Réplicas del seísmo

Tras el terremoto que sacudió la ciudad medieval de L’ Aquila en abril de 2009, siete hombres de ciencia italianos fueron imputados y condenados por homicidio involuntario. Su crimen fue minimizar la posibilidad de un evento sísmico que finalmente ocurrió, mató a 300 personas, hirió a 1.500 y dejó sin casa a más de 50.000 habitantes de esta región del Abruzzo. Uno no puede dejar de aplicar a esta historia el filtro de la fábula de Pedro y el lobo. Es fascinante cómo un relato puede determinar nuestra forma de ver las cosas, eso a lo que llaman moral.

Ahora el lobo ha vuelto, pero los pastores ya no tenían incentivo alguno para advertir a los vecinos.

Otro Galileo

El 24 de agosto de 2016 a las 4:16 de la mañana, 40 minutos después del terremoto de Amatrice, Giampaolo Giuliani compartió la noticia en su Facebook.

Hace siete años, este hombre apareció en medios de comunicación de todo el mundo como el hombre que predijo el terremoto de L’ Aquila pero al que la ciencia oficial nunca escuchó. Entonces, las únicas credenciales de Giuliani eran las de collaboratore tecnico non laureato, un asistente de investigación, en un centro adscrito al Laboratorio Nacional del Gran Sasso.

En el año 2000, mientras trabajaba en un experimento relacionado con la detección de neutrinos, Giuliani detectó un aumento en las emisiones subterráneas de gas radón que coincidió con un seismo en Turquía, a unos 1.200 kilómetros de allí. La idea no es original, ya que los científicos ya habían empezado a tantear las relaciones entre los terremotos y el radón en los años setenta, sin mucho éxito. El problema es que esas emisiones suben y bajan constantemente, a veces predicen un temblor y a veces no. Sin embargo, Giuliani y otros compañeros no cayeron en el desaliento y diseñaron cinco detectores de radón para monitorizar el área que rodeaba a la cordillera del Gran Sasso.

En 2009, y armado con su método, Giuliani visitó a finales de marzo al alcalde de Sulmona, una ciudad de 25.000 habitantes a 55 kilómetros de L’ Aquila, para advertirle de un terremoto catastrófico que tendría lugar entre 6 y 24 horas después. Durante todo el mes anterior, se habían producido en la zona pequeños seísmos. El alcalde hizo sonar la voz de alarma y furgonetas con altavoces recorrieron las calles pidiendo a los vecinos que abandonaran la ciudad. Sin embargo, el terremoto nunca llegó y Giuliani fue defenestrado por las autoridades políticas y científicas.

Pocos días más tarde la tierra tembló en L’ Aquila y Giuliani no tardó en asomar la cabeza, blandiendo predicciones hechas con su método -que alertaban de un evento superior a magnitud cuatro- y exigiendo una disculpa a los científicos que le habían desacreditado. Sus versiones de lo que sucedió en aquellos días resultan contradictorias, pero para mucha gente Giuliani pasó a ser un nuevo Galileo, porque como ya sabemos, el público ama al heterodoxo que grita “¡el emperador va desnudo!”

Sus predicciones contribuyeron a abonar el terreno para la condena a los siete científicos del comité de grandes riesgos. En concreto, Giuliani centró sus iras en Enzo Boschi, presidente del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología y uno de los sismólogos posteriormente imputados.

Warner Marzocchi, investigador en el centro dirigido por Boschi, examinó tanto la patente del sistema de medición de radón presentada por Giuliani como su descripción del desarrollo del método y concluyó: “Es muy difícil encontrar algo bueno en su trabajo”. Uno de los problemas es que los registros de radón eran demasiado cortos, y contenían demasiados picos. Algunos estaban asociados a terremotos pero no guardaban correlación alguna entre ellos. “Estos gráficos son inaceptables desde un punto de vista científico”, declaró Marzocchi a Science.

Tras el terremoto de Amatrice, Giuliani volvió a asomar la cabeza publicando uno de sus gráficos, que mostraba un aumento en las emisiones de radón registrado por dos de sus medidores, llamados Coppito y Fagnano. Junto al material, Giuliani dejaba el siguiente mensaje: “Publico estos gráficos a beneficio de aquellos que sepan leerlos. Dudo que los imbéciles puedan jamás comprenderlos”.

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Gráfico elaborado por Giuliani que muestra los registros de radón de los detectores entre el 20 y el 23 de agosto.

En uno de los comentarios, una mujer llamada Mara Bordini le decía: “Soy una de las imbéciles que no puede leer estos gráficos, pero creo instintivamente en tu método. Me gustaría que nos lo explicaras. Si es posible. Gracias”.

La desgraciada comisión

Nápoles acoge entre el 7 el 9 de septiembre el 88º Congresso della Società Geologica Italiana. Fatídicamente premonitoria, la mesa redonda se titula “El hombre frente a los fenómenos naturales: entre el estudio de las causas y la gestión de las consecuencias”. Entre los participantes está Sergio Bertolucci, presidente de la Comisión Nacional para la Previsión y la Prevención de Grandes Riesgos, formada por un grupo de científicos que son convocados tras un desastre natural para asesorar al presidente de la república.

Bertolucci no es un experto en terremotos sino un físico de partículas muy reconocido. De hecho es actualmente el Director de Investigación y Computación Científica del CERN. Su antecesor en el puesto, Luciano Maiani, además de predecir la existencia del quark encantado, ocupó el cargo de Director General, el de máxima responsabilidad en el CERN, entre 1999 y 2003.

Existe más relación de lo que parece entre la física teórica y los terremotos. Algún estudio ha tratado incluso de analizar el fracaso estrepitoso de esta disciplina al tratar de explicar o precedir la existencia de seísmos .

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Antonio Zichichi, con gafas en el medio de la imagen, explicando el diseño del futuro laboratorio Gran Sasso.

El Laboratorio Nacional del Gran Sasso está cerca de L’ Aquila, a 10 kilómetros del epicentro del seísmo de 2009 y lo más importante, a 730 kilómetros del CERN. Desde la sede del Gran Colisionador de Hadrones se envían haces subterráneos de protones a Gran Sasso. La profundidad a la que está el laboratorio reduce el efecto de los rayos cósmicos, lo que permite a los detectores del laboratorio distinguir neutrinos tauónicos, una partícula elemental con una masa hasta un millón de veces más pequeña que la del electrón.

Esta es la principal razón por la que, en 1979, Antonio Zichichi propuso aprovechar un túnel de autopista que se estaba haciendo bajo la montaña para construir este templo de la hiper-precisión en una región de alta actividad sísmica. De hecho, al laboratorio se llega tomando un desvío en el interior del túnel.

Desde 2002, hay dentro del laboratorio subterráneo un despliegue semi-circular de 21 estaciones sísmicas, separadas entre ellas varios metros y que atraviesan una falla sismogénica. Sirva todo esto para explicar por qué el gobierno italiano sitúa a veces a estos físicos al frente de su Comisión de Grandes Riesgos.

Tras el letal terremoto de L’ Aquila la comisión fue convocada e inmediatamente después, denunciada por homicidio culposo. El presidente entonces era Franco Barberi, un geólogo y vulcanólogo que dirigía el Departamento de Protección Civil. El 22 de octubre de 2012, Barberi fue condenado a seis años de prisión, prohibición perpetua para el desempeño de cargos públicos y la obligación de resarcir con 450.000 euros a las víctimas de L’ Aquila. La pena era superior incluso a la solicitada por el fiscal y, además de a Barberi, se extendía a los otros seis miembros de la comisión: Enzo Boschi, Bernardo de Bernardinis, Giulio Selvaggi, Gian Michele Calvi, Claudio Eva y Mauro Dolce.

De Bernardinis, al escuchar la resolución del juez condenándole a seis años de cárcel.

Ese fue el día en que Maiani decidió dimitir. “Este es el fin de los científicos dando consejos al estado”, dijo el físico. Los otros miembros que sucedían a los condenados en la Comisión de Grandes Riesgos siguieron a Maiani. Sin embargo, quizá no recuerden que Italia estaba en aquel momento gobernada por el llamado Gabinete Monti, una suerte de gobierno compuesto -tras la renuncia de Silvio Berlusconi- por 13 tecnócratas independientes y Mario Monti como presidente interino. Su único objetivo era gestionar la crisis de deuda en Italia y por tanto, las dimisiones no fueron aceptadas y Maiani sólo pudo dejar su puesto a Bertolucci en septiembre de 2015.

En cuanto a los científicos condenados, tras recurrir la injusta sentencia, todos fueron exculpados salvo De Bernardinis, a quien le cayeron dos años de cárcel. El agravante en su caso fue dar una entrevista a una televisión antes de la reunión de la comisión el 31 de marzo de 2009, una semana antes del terremoto, diciendo que no había peligro alguno. La entrevista se emitió tras la reunión de expertos, dando a mucha gente la impresión de que era un resumen de las deliberaciones.

Según el juez, hasta 29 personas pudieron haber muerto en L’ Aquila por seguir los consejos ofrecidos por De Bernardini en esta entrevista. Pero el tribunal de casación entendió que no es plausible que, si alguien está en casa y todo empieza a temblar, vaya a quedarse dentro en lugar de salir corriendo por una entrevista que escuchó una semana antes.

El silencio tras L’ Aquila

Tras este último terremoto en Amatrice, muchos medios han buscado la opinión de estos siete hombres, pero lo que puedan decir ahora no sirve de nada. Quizá habría servido hace unas semanas, meses o años si no hubieran sido defenestrados.

 

Una de las imágenes más impactantes es la de una calle de esta ciudad donde sólo permanece en pie un torreón del siglo XIII. El resto de viviendas, anteriores al siglo XVII, eran básicamente piedra sobre piedra, carecían de estructura y ante el violento temblor cayeron como piezas de un dominó.

Por ejemplo, Gian Michele Calvi, quien ejerce de profesor de diseño estructural en el Instituto de Diseño Avanzado de Pavia, podría haber tenido más voz para que se siguiera en la zona el ejemplo de ciudades como Norcia, muy cercana al epicentro pero donde no ha habido una sola víctima. ¿Por qué? Por el empeño del ayuntamiento en reforzar la estructura de muchos de sus edificios tras un pequeño seísmo en 1997. “Por desgracia, nadie invierte en estas áreas, ya que se están despoblando”, dijo esta semana Calvi.

Hay factores que están más allá de la sismología, y es justo ahí donde la política es necesaria. Por ejemplo, otra de las batallas de los académicos es que los edificios sean sometidos a pruebas de riesgo sísmico, algo que parece de cajón en zonas de alta actividad y donde cada cinco años -de promedio- golpea un gran terremoto. Sin embargo, las asociaciones de propietarios son los principales opositores de la medida. “Temían que fuese un nuevo impuesto para sus casas”, resumía Bernardino Chiaia, profesor de mecánica estructural en la Universidad Politécnica de Turín, al periódico La Stampa.

Ante estas cosas, ningún comité científico puede hacer nada.

Mauro Dolce debió sentirse en una situación extraña al atender a los medios tras el terremoto de Amatrice. El aún director de la Oficina de Riesgo Sísmico de Protección Civil tuvo que ser, una vez más, el portavoz que saliera a primera hora de la mañana a lidiar con una nube de micrófonos para decir “después del primero de magnitud seis de las 3:36 ha habido otro de magnitud entre cuatro y cinco, más otros 70 de magnitud entre tres y cuatro y otros cien de magnitudes inferiores”.

Tras ser absuelto como homicida negligente en noviembre de 2014, Dolce aún tuvo que litigar en los juzgados hasta hace cuatro meses, ya que fue acusado de fraude en la ejecución de la prestación pública por la compra de unos aisladores sísmicos, que se instalaron en L’ Aquila tras el terremoto de 2009. Finalmente, fue absuelto el pasado abril.

Aunque en todas partes se habla de “los siete científicos”, lo cierto es que tan sólo Claudio Eva, de 78 años y hoy apartado de la ciencia activa, Enzo Boschi, Giulio Selvaggi y Franco Barberi pueden considerarse sismólogos. Calvi y Dolce son ingenieros.

Hoy, el caso que fue bautizado como Grandi Rischi aún no ha terminado. Tras la resolución que absolvió a Barberi, Boschi, Selvaggi, Calvi, Eva y Dolce, familiares de algunas víctimas presentaron un recurso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo. Ahora el único imputado de este nuevo caso Grandi Rischi bis es Guido Bertolaso, un alto cargo al que Berlusconi nombró director del Departamento de Protección Civil. Bernardo de Bernardinis, el único condenado tras la apelación, era, precisamente, su número dos.

Bertolaso fue el hombre que convocó aquel marzo de 2009 a la comisión de científicos y, como sabemos gracias a Vito Corleone, existe una cierta tradición italiana por la que quien convoca una reunión entre enemigos -en este caso, científicos y políticos- acaba resultando ser el traidor.

 

Pataletas estivales

Lo llevamos repitiendo desde los inicios, aunque el mantra ha tomado tantas formas que el original se ha ido deshilachando, cambiando de aspecto y de palabras, mezclándose, transformándose y descomponiéndose en sucesivos axiomas que decían lo que el mantra original, aún sin decirlo:

Cada cosa que escribimos en internet puede, potencialmente, llegar a todo el mundo.

La cifra que habitualmente se usa son 400 millones de hispanohablantes, aunque el auge de las tecnologías de traducción puede llegar a aumentar la ambición de los escribientes hasta los pocos miles de millones de personas semi-alfabetizadas y con acceso a internet.

Este mantra domina nuestras mentes, y ha animado a millones de blogueros a escribir un primer post, ha creado y destruido emporios de la comunicación y bueno, ya saben: ahora el mundo va a oír todo lo que tenemos que decir, ¿pero qué puede uno decir que interese potencialmente a 400 millones de hispanohablantes? Toda elección descarta público, y en primer lugar, lo local descarta lo universal.

¿A qué viene soltar ahora esta obviedad? Porque es precisamente la encrucijada en que se encuentran los medios. Cada vez más gente (y yo entre ellos) cree que en internet los medios ya no hacen información sino entretenimiento. Entretenimiento serio, si les irrita menos. Quiero decir que lo que mueve a los redactores no es descubrir o explicar algo nuevo -una vez escuché a Antonio Rubio definirlo como periodismo intencional, un recurso que me gustó mucho- sino rellenar la página con contenidos que puedan potencialmente dar 400 millones de visitas. Es un decir. Y sí, ya sé que usted, que ha entrado a leerme por curiosidad, es el autor de aquel reportaje del copón que logró verter luz en una situación anómala, o su amigo, que sacó aquella serie de exclusivas que hicieron dimitir a alguien importante. Son excepciones pero en general, miren a los engranajes de lo que queda de esta industria. Básicamente, y salvo ramalazos de amor propio, rellenamos. Yo también, las dos cosas, relleno y tengo ramalazos. Sí, claro que hay matices, pero la forma de afrontar el día a día en la mayoría de los medios me lleva a pensar en nosotros como entretenedores de masas y no en detectivescos fiscalizadores de la realidad.

¿Como lo diría el otro? News is what happen when you’re busy creating content.

El reporterismo clásico, para ser útil a la sociedad, tenía que delimitar primero a ese público, ser concreto. Local, regional, nacional. No más. El redactor, por ejemplo, boliviano o hondureño, que demuestra en un reportaje la corrupción en las contratas de basuras de su ciudad está haciendo un favor a sus vecinos, ¿pero qué lectores encontrará fuera de los límites de su término municipal? Otro redactor hondureño o boliviano que descubre diez nubes que recuerdan a animales y hace una fotogalería puede darle a su medio más visitas que habitantes tiene su país. El mantra original se inflama en estos casos. Cuando hablamos de viralidad hablamos de emociones compartidas donde el mínimo común múltiplo arde y arde y arde. En esta universalidad no importa el prestigio de la firma ni la cabecera, otros dos pilares del reporterismo clásico que limitan enormemente la dispersión de la información, porque claro, un lector en España no sabe qué credibilidad darle a Guzmán Nogales o a su medio, El Noticiero de Tegucigalpa, cuando de casualidad se encuentra en Facebook un reportaje suyo.

Podemos hablar, como es costumbre en este cansino blog, de medios de comunicación obligados a re-industrializarse que se esfuerzan en repetir que el buen periodismo hay que pagarlo y buscan formas alternativas de financiación, no sé si con el mismo ahínco con que llenan de banners la pantalla de mi móvil. Pero al final la pregunta subyacente es cuánto entretenimiento podemos permitirnos hacer, cuántos millones de lectores y récords podemos batir en Comscore antes de caer en la irrelevancia absoluta para nuestros vecinos.

¡Y luego, en nuestro imparable camino hacia la universalidad, querremos cobrarles los gatos!

Pérdida de inteligencia

El otro día leí una letanía de Lucía Méndez en Cuadernos de Periodistas sobre la autocensura. Mira que me cae bien ella, y siento tomarla como ejemplo en esto, pero su artículo reúne alguna de las más habituales lamentaciones de los periodistas que vivieron la Edad Dorada y ahora miran con resignación al páramo.

Está por ejemplo ese cliché de que la precariedad de los periodistas de hoy en día nos ha hecho más dóciles ante el poder, capaces de frenar una información o modificar un titular. Y es más, al parecer ya ni el poder es necesario porque nuestra autocensura ya nos lleva a poner la venda antes que la herida.

[A este respecto, debo intervenir diciendo que en los diez años que llevo escribiendo en periódicos, me han cambiado los titulares millones de veces, desde jefes hasta compañeros e incluso hasta algún becario, que a veces tienen tanto criterio o más que los senior. Incluso sospecho que durante una excursión de escolares que una vez visitó un periódico hace años, uno de ellos al ver un titular mío en la pantalla exclamó: “¡Pero cómo!” y ni corto ni perezoso lo cambió].

Aunque no creo que se piense tal y como se dice, el hecho de equiparar independencia editorial con salarios es jodido, porque viene a decir que todos los periodistas tenemos un precio. Y al final, ¿quién es más cautivo de su sueldo y tratará más de no perderlo tocándole los huevos al poderoso, el redactor junior que gana 900€ o el veterano que gana 5.000€ y tiene ya una vida que alimentar con eso? No sigamos por ahí.

No se suele hablar en estos términos porque parece uno un Goebbels cualquiera, pero uno de los principales problemas de esta industria es el de la pérdida de inteligencia. Muchos de los amigos con los que empecé este recorrido han ido dejando el periodismo activo y ocupando puestos en otros sectores: comunicación, editoriales, enseñanza, etc. Querían ser periodistas y tenían talento y potencial para haber contribuido con creces, pero en un momento de su vida vieron, como yo veo, a sus amigos casándose, comprándose casas o coches, teniendo hijos. Tú tienes un puesto mal pagado, con pocas expectativas de progreso y donde echas muchas horas para, al final, rellenar una página web con material de segunda mano primorosamente titulado. Ni siquiera estás investigando nada relevante, no sales a la calle, así que…

¿Qué sentido tiene?

Así, poco a poco, el talento y la inteligencia de esas personas se ha ido filtrando por los sumideros de esta industria, ¿y quiénes quedamos de los que empezamos hace una década? Pobres diablos con demasiada vocación por lo nuestro o, en última instancia, gente con pasta y que puede permitírselo, como ocurría en el siglo XIX. La mayoría somos una mezcla, mucha vocación y unos padres o parejas demasiado comprensivas. Algunos viejos periodistas dicen que esto no es un oficio, sino una forma de vida. No. Eso era antes, cuando uno podía avanzar en lo personal pese a pasarse 14 horas diarias en una redacción. Pero ahora, cuando el periodismo, o ese sucedáneo que te han ofrecido en su lugar, te dificulta desarrollarte como persona, le das una patada sin problema, buscas un trabajo, te abres un blog para matar el gusanillo -que pronto abandonarás- y a otra cosa.

De nuevo, no estoy diciendo que no haya gente inteligente ahora en el periodismo, sólo qu… ¿Pero qué coño hago otra vez dando explicaciones, y a quién? ¡Si es mi puto blog!

Si la información que hago es gratis, imagínese mi opinión

He tenido esta conversación con mucha gente. Empiezan por decir “yo pagaría por las noticias si…” pero al final esta frase nunca termina. Puede que hasta yo mismo haya empezado la frase sin concluirla. Entre medias, balbuceamos cosas como “algo que no pueda encontrar en otro sitio” o “como un Netflix” o la manida “periodismo de calidad”, pura fatiga discursiva, porque si sólo pagásemos por comida de calidad al final ninguna nos parecería lo suficientemente buena como para aflojar la pasta.

Blendle es una aplicación holandesa que propone un sistema original para resolver este problema. Consiste en un kiosko online donde puedes encontrar artículos de varios medios importantes (restringido de momento a los estadounidenses) y pagar sólo por el artículo que te interese leer. Los precios están entre 0,19 y 0,49 centavos de dólar. Lo llaman el iTunes de la prensa, un mercado competitivo donde los artículos que logren el éxito lo harán por sus propios méritos y no por el prestigio de la cabecera y donde en teoría, como ha ocurrido con la música, el concepto de single arrollará al viejo LP conceptual que es un periódico. Todo sonaba muy bien y esta semana la aplicación salió en beta, así que allá que fui a probarla.

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Una cosa que mola es que, aunque vendan noticias, se parece más a una aplicación tipo AirBnb, te registras con Facebook, tienes tu perfil, etc. Porque… ¿por qué tendría una web de venta de noticias que parecerse a un periódico? Aquí tienen un modelo estupendo para el comercio de artículos. Sin secciones, sin fotos y, en muchos casos, sin ni siquiera conocer el nombre del autor, mucho menos verlo sostenerse la barbilla en un recuadro en blanco y negro.

[A veces pienso en cuántas líneas de código del papel tenemos metidas aún los periodistas en el software cerebral que hemos traído a internet, ay, qué fresco veríamos el panorama sin esas interferencias. Por ejemplo, el concepto de exclusiva: guardar algo en una caja muy oscura hasta que lo sueltas. Es totalmente arcaico. Miren lo que pasa en el cine y las series; cuando una productora anuncia una nueva película o una empresa tecnológica anuncia una nueva aplicación o un nuevo gadget, te van soltando pequeños aperitivos visuales, días, semanas, meses o incluso años antes -las sagas de Star Wars, por ejemplo- para que la expectación aumente. Y lo hace. Mientras tanto, ahí estamos nosotros trabajando en el más absoluto secreto. No todos, claro. Algunos nuevos medios a los que sigo mandan a los suscriptores de su newsletter un avance de los temas en los que están trabajando. Un viejo periodista diría: “les estás dando ideas a la competencia”, pero piénsenlo, si realmente están investigando algo con vocación de servicio público y quieren promoverlo, lo mejor que les puede pasar es que otros medios lo metan en sus agendas. Además, ayuda a que los lectores o suscriptores que sepan algo del tema participen. Y total, si después de todo otros medios lo sacan antes o mejor que tú, siempre puedes decir que les inspiraste. El caso es que parece una pequeña anécdota, pero es una forma totalmente distinta de trabajar, más transparente, sujeta a escrutinio y más acorde con el tipo de cosas que los periodistas andamos siempre exigiendo a los demás].

Disculpen la digresión, vuelvo con Blendle.

Te dan un crédito inicial de $2,50 para que te lo gastes en los artículos que quieras -si el artículo no te gusta, te devuelven el dinero- y luego puedes obviamente comprar más crédito. Más que secciones, lo que tienen es un filtro. Igual que en AirBnb filtras sólo las casas o la zona que te interesan, aquí lo haces con los temas que quieres que aparezcan: política, ciencia y tecnología, entrevistas, columnas de opinión… o los destacados que ellos mismos seleccionen.

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Puse un par de filtros y eché un vistazo. Sí, a priori había varias piezas que me interesaban. Leí primero una de Newsweek sobre un grupo de hackers en Berlín que ayudaban a los refugiados sirios estableciendo puntos de conexión wifi en distintos puntos de la ciudad. La verdad es que hay mogollón de revistas a las que no suelo acceder a menudo, Newsweek o The Atavist por ejemplo, y la idea de que rescaten para ti artículos a los que nunca habrías llegado es reconfortante.

Vale, y aquí viene el principal problema, o la gran revelación. ¿Por qué estoy pagando realmente, por la información o por el comisariado de información? Claramente, por lo segundo. En los correos que he recibido de Blendle se hace mucho hincapié en que internet está lleno de ruido, y que ellos, con un nutrido grupo de curators en cada una de las áreas, se levantan todas las mañanas muy temprano para seleccionar lo mejor para mis ojos lectores.

A continuación, y ya un poco escamado por esta idea, leí una entrevista a la actriz porno Stoya en The Cut, el suplemento femenino de la New York Magazine. Aquí puede verse cómo la maquetación de Blende imita tremendamente a la de las revistas clásicas. Otra vez esas líneas de código de las que hablaba antes.

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De nuevo genial, nunca habría entrado aquí y la entrevista era muy interesante. Y sí, claramente estaba pagando por que alguien lo escogiera, no por la entrevista en sí. De hecho, tras terminar de leerla busqué la entrevista en internet y estaba en abierto desde hacía dos semanas. En este blog siempre hemos dicho que el periodismo digital -pese a sus ventajas- consiste en un 99% de los casos en texto con enlaces y una foto cutre de recurso. En contraste, el papel maquetaba cada página de forma artesanal, estudiando caso por caso. Al menos así ocurría hasta ahora, donde la entrevista con Stoya aparece así de espectacular en la versión online de la revista:

stoya1Por qué tratar de imitar el feeling del papel cuando ya es posible mejorarlo en internet es material para otro post, de lo que quería hablar ahora es de que ya no se puede pagar por la información. Hay quien paga a Blende para que le seleccione lo que más le va a gustar, una tarea que antes encomendábamos a las redes sociales hasta que hicimos nuestra lista de seguidores tan homogénea que ya nadie lee apenas nada que no salga de su zona de confort, simplemente hacemos F5 cada día a esa zona de confort con información nueva. Y como Twitter o Facebook ya no me sirven para seleccionar qué cosas gratis debo leer, lo hace Blendle.

Y al final, es una pasta. Si cada artículo que leemos en internet lo pagásemos a 20 céntimos de euro, por pocos cientos de lectores que tuviéramos, los vendedores de artículos tendríamos grifería de oro y un Miró sobre el retrete del salón. Y el caso es que esos artículos que Blende ofrece ya existen gratis, basta con una búsqueda, medio segundo. Podría abrir ahora mismo otra pestaña, salir de Blendle y leerlo, pero si pago esos 20 céntimos es porque me he ahorrado justamente eso. No quiero buscar cosas buenas que leer, sólo quiero elegirlas.

Hoy en día, no puedes pedir a nadie que pague directamente un euro por leer un reportaje sobre Yemen que has escrito, pero puedes pedir muchos euros para escribir un reportaje sobre Yemen, y quien los pague sabrá que el reportaje será finalmente gratis. La gente paga, sí, pero por otros conceptos. Unos pagan su suscripción a El Diario, a 5W o a El Español, no por la información en sí, sino para que esas noticias existan, porque sí, sólo pueden existir en internet si son gratis, aunque sea dentro de ocho horas. Otros eligen a Blendle para que seleccione lo mejor de esa información gratis que circula, y pagan por ella porque, aunque sea gratis, está verificada. Ya tienen más de 26.000 suscriptores.

Puedes vender algo que te sirva para financiar esa información, pero no se paga por información como tal, no se puede, es ontológicamente imposible. Leer este post es gratis. Me ha costado mi trabajo, lo saben, pero no puedo cobrarles por ello. Es gratis. Mientras decíamos que cuesta dinero y que hay que pagarlo, lo hemos hecho todo gratis.

Es un pensamiento desasosegante y al tiempo liberador.

Ambas representan una pérdida

En las películas, cuando un objeto empieza a humear, siempre acaba explotando.

En la realidad, cuando un objeto empieza a humear luego sigue humeando un tiempo, las llamas prenden primero lo accesorio, que empieza a retroceder hasta que tras el humo solamente se aprecia ya la estructura, que acaba por derrumbarse y lentamente la pira va haciéndose brasa, luego cenizas y un día una ráfaga de aire se las lleva y el objeto se olvida.

Ambas representan una pérdida, pero cuál estamos contando.

Den una oportunidad a los gatitos

No sé si es hoy, o quizá fuera ayer, pero me viene a la cabeza el 21 de mayo de 2006 como el día en que debuté en el ABC de Madrid con una piecita inane de tres párrafos sobre un homenaje a Santa Teresa de Jesús en la Real Academia de la Historia. Recuerdo que en aquella portada salía una foto de Ronaldinho, el Barça de Rijkaard había ganado la Liga.

En aquellos días, te metías en un periódico digital en el que habías escrito un reportaje y lo veías ahí, al fondo de una sección y rodeado de teletipos sin firma. Ahora en cambio, lo pones en redes sociales y en vez de competir con despachos de agencia compites con gente quejándose de su compañía telefónica.

Antes en internet casi nadie pagaba, ahora casi nadie paga bien. Es un avance muy sustancial.

Muchos de los periodistas sénior que quedan en plantilla de los grandes medios se quejan de que el periodismo que hacen va a pasar a ser sustituido por listas bobas y fotos de gatitos, pero no se engañen, en realidad se quejan de que los echen a la calle. Si muchos pudieran mantener el statu quo y la nómina haciendo gatitos, los harían. Yo no, porque tengo una ética: soy más de perritos. Y de jirafas.

Al final, las listas bobas y los gatitos contienen la misma cantidad de periodismo que la alternativa que algunos proponen, artículos pseudoemocionales sobre experiencias en primera persona, ya sea de sus propias familias o de cómo ven el futuro del oficio. Homeopatía factual, a fin de cuentas. E igual que unos chamanes llaman a lo suyo medicina, otros llaman periodismo a sus pucheros.

Otro avance. Entre unos y otros, hemos conseguido que en diez años el sintagma “periodismo de calidad” ya no signifique nada. Es una bandera que todo el mundo lleva ya, el segmento de mercado de la palmada en el pecho sin refutación posterior está saturado. Dejemos de usar ese sintagma maldito y nos irá mejor. Show, don’t tell.

La verdadera razón de que no haya mucho más periodismo de investigación en los medios no es que sea muy caro, es que es muy vocacional.

El día que saqué mi primer artículo, y Ronaldinho estará de acuerdo, las cosas eran muy diferentes. Los medios de comunicación habían pasado por dos décadas esplendorosas de pura fiesta pero, cuando yo llegué al local, ya estaban encendiendo las luces, sonaba With or without you y apenas quedaban para beber los culillos calentorros de los benjamines de Veuve Clicquot Ponsardin.

Para quienes asistieron a la fiesta, el panorama actual es desastroso pero, en general, con respecto a hace diez años, para quienes hemos nacido y crecido en la post-fiesta, la cosa está mejorando mucho. No se lo creen, ¿verdad? Pues sí, hay menos dinosaurios, pero más pequeños mamíferos en el planeta.

Y pienso que a lo mejor, cuando hablan de gatitos, se refieren a nosotros.