dijo que pensaba volver, y los motivos que les llevaban a ello no eran políticos, era sólo porque era divertido estar allí, una oportunidad de juntarse con los amigos y tomar unas cervezas. Casi nadie en la empresa había escuchado hablar de la concentración o sí lo habían escuchado pero no sabían ni cuántos ni quiénes ni por qué se manifestaban. En el tren de vuelta a casa, otro compañero de trabajo me sacó el típico argumento de “eso que están haciendo es una tontería, no sirve de nada rebelarse, el PSOE y el PP lo tienen todo pactado, se reparten el poder”, etcétera. Es sólo una opinión, sí, es injusto generalizar, pero me recordó al mismo cinismo barato exhibido por mí dos días antes.

Mientras tanto, en internet, notaba que muchos otros ciudadanos escépticos volvían exorcizados de Sol, creyendo en que un cambio es posible. Era contagioso y poco a poco, España fue dándose cuenta de lo que estaba pasando. Todo el mundo se preguntaba dónde estaban los políticos, por qué no estaban hablando de esto. Durante la mañana del miércoles noté la separación más notable entre lo que estaba ocurriendo en Twitter y lo que estaba ocurriendo en otras esferas de la vida pública madrileña, en la calle, en la prensa. Mientras Twitter comenzaba a bullir con cientos de ideas, propuestas o reivindicaciones, el mundo seguía hablando con desgana del partido amistoso del Madrid en Lorca o del mitin del Partido Popular. Sin embargo, el bullicio se fue intensificando y la distancia entre esas dos esferas se fue acortando a lo largo del día.

Por supuesto, volví a Sol al salir del trabajo. Llegué poco antes de las 19:30 y me subí a una de las fuentes para tener una mejor visión panorámica. Había muchísima más gente que el día anterior. Aunque soy periodista, mi principal actividad en estos momentos es como asistente de un canal temático, rango auxiliar administrativo aunque, como tantísimos otros, utilizo los ratos libres para alimentar la vocación por el oficio. Aunque nadie me estaba mandando cubrir esto, el segundo día fui a Sol mejor preparado, con cámara, grabadora y cuaderno de notas.

A lo largo del día, muchos mensajes habían ido calando en el subconsciente colectivo. Los manifestantes daban más sensación de unidad que el día anterior, de querer lo mismo como aunque todavía no pudieran precisar qué era exactamente. Los mismos himnos futboleros customizados que el día anterior entonaban cuatro gatos hoy eran interpretados por más de ochenta personas simultáneamente: «Que no, que no, que no nos representan», «Oé-oé, oé-oé, parece democracia y no lo es”, etcétera. Pocas horas antes de la manifestación había ocurrido un hecho diferenciador.

«La Junta Electoral de Madrid ha desautorizado la concentración, por favor, no se sumen» era más o menos el mensaje que emitían los altavoces en la estación de metro de Sol, en los sótanos de la plaza. Según la Junta Electoral había dictaminado, la manifestación era ilegal porque «la petición del voto responsable puede afectar a la campaña electoral y a la libertad del derecho de los ciudadanos al ejercicio del voto». Todos los presentes estaban, estábamos supuestamente incurriendo en un delito y, sin embargo, la media de edad creció notablemente, sobre todo en el perímetro exterior.

La Junta Electoral se convirtió entonces en una especie de enemigo invisible. Entre los manifestantes comenzó a brotar una cierta animadversión hacia este organismo que devino en una especie de melaza para la causa. Flotaba en el aire un orgullo por el hecho de estar cometiendo un delito por defender pacíficamente lo que creían justo. Me recordó al episodio de 1846 en el que Henry David Thoreau, tras enterarse de que parte del dinero de sus impuestos contribuía a apoyar la esclavitud deja de pagarlos y es encarcelado con fianza, que también se niega a pagar. Cuando Ralph Waldo Emerson fue a visitarle le preguntó “Henry, ¿qué estás haciendo ahí dentro?” y él respondió “Waldo, la pregunta es qué haces tú ahí fuera”.

Entre los asistentes se repartían octavillas, se les echaba un vistazo y se compartían con la persona de al lado. Algunas explicaban, en términos legales, las condiciones bajo las que el artículo 21 de la Constitución amparaba el derecho de manifestación, otros explicaban las diferencias entre voto en blanco, voto nulo y abstención. Uno de ellos resaltaba en negrita “si diversificamos el voto, la ley D’Hont es más difícil de aplicar y menos abusiva”. Alrededor de la estatua ecuestre de Carlos III, bajo los toldos, era raro encontrar aquella tarde a alguien de más de 30-35 años.

Tres días después de comenzar su andadura, la cuenta de twitter @acampadasol, creada en la madrugada del lunes 16, tenía más de 27.000 seguidores y la de @democraciarealya alrededor de 37.000, más que la suma de los seguidores de @PPopular y @psoe. Al regresar a casa y poner la televisión, observé que algunos medios de derecha habían empezado a especular con la idea de que el vicepresidente Rubalcaba había instigado la concentración en Sol.

Bajo los toldos de Sol, entre los manifestantes que se guardaban de la lluvia que comenzó a caer intermitente a última hora de la tarde, la mera idea de que Rubalcaba, educado en la jerarquía y en el pensamiento de partido pudiera estar detrás de una red de colaboración, solidaridad y lealtad horizontal entre ciudadanos resultaba ridícula. Cabe resaltar que los periodistas, perdón, tertulianos a los que vi promover estas ideas en televisión no tenían pinta de haber estado bajo esos toldos.

¿Por qué gran parte de la prensa ha fallado a la hora de describir todo esto correctamente? En primer lugar, la complejidad del asunto les ha sobrepasado. Esta imagen no se puede ver a través del caleidoscopio habitual de la dicotomía izquierda-derecha, bueno-malo. El rugido de la marabunta en la Puerta del Sol desvanece el mito de esas “dos Españas” siempre enfrentadas que tanto se enarbola y al que tanto se recurre.

En la televisión, imágenes de políticos de PP y PSOE desgañitándose sobre un escenario sucedían en el informativo a las de los manifestantes en Sol.  Sentí que el inmenso precipicio entre dos estilos se acentuaba.

A un lado, los indignados se organizaban en una estructura de democracia horizontal, donde cualquiera podía entrar y ponerse a recoger firmas o a repartir bocadillos, nadie bloqueaba el acceso a nadie, cualquiera podía entrar y sentarse en una asamblea y levantarse si quería.

Al otro lado estaban los partidos políticos, jerárquicos, herméticos compartimentos estancos que hablan con una sola voz, ese entusiasmo forzado una vez más aludiendo al voto del miedo: si no me votas, los malos ganarán. Igual que un fontanero que en lugar de comprobar las tuberías se dedica a mirarlas por encima y suponer que está todo bien, la clase política ha dejado de hacer muchas cosas. Vale, es justo reconocerle que, en los últimos 30 años, con sus aciertos y sus fracasos, han llevado o traído a España hasta donde estamos ahora.

Resultaba especialmente desesperanzador ver y escuchar al presidente Zapatero, que durante su juventud y temprana madurez como opositor dio esa imagen de sentirse cómodo tras una pancarta, pedir a gritos el voto de esos “jóvenes progresistas críticos”. Una vez has visto a cientos de personas organizarse, animarse y apoyarse a través de silenciosos tweets, la imagen de una persona gritando palabras vacías amplificadas a través de altavoces se vuelve, más que nunca, retrógrada, violenta y mohosa. La cara roja del político, las venas hinchadas en su frente, los ojos fijos y temblorosos, las sonrisas condescendientes y los tímidos aplausos de las azafatas de detrás.

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Los medios de comunicación, desde la prensa a la radio, desde las televisiones a los medios digitales, intentaron explicar el miércoles este fenómeno desde multitud de puntos de vista. ¿Ocurrió por serendipia, espontaneidad calculada, manipulación de la masa por parte de Rubalcaba, los comunistas o los antisistema? Lo intentaron confeccionando una taxonomía que aclarara las cosas, lo intentaron clasificando a los asistentes: hippies, perroflautas, pijoprogres, ni-nis, funcionarios, jubilados. Aunque algunos estuvieron más acertados que otros, poco a poco, estos periodistas, tertulianos o expertos en redes sociales se iban topando con alguna inconsistencia en sus discursos. Un artículo en La Razón sugería que una concentración así no surge espontáneamente, pero ¿quién ha dicho que esto sea espontáneo?  ¿a nadie se le ocurrió utilizar la Navaja de Ockham para entender todo esto?

Algo en España llevaba meses agitándose. El bullicio que ya estaba presente en internet amenazaba con saltar a la calle, sólo que parte la prensa lo consideraba anecdótico: recuerden la manifestación del colectivo Anonymous en los premios Goya, recuerden cuando la Ley Sinde –o disposición adicional segunda de la Ley de Economía Sostenible- estuvo a punto de no salir gracias al ruido y presión que se generó en la Red, gracias a unos cuantos ciudadanos que detectaron irregularidades que representantes políticos habían pasado por alto, consciente o inconscientemente. Recuerdo una frase, perdón, un tweet del abogado Javier de la Cueva cuando se inició el movimiento «No les votes». Unos cuantos internautas comenzaron a decirle ¿por qué no hacéis un documento para…? ¿por qué no hacéis esto otro? el abogado sentenció con un eslogan sencillo pero efectivo: «No propongas, haz». El mensaje ha ido calando entre una multitud de españoles ansiosos por recuperar el poder que, como ciudadanos, en efecto detentan.

 

¡Sorpresa, los internautas tienen rostro!

En el apartado técnico, muchos periodistas han fracasado al intentar seguir el viejo método que todavía se enseña en las escuelas de periodismo: toda historia tiene que tener un rostro. Craso error. He visto muchos artículos estos días que empiezan así, con Alfredo Pérez, 19 años, odia el capitalismo salvaje o Cristina Hernández, 25 años, licenciada y no encuentra trabajo. Lo cierto es que en la acampada las caras son irrelevantes, entrevistar a uno o a otro es irrelevante, sus razones individuales son irrelevantes.

Como ocurrió en la literatura con la llegada del postmodernismo, la acampada en Sol ha supuesto el fracaso de las Grandes Narrativas. Este fenómeno no se puede explicar con un Tolstoi, con un comienzo, un desarrollo y un fin. En cambio, se puede explicar con un Pynchon, a partir de pequeños fragmentos que describan la realidad sin interpretarla. El escritor Quim Monzó y otros muchos se preguntaban qué querían exactamente los indignados, pero lo cierto es que la única forma acertada de titular estas concentraciones sería con una frase inacabada:

«Miles de personas protestan en Madrid contra…»

Como en el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, tratar de ser más específico sólo lleva a la imprecisión, cuando miras una parte te estás perdiendo las demás: ¿Están contra la corrupción? ¿La avaricia? ¿El capitalismo? ¿Los partidos? ¿La civilización occidental? ¿La derecha? ¿La izquierda? En jueves, para mi gusto el día en que la concentración rozó unas cotas más elevadas de poesía, comedia y surrealismo utópico, una pancarta colocada en el famoso andamio de L’Oreal decía: “TODOS SOIS EL ENEMIGO”.

Me sorprendió que, mientras dedicaban horas a intentar racionalizar las exigencias utópicas de pancartas post-adolescentes como ésta, los medios de comunicación no repararan en lo más llamativo: los protestantes estaban cumpliendo exactamente con lo que predicaban. Desde fuera puede dar la impresión de ser una masa «informe» (he leído este adjetivo a menudo) de gente, pero desde dentro la percepción cambia, y mucho. Los manifestantes están vertebrados en asambleas, comités, sub-comités o grupos de trabajo, todo compuesto a base de voluntarios. Hay mesas de información y recogida de firmas y propuestas donde cualquier persona puede entrar o salir a voluntad.

La primera vez que accedí a ese submundo que hay bajo los toldos, lo hice entre dos contenedores de basura llenos de latas de refrescos y cerveza Mahou –la marca que venden los chinos. Había una chica entre los dos contenedores y yo, ingenuo de mí, pensé que iba a denegarme el acceso. Bueno, son demasiados años de guardas de seguridad, escoltas y porteros de discoteca como para pensar que un periodista puede acceder libremente a donde se le antoje.

Para mi sorpresa, la chica me miró y se apartó, dijo “perdona, ¿ibas a pasar?”. Y pasé, claro. El claroscuro y la gente sentada en el suelo le daban a la Zona Cero de la concentración un aspecto de mercado persa. Dentro había voluntarios ofreciendo comida, muchísima comida: canastas llenas de sandwiches, bolsas de magdalenas, mandarinas, tajadas de sandía, onzas de chocolate (y no ese chocolate barato de 50 céntimos la tableta, sino del que es un poco crujiente por fuera y cremoso por dentro) agua mineral, refrescos, zumo de naranja: todo donado. Una chica escribía en un cartel que no necesitaban más comida, que no podían almacenar tanta. Tras las mesas, otros recogían firmas para una Acampada Indefinida. Había un chico con barba, pelo largo recogido en una coleta y gafas –piensen en un estudiante de quinto de Biología- con un pequeño megáfono que, debido a la multitud, no se escuchaba a más de diez metros. Todo funcionaba de forma horizontal, nadie daba órdenes, sólo pedían ayuda, no decían “traed esto”, decían “necesitamos esto”. Bajo las lonas había sofás, tiendas de campaña, gente organizándose para repartir la cena, cargando o instalando generadores de corriente o equipos de sonido o tratando de poner en marcha una red inalámbrica.

Por increíble que parezca, en el kilómetro Cero se había formado una micro-sociedad de personas que acababan de conocerse, una aldea dentro de Madrid que funcionaba sin jerarquías, consignas o recompensa material por el trabajo realizado. Me recordaban a una tribu indígena en su pretensión igualitaria aunque la complejidad de esta Sociedad de Indignados era mucho mayor. Bajo estas carpas y en las asambleas que tienen lugar en las calles adyacentes es donde se coordina esta inteligencia colectiva.

El jueves por la noche, pude comprobar entre los protestantes una cierta aversión a las cámaras de televisión. “Intentan provocarnos, no les sigáis el juego” dijo el portavoz. “Televisión, manipulación”, comenzó a cantar en respuesta la gente.

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La percepción de la acampada de Sol depende de la posición del observador, y varía mucho de unas zonas a otras. Uno pasa en 5 minutos de recibir gritos de alguien que intenta que la frase “despierta Neo, Matrix te domina” se convierta en himno generacional a encontrar sorpresas como un enorme pato de goma-piscina del que sale Leo Bassi con un cartel de solidaridad con los manifestantes. Por eso es importante no dejar de moverse, entrar, salir, husmear: entre los fumadores de porros sentados en el centro de la plaza y el policía nacional que se apoya tranquilamente en una de las furgonetas aparcadas en Preciados y mira al cielo al sentir las primeras gotas de lluvia hay tantos y tantos matices…

No ha hecho falta una concentración de varios días para denunciar que el periodismo necesita volver a profesionalizarse, está claro que para comprender la realidad no basta con mandar a un redactor un par de horas a darse una vuelta; no basta con titular lo primero que se nos ocurra que encaja dentro de todos esos dogmas pre-existentes. Sí, los chascarrillos encajan bien en las redes sociales y algunos medios digitales, pero la industria de la información seria no puede permitírselo si quiere sobrevivir. Porque si incluso después de cuatro días recorriendo la plaza de arriba a abajo, hablando, preguntando a la gente y haciéndome preguntas hay muchísimo que no comprendo de este fenómeno, ¿qué podrá pensar de todo esto un líder de opinión que, con suerte, ha venido con su cuadernito a darse una vuelta por la tarde y se ha marchado pitando para llegar a tiempo al debate de 59 segundos?

Por supuesto, alguien me dirá que las redacciones han sufrido recortes, que hay secciones de diarios nacionales con menos redactores que dedos tiene una mano, que hay demasiada información que cubrir, que tienen que actualizar la página web pero por favor, déjenme que siga un poco más con mi discurso irrealista.

Cada día, la cantidad de gente que ha acudido a la acampada de Sol ha ido doblándose, al principio eran 1.500, luego 3.500, luego más de 7.000, y así hasta el viernes en que hubo (calcula la Policía) más de 25.000 personas a medianoche. Y aún así, la organización interna de los indignados ha seguido fortaleciéndose y diversificándose, a veces con prácticas que hoy se nos antojan rudimentarias, como prescindir de las burocracias. Uno de los problemas de un sistema abierto como éste es evitar que un grupo o que un partido se aproveche de ese esfuerzo colectivo. Bajo los toldos, escuché al chico del megáfono decir que el Sindicato de Estudiantes, una organización asociada a la izquierda, había intentado aliarse con ellos, pero que los habían mandado a tomar por culo al comprobar su marcado cariz político.

Por supuesto, está en la naturaleza de un movimiento tan improvisado cometer algunos errores. Los manifiestos se duplicaban en internet, unos decían que el texto no les representaba, la heterogeneidad de los participantes llevaba a algunos a decir a la prensa que querían formar un partido político y a otros a negarlo rotundamente. Otros ponían pegatinas o hacían pintadas con spray en la furgoneta de Intereconomía: “Los medios manipulan, las paredes hablan”. La jornada del jueves representó también una explosión de la variedad demográfica con multitud de jubilados departiendo con los jóvenes.

IMG_0511El jueves, mi tercer día consecutivo visitando la concentración, noté una urgencia por elaborar estas propuestas, por pasar de la utopía a los hechos. Volaban octavillas que decían “¡¡¡Necesitamos reivindicaciones concretas!!! Si no, el movimiento de protesta se quedará en nada. Este artículo tiene ideas interesantes ¡Añadid las vuestras!” El artículo en cuestión se titulaba “La democracia real”, escrito por Juan A. Herrero Brasas y publicado en El Mundo el 19 de mayo.

Analizando la relación entre protestantes y protestados desde un prisma meramente comunicativo, observé cómo el primer día de protestas, políticos de todos los partidos expresaban su desconcierto ante la falta de propuestas desde la acampada Sol. Y lo cierto es que no tenían propuestas, al menos propuestas conjuntas. Se habían enfrentado dos posiciones antagónicas, y lo cierto es que, al redactar manifiestos y propuestas, han sido los manifestantes los que han intentado el acercamiento, tratando de hablar la misma lengua de los políticos a fin de ser comprendidos. Es como si Cristobal Colón, al encontrarse por primera vez con una tribu mesoamericana les pidiera que se expresen en español.

Creo que muchos analistas sí han acertado al definir esta concentración como algo que tiene más que ver con emociones que con propuestas concretas. El viernes me preguntaba de qué estaríamos hablando hoy en España si no fuese por la manifestación. Seguramente estaríamos sumergidos en el tedio de la campaña electoral. Los políticos tienen que darse cuenta de una cosa: un mitin organizado por el partido delante de sus afiliados no sirve para nada. Las propuestas, de haberlas, no llegan al común de la población. Mientras ahora se habla de política, de ideas, de propuestas, hace una semana España estaba dominada por una apatía generalizada hacia la clase política en general, independientemente de sus ideologías.

En su ensayo ¡Arriba Simba!, David Foster Wallace analizaba este mismo fenómeno: “Si estás aburrido y disgustado por la política y no te molestas en votar estás, en efecto, votando por el establishment de los dos grandes partidos, los cuales, por favor, ten por seguro no son tontos, y son perfectamente conscientes de que está en su interés mantenerte disgustado, aburrido y cínico y te dan todas las razones posibles para quedarte en casa fumando y viendo la MTV el día de las elecciones. Desde luego puedes quedarte en casa si quieres, pero no te digas a ti mismo la gilipollez de que no vas a votar. En realidad, no existe tal cosa como no votar: tú votas yendo a votar o votas quedándote en casa y doblando tácitamente el valor del voto de un retrógrado”.

Regresé el viernes a Sol por cuarto día consecutivo. Me encontré con algunos amigos entre la muchedumbre, y, en nuestras breves conversaciones antes de ser arrastrados a otros puntos de la plaza, coincidíamos en que estábamos hechos polvo, nuestras neveras vacías, nuestras casas desordenadas, el cajón de la ropa interior desolado. Pero estábamos emocionados. Personalmente, había pasado de preguntarme constantemente el martes qué sentido tenía todo esto a emocionarme con cualquier cosa el viernes: una guardería improvisada, escuchar a unas preguntarse cómo podían ayudar y encontrarlas horas después sirviendo vasos de agua bajo los toldos, con sonrisas radiantes, globos de helio blancos con una cruz roja que ponía botiquín que se elevaba cuatro metros por encima de las cabezas, la famosa interpretación estilo Banksy de Himmler que unos cuantos soltaron encima del enorme cartel con la cara de Paz Vega, que cuatro días después parecía más un mural de Rauschenberg  que un anuncio de L’Oreal. La creatividad estaba bullendo, había mil manos creando ideas diferentes, carteles sorprendentes, una inteligencia, solidaridad y bondad colectiva raras veces que no se ve a menudo en nuestra civilización.

El reto era estar allí hasta, al menos, medianoche, hora a partir de la cual comenzaba la jornada de reflexión pre-electoral. Por supuesto, el anuncio de la Junta Electoral Central de prohibir la concentración echó más leña al fuego. Los de Democracia Real Ya llenaron la plaza de carteles pidiendo a la gente que no consumiera alcohol, lo que con mucho mérito prácticamente consiguieron, pese a la juventud de gran parte de los asistentes, el calor que hacía al sol, el hecho de que fuese viernes y, sobre todo, la tentación que encarnaban las hordas de vendedores ambulantes de cerveza.  La gente alertaba con silbidos de la presencia de un policía para evitar que se produjeran redadas. A falta de botellón, el consumo de cannabis dentro y alrededor de la acampada era generalizado. La fuente a la que me había subido el martes, el viernes se había convertido en un huerto. Las lonas ocupaban cada vez más terreno, hasta el punto en que cuando uno se encontraba una carpintería improvisada bajo un toldo, ya no te sorprendía tanto como en los primeros días.

Especialmente en la tarde del viernes, todo se había convertido en un festival. Alrededor de las seis, muchos jubilados y niños daban vueltas alrededor del círculo exterior de la multitud. Estaban observando a los manifestantes manifestarse y, sin darse cuenta, se volvieron manifestantes también. Cantautores tocando odas a la II República, charlas sobre sostenibilidad o feminismo, performances artísticas, mimos, una guardería con paredes de papel y dibujos infantiles. Y miles de carteles, en todas partes: en farolas, paredes, estatuas, aceras, andamios, en el edificio del Tío Pepe comprado por Apple, en el Rodilla, en la sucursal del BBVA o en la pastelería La Mallorquina, en el oso y en el madroño.

Madrid estaba siendo, más que nunca, una ciudad viva. Los que vivimos aquí sabemos cómo puede llegar a ser o cómo aparenta ser Madrid, pero también sabemos que guarda disfraces en el armario, y este viernes noche se los puso todos. A media tarde hice un descanso en mi auto-corresponsalía del evento y me aparté un poco del agobio para tomar una cerveza en Tirso de Molina. Llevaba toda la semana haciendo este trabajo paralelamente al mío y estaba moderadamente agotado. Me parecía que a media tarde había menos gente que el día anterior, pero mientras me tomaba la caña y una tapa comencé a ver mensajes en Twitter. Advertían que las calles de acceso a Sol, Carmen, Carretas, Montera, Preciados… estaban todas colapsadas de gente. Y así era, en efecto.

En cuestión de menos de una hora, la Puerta del Sol estaba a reventar. Cuando me refiera al lugar de aquí en adelante, por favor imagínenlo absolutamente abarrotado, con una enorme densidad de personas de todas las edades en cualquier punto de la plaza y de las calles que desembocan en ellas, imaginen no poder caminar en ningún momento, sólo ser arrastrado por la turba, evangelizante y cantarina. Más de 25.000 personas entonando aquellos himnos que el martes me habían parecido ridículos pero en este momento helaban la sangre a cualquiera. Los mismos “lo llaman democracia y no lo es”, “que no, que no, que no nos representan”.

Había una emoción contenida pero también una pequeña tensión ante la amenaza de desalojo que pendía. La policía rodeaba el perímetro de Sol a la distancia suficiente como para no poner nervioso a nadie. Si alguno pasaba por allí, la gente comenzaba a silbar, y muchos echaban a correr hacia el silbido. La posibilidad de un desalojo era remota, pero ayudaba a unir más a los protestantes.

Como dije antes, estaba agotado y fui a sentarme un rato sobre unos cartones en un sitio relativamente tranquilo, en una acera de la calle Tetuán, cerca de Casa Labra. A aquella hora me habría comido encantado una de sus croquetas de bacalao pero estando en mitad de una revolución tuve que conformarme con un chicle sabor tropical.

Levanté la cabeza para ver a mi lado a un hombre de unos 50 años con un pequeño megáfono y una cruz verde de cartón en la solapa de su polo. Anunció que la Asamblea de Sanidad iba a tener lugar en ese mismo punto en cinco minutos. A este tipo de cosas me refería al decir que para comprender el caos de Acampada Sol hay que estar moviéndose constantemente. De las doce personas que finalmente formaban parte de la asamblea, al menos cuatro tenían más de 40 años. Los voluntarios ya no eran sólo jóvenes. El tema principal de aquella asamblea era establecer nuevos puntos de emergencia en caso de que la gente siguiera llegando a lo largo de la noche a Sol. Un chaval joven llevaba un brazalete que decía “emergencias”.

Más tarde confirmé lo que ya suponía al ver a una chica con un brazalete del Comité de Acción dar vueltas sobre sí misma en calle Preciados buscando una cara familiar y preguntándose: “¿no hay aquí nadie de los que estábamos el martes?” Me sentí tentando de levantar la mano.IMG_0482

Se empezaba a respirar que la noche podía acabar siendo algo grande. Casi una semana acampando en mitad de la capital de España, en el lugar más simbólico imaginable. Muchos comenzaban a tener esa sensación de sentirse observados por el mundo. Reproducciones de la portada del Washington Post colgadas bajo los toldos. A través de Twitter llegaban mensajes sobre lo emocionada que estaba la gente lo que veía por televisión. A pie de calle uno sólo puede ver una mínima parte de la realidad y, a decir verdad, mi mayor frustración esa noche era no poder estar en más sitios a la vez.

Uno de los voluntarios estaba aleccionando a un chico joven que bebía cerveza cerca del Oso y el Madroño, el mayor temor de los protestantes era que la gente bebiera alcohol. “Es lo único que tienen para poder echarnos, hasta el punto que esta tarde ha venido la policía secreta a hacer botellón para culparnos”, dijo el voluntario. “¿Si o qué?”, contestó el chico, y se deshizo de la cerveza. Fuera verdad o leyenda urbana lo de la policía secreta, lo cierto es que funcionaba.

Presencié una reunión del Comité cerca de los restaurantes asturiano de la calle Tetuán. Entre treinta y cuarenta personas escuchaban a una chica leer las propuestas. Daban el visto bueno a cada una de las propuestas levantando y agitando las manos. Más tarde vi este mismo gesto en otras asambleas y aprendí que los sordomudos aplauden de esta manera. La chica del comité anunció la creación de nuevos grupos de trabajo, incluido uno de “Reflexión, filosofía y pensamiento”.

La policía rodeaba la Puerta del Sol desde la distancia. Estaban en Callao, en Tirso de Molina, en Montera, lo suficientemente lejos como para no crear tensión pero lo suficientemente cerca por si era necesario intervenir. Dentro de ese perímetro, la ciudad sin ley. Tras ver la forma en que tres chavales trepaban al andamio del cartel de L’Oreal sin cuerdas ni protección alguna, me pareció milagroso que en todos estos días no hubiese ningún herido grave. Cuando contemplé dos días antes cómo desplegaban el mural de Himmler, pensé en creatividad, en rebeldía, en insolencia. Ahora pensaba en qué condiciones subieron por los andamios de la obra con aquella enorme lona enrollada.

El momento más emotivo de la noche me pilló al comienzo de calle Preciados, con la torre del reloj al fondo. La calle estaba atestada por una interesante mezcla de gente. La media de edad subía notablemente en los círculos exteriores de la concentración, allí donde el caos resultaba más tolerable. Y era interesante porque entre esos adultos había muchos grupúsculos juveniles y en la calle comercial más cara de España olía exageradamente a hierba.

Eran las doce menos tres minutos y estaba encerrado entre varios grupos sin posibilidad de moverme. A mi derecha había una chica con estética punk que, al verme, despegó de su ropa un trozo de esparadrapo y me lo dio. Justo a medianoche comenzaba la jornada de reflexión y todos los que estábamos ahí seríamos ilegales, una vez más. Habían programado un grito silencioso, de ahí el esparadrapo. Me lo puse en la boca. Todo el mundo estaba cantando “que no, que no, que no nos representan” con una sincronía apabullante, y de repente…

[…]

Durante unos segundos, sólo se escucharon en Sol las campanas del reloj, débiles, a lo lejos. Tras la última campanada, todo explotó. Júbilo, abrazos, cánticos de “así, así, asó vota Madrid”. Miré mi antebrazo y tenía los pelos de punta. Una señora de unos 60 años se dirigió hacia mí embriagada por la emoción, tenía un tinte de pelo de un tono rojo chillón. “Esto es, esto es…”, me decía, incapaz de encontrar la palabra. “¿Genial?” le sugerí y la señora dijo “¡Genial! ¡Es genial, es genial!” y se marchó calle Tetuán arriba repitiéndose la palabra. A mi alrededor, los desconocidos se miraban empáticamente y asentían, los conocidos se ponían el brazo por encima, se besaban. Objetivamente, fue un momento maravilloso. Miles de personas orgullosas de estar juntas en algo, sintiendo el país como algo que les pertenece.

Una hora después o así, mientras caminaba de regreso a casa, pensé que la concentración había llegado a su clímax emocional y que a partir de aquí la cosa sólo podía degenerar, que un momento de unión colectiva como el que había sucedido aquella noche era irrepetible del mismo modo que lo es un primer beso con la persona amada. Puede haber besos mejores, sí, pero el primero es inolvidable.

Al día siguiente compré el periódico para ver cómo habían reaccionado los políticos al poderoso mensaje emitido la noche anterior. Les haré un resumen rápido, Rajoy dijo que era problema de Rubalcaba y del Gobierno (ni siquiera un problema del ayuntamiento o la comunidad de Madrid) y Zapatero se descolgó con un “respetamos a quienes no quieren votar. No estoy de acuerdo pero lo respeto”. Dos cosas me vinieron a la cabeza, ese texto de Wallace sobre el interés de los partidos por desinteresar al votante y una de las pancartas que vi bajo las lonas: AÚN NO SE HAN ENTERADO DE NADA.

Es pronto para decir en qué acabará todo esto, en qué maneras se proyectará hacia el futuro, durante cuántos días permanecerá esa aldea en mitad de la metrópolis. Sin duda es una rebelión, miles de personas creando un ambiente de ilusión en mitad del pesimismo y la frustración que en los últimos años domina España. No es comparable a la alegría de que unos futbolistas a los que no conoces personalmente ganen un trofeo, esta ilusión es 100% auto-generada por la población, que ha construido este estado sin ayuda alguna de sus gobernantes.

¿Son los políticos conscientes de esto? Durante varios días, ciudadanos indignados se han reunido para ilusionarse con un futuro mejor. En la micro-sociedad de Sol, enfermeras sin trabajo se han unido al comité de Sanidad y han vuelto a sentirse enfermeras, electricistas,  ingenieros, carpinteros con o sin trabajo se han unido a Infraestructuras y han hecho lo que les gusta hacer y lo que la sociedad no les permite: “Yo ayudé a montar el sistema de sonido de la acampada Sol”, ¿no debería esto contar como un punto positivo en un currículum? Incluso, la acampada ha permitido a periodistas, a fotógrafos, a artistas a salir de sus casas y hacer lo que les gusta: escribir, fotografiar, pintar, grabar. Demostrar que la vocación y el hambre por contar siguen ahí pese a la ausencia de oportunidades. Y todo sin ayuda de los políticos, que un día tras otro han permanecido en la sombra esperando, con la calculadora electoral en la mano, que todo se diluya.IMG_0521

Tras recuperar durante toda la mañana las horas de sueño que llevaba perdidas, el sábado por la tarde regresé a Sol con la excusa de una asamblea de Periodismo Real Ya, una de las múltiples ramificaciones espontáneas que han ido surgiendo al calor de la revolución para tratar problemas determinados. Tras muchos días, el mero olor a caos que emana la plaza te otorga una sensación anticipada de cansancio. La Puerta del Sol parecía, más que nunca, una feria: desde puestos donde practicaban reiki hasta productos de merchandising de Democracia Real Ya que la organización desautorizó en un comunicado. Tras la demostración de la noche anterior, todo comenzaba a parecerme decadente. Sentía que todo el movimiento había perdido un poco de espontaneidad y, conforme avanzaba la noche, Sol volvió a convertirse en un gran botellón concéntrico que rodeaba a la aldea de toldos.

No sé en qué momento de la semana comencé a caminar por Sol sintiéndolo en mi fuero interno como un lugar irreal, una anomalía dentro de la normalidad donde cualquier cosa podía ser dicha, hecha o incluso ocurrir. Pese al hartazgo, a partir de ese momento seguí regresando cada tarde a la plaza con el melancólico temor a que el día siguiente todo se hubiese esfumado, llegar a Sol y todo fuera otra vez normal, los voluntarios fuesen otra vez parados, las princesas cenicientas y yo no fuese el corresponsal que escribió todo esto.