La cancelación en diferido de María Blasco

Estoy siguiendo con gran interés todo lo que rodea al apiolamiento de la directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas.

En este país, alguien está en un pedestal desde el que solo se escuchan aplausos y elogios hasta que, en un momento dado y sin saber muy bien cómo, se decreta su fusilamiento. Los aplausos se silencian de repente y empiezan a llover piedras. A veces, desde las mismas manos que aplaudían.

Me interesan mucho estos procesos, reflejos de una sociedad esquizofrénica. Principalmente, por el papel que juegan en ellos los medios de comunicación. Más que describir, construyen.

Tres semanas de Pasión

La primera noticia que he podido encontrar al respecto es del 11 de diciembre. El ABC publica que El Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas se gastó casi un millón en un proyecto para comprar arte. Dos días después, en El País: El mayor centro de investigación del cáncer lleva años sin los equipos necesarios para trabajar: “Estamos al límite” y María Blasco culpa al Gobierno de la falta de fondos del CNIO y pone su cargo a disposición de Diana Morant.

El 14 de diciembre, The Objective se suma con un La directora del centro contra el cáncer cobró 90.000 euros de más en tres años. El 15, ABC publica El Centro del Cáncer intentó que su directora se perpetuara en el cargo. Un día después, en El País, Científicos del CNIO, el mayor centro de cáncer de España, exigen al Gobierno que cese a María Blasco y Una investigación oficial culpa a María Blasco de abuso de poder en el CNIO.

Una semana después de que todo empezara, prácticamente toda la prensa nacional ha encontrado algún indicio delictivo contra Blasco. El 17 de diciembre, El Debate publica La directora del Centro contra el Cáncer se compró al contado dos casas en Galicia mientras denunciaban que cobraba sobresueldos y The Objective que La cúpula del CNIO se repartió 720.000 euros en sobresueldos entre 2014 y 2020.

Blasco rompió su silencio poco después concediendo dos entrevistas, a eldiario.es y RNE, para denunciar una campaña «inaceptable» de desinformación en su contra.

La cascada de noticias contra la bióloga molecular ha seguido hasta estos días con acusaciones de lo más variopinto. Por ejemplo, haber gastado miles de euros en productos Apple o haberse llevado a su pareja e hijo a un viaje a Noruega.

Las noticias sobre el tema han alimentado, a su vez, muchas columnas de opinión. En El Confidencial, Juan Soto Ivars publicaba con su habitual sutileza, «¿Padece cáncer el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas?» en referencia a Blasco. Precisamente, en el mismo medio que, unos meses antes, premiaba a María Blasco por toda su carrera en una gala llamada Mujeres que Inspiran el Cambio. Más que una anécdota, una miniatura del caso Blasco y de un país que más que polarizado está bipolarizado.

¿Qué coño ha pasado para que una bióloga molecular especializada en telómeros, egregio currículum y anodinas maneras haya pasado a recibir más ataques en el último mes que en todos los años que lleva como personaje público?

Campañas de desinformación. No siempre negativas

En mi opinión —levemente informada por los años que llevo escribiendo del tema— María Blasco no ha sido objeto de una campaña de desinformación sino de dos. La actual, sospechosamente negativa, y otra, exageradamente positiva y que ha durado más de una década.

A veces he tomado algún café con alguna fuente dentro del CNIO y bueno, no es ninguna sorpresa que ahí dentro mucha gente no la soporta, en lo profesional o en lo personal. Diferentes caracteres, una acumulación de putadas y contraputadas a lo largo de los años… lo típico en cualquier empresa, solo que esto es uno de los principales centros de investigación en cáncer de Europa. En lo que todo el mundo parecía estar de acuerdo era en que Blasco era intocable.

Esta sensación, sin embargo, se ha evaporado en el último mes. Para una de las personas con las que hablé, la clave ha sido ver en El País varias noticias negativas seguidas sobre Blasco. No lo decía tanto por las noticias en sí —el autor, Nuño Domínguez, es de lo mejorcito que se estila en periodismo científico, pulcro y riguroso— sino por lo que para ellos revela: que la directora se ha quedado sin protección. Es triste que la gente tenga esta impresión de los periódicos pero bueno, tampoco voy a fingir sorpresa a estas alturas.

Más llamativo aún me resultó que no apareciera nadie para defenderla. Aquel verso de Simon y Garfunkel, silence like a cancer grows, le viene como un guante al caso Blasco. En esta ocasión, resulta ensordecedora la falta de apoyos. Después de una década fotografiándose casi cada semana con algún alto cargo del Gobierno, ahora Blasco está sola. He encontrado una única declaración de Diana Morant en un teletipo, muy al principio del quilombo, y no estoy aún seguro si respalda a Blasco:

(SERVIMEDIA - 13/12/2024) La ministra de Ciencia, innovación y Universidades, Diana Morant, defendió este viernes las actividades y la gestión del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), dirigido por María Blasco, y afirmó que “nunca” hablará “mal” ni contribuirá “al desprestigio” de un centro de investigación como este.

Twitter no sirve ya para informarse o documentarse como antaño, pero como termómetro sigue siendo muy fiable. En el último mes, ni la ministra Morant, ni nadie en la Secretaría de Estado de Ciencia o de Investigación —cuyos titulares, Juan Cruz Cigudosa y Eva Ortega-Paíno, fueron compañeros de Blasco en el CNIO durante varios años— han promulgado públicamente una palabra de aliento hacia ella. Todo esto ofrece para mí más pistas que esos titulares que la atacan. Algún gesto habría servido para aplacar buena parte de la ira que está habiendo en su contra. Pero en estas esferas nadie presta su sangre a un desahuciado.

La propia Blasco, por su reacción inicial a las críticas, también parecía seguir creyendo que estaba cubierta por esa capa de inmunidad ante la opinión pública que la ha protegido los últimos 13 años. Lo primero que hizo fue poner su cargo a disposición del patronato del CNIO, un órgano político-técnico que el año pasado la había ratificado en su puesto. Sin embargo, lo que antes era una red de seguridad es hoy una tela de araña.

She didn’t notice that the lights had changed…

Alguna señal entre tanto ruido

Observando al microscopio toda la secuencia, debió ser en algún momento entre el 12 y el 14 de diciembre cuando todo se descabalgó. Concretamente, cuando Blasco, en respuesta a un artículo de El País trató de devolver aquellas acusaciones lanzando la pelota al Patronato y más tarde al Ministerio.

En ese instante pasaron dos cosas, retroalimentadas: las voces discrepantes dentro de su centro, hartos de una jefa que creían intocable, se organizaron y comenzaron a segar la hierba bajo sus pies y la prensa crítica descubrió una nueva forma de atacar al Gobierno a través de lo que parece una infamia inexcusable: la malversación en caprichos de fondos para el cáncer.

En resumen, Blasco se ha quedado sola en una batalla con tres frentes y en un momento crítico para Moncloa, que lo último que necesita ahora es otro escándalo que les salpique.

En un proceso de muerte civil como este hay dos cursos que transcurren en paralelo: los hechos punibles y las emociones que tratan de suplantarlos. Como cuando cancelaron a Peio H. Riaño y algún columnista resentido salió diciendo: «no sé si todo eso de lo que le acusan será verdad, ¡pero conmigo fue un cabrón!«

Para que la cancelación llegue a concretarse y la persona en cuestión desaparezca de escena, hechos y emociones deben confluir, aunque sea mínimamente.

Ahora mismo, mucha gente ahí dentro o que ha tenido trato con ella en los últimos años está largando pestes a periodistas ávidos de sangre pero que no siempre son capaces de cocinar la mandanga que les llega. Por eso, estos días leemos una mezcla de titulares informativos y escandalosos que, en realidad, contienen poca sustancia punible.

Por ejemplo, lo de comprar al contado con su pareja una casa y una parcela en un pueblo de Galicia, un titular que palidece cuando se aclara que el valor estimado de esta vivienda rural no supera el salario anual de Blasco, con o sin sobresueldos. Que cobre lo mismo que el director del Museo del Prado o más que el presidente de una CCAA es una curiosidad, pero no una noticia.

Lo del programa de arte, origen de la polémica, tampoco parece para tanto. Organizaban un encuentro anual, pagado total o parcialmente por la RSC del Banco Santander a través de su fundación, entre un científico y un artista —habitualmente de renombre, premios nacionales y tal— para que se fueran una semana a algún lugar (¡Mozambique! ¡Noruega!) y crearan juntos una obra que luego era donada al CNIO, para exponerla o venderla. Se podrá considerar más o menos adecuado, pero es un programa más de outreach, como puede ser patrocinar una maratón. No tiene incidencia en las investigaciones que se hacen en el centro ni ese dinero podría haberse destinado a otra cosa.

Por cierto, este programa, que ahora el Patronato del CNIO ha mandado detener de repente en medio de un gran escándalo, lleva SEIS años funcionando, desde 2018. ¿Nadie se había dado cuenta o qué?

La lapidación contra Blasco ha llegado al momento en que cualquier piedra sirve. Por ejemplo, las acusaciones en ABC de que «la directora del CNIO gastó en viajes al menos 600.000 euros en dos años» o lo de los 300.000 euros en accesorios Apple. Aunque lo personalizan en el titular, dentro de ambas noticias especifican que en realidad no fue ella quien hace el gasto, sino todo el centro, compuesto por 700 empleados entre cuyas tareas está viajar a congresos o reuniones de proyectos repartidos por todos el mundo. Otro artículo, en El Debate, acusaba al CNIO de no experimentar en animales los fármacos que desarrollan preclínicamente. Esto es directamente absurdo. Aunque es cierto que, con el auge del bienestar animal, los centros se cuidan mucho de pregonar esto, es evidente que se les dan fármacos a los ratones, como demuestran las 700 notas de prensa del tipo «dos fármacos combinados muestran eficacia en ratones» publicadas por el centro. Es más, les aplican fármacos porque previamente les han desarrollado tumores concretos para probar esas moléculas.

Incluso las acusaciones que tienen más chicha, como el asunto de si cobró sobresueldos por los royalties de las innovaciones patentadas por el CNIO, están cogidas con pinzas. La cúpula del centro pudo cobrar 720.000 euros en regalías, pero parecía un sistema diseñado previamente y con cierta proporcionalidad a la aportación de cada cual. De los 4,2 millones obtenidos por el centro entre 2014 y 2020, «un jefe de unidad se embolsó un total de 613.707 euros entre 2014 y 2020; la directora, 53.572; y el vicedirector, 51.958 euros», publica The Objective. No parece un plan magistral diseñar un entramado para enriquecerte y que tu subalterno se lleve diez veces más que tú, ¿verdad?

Sin embargo, todos estos titulares y otros que se han retirado, aunque nunca llegaran a nada en un juicio contra Blasco —si acaso esa denuncia de Manos Limpias llegara alguna vez a tramitarse— hacen su función en toda esta cancelación. En las redes sociales, mucha gente la cataloga ya como una «sociata corrupta».

Es otro de los detalles que me han llamado la atención, en algunos medios se utilizan con María Blasco unas plantillas periodísticas prefabricadas que con alguien como Ábalos encajan bien… ¿pero con ella? Nunca jamás se la ha visto fuera de un entorno medianamente académico, científico o asociado a su cargo. La forma con la que se enfrenta al mundo, esa languidez y aspecto casi menesteroso con la que aparece en las fotografías resultan difíciles de encajar con los titulares que la acusan de haber montado una organización criminal en la que el dinero de los niños con cáncer acaba financiando iPhones y viajes al archipiélago Svalbard.

Hablemos de la gestión

De todo lo que se ha publicado estos días, el verdadero talón de Aquiles de María Blasco es la gestión.

Confieso —por si pensaban que este texto obedecía a algún tipo de contraprestación— que no conozco personalmente a María Blasco, no le debo dinero y, por desgracia, tampoco la he entrevistado en estos años, pese a que llevo visitando el CNIO desde antes de que ella fuera ascendida a directora. Allí los entrevistados siempre jalonaban la conversación con apuntes casuales sobre los exhaustivos procedimientos a la americana que tenían —ya saben, los periodistas y los científicos vemos a Estados Unidos como los cineastas ven a Francia— que si auditorías independientes, que si contratos de cinco años regidos por el up or out, o ibas para arriba o a la calle.

La pérdida de talento investigador, a veces con salidas traumáticas, como fue el despido fulminante de Manuel Hidalgo, uno de sus científicos más prestigiosos; la disminución en ingresos y en publicaciones de alto impacto; el deterioro de las instalaciones del centro, con falta de equipamiento crítico o problemas que afectan al animalario. Estos y otros problemas llevan sucediéndose desde hace años en un centro que, desde su nacimiento, se prometía no caer en los defectos que abotargan a la ciencia española. Son razones suficientes para que, en algún momento, el Patronato del CNIO se hubiera planteado darle otro impulso a la institución. Sin embargo, la reacción siempre fue a la inversa: máxima adhesión.

En su huída hacia delante, Blasco ha deslizado que el CNIO se rige por una estructura bicéfala donde ella solo es la directora científica, y las cuentas, contrataciones o condiciones del personal las lleva el Director Gerente del CNIO, Juan Arroyo. No obstante, a lo largo de los años hemos podido escucharla o leerla en multitud de entrevistas y declaraciones hablando sin problemas de sueldos de científicos, de préstamos, de proyectos o de demandas económicas al Gobierno, que actualmente sigue haciendo ella. Porque, ejem, ella es la directora.

Todo estos problemas, además, no son nuevos. Su nombramiento estuvo envuelto en controversias desde el primer momento, y sin embargo… parecía que la nobleza del objetivo —que la mujer ocupara al fin el lugar que merecía en el siglo XXI— justificaba tragar con un cúmulo de irregularidades en los procedimientos. Al final, es una venda que acabó poniéndose toda España en un ensalmo colectivo.

Un tuit de servidor en mayo de 2011, un mes antes de su nombramiento.

Al margen de su elección, fugazmente controvertida y pronto sepultada en la memoria, hubo muchas más cosas. Y pese a los elogios generalizados al CNIO, en aquellos años hubo periodistas que hicieron su trabajo. Los informes del Tribunal de Cuentas que señalan prácticas contables cuestionables llevan apareciendo regularmente desde 2015, como bien cubrió en su momento, por ejemplo Miguel G. Corral en El Mundo.

La interferencia con negocios paralelos de Blasco es incluso anterior, en 2013 Begoña P. Ramírez desvelaba en Infolibre que la directora del CNIO cobraba también y al mismo tiempo de Life Length, empresa fundada por ella misma y dedicada a hacer análisis de telómeros en resorts de lujo. Es algo ligeramente más escabroso que las no-noticias que están apareciendo estos días sobre Telomere Therapeutics, una spin-off del CNIO y la UAB de la que Blasco tiene una participación.

En 2016, Nuria Ramírez de Castro narraba en ABC la escandalosa fuga de cerebros que estaba padeciendo el CNIO bajo la dirección de Blasco: Manuel Hidalgo, Manuel Serrano, Alfonso Valencia… el goteo siguió durante más tiempo. En diciembre de 2018, Erwin Wagner, un fichaje estrella de la época de Barbacid a quien tuve ocasión de entrevistar cuando llegó, una década antes, se marchaba a Austria debido a la rebaja de su sueldo. Esto último no es culpa de María Blasco, claro.

La cosa con todo esto es que… todas estas noticias que leemos ahora son balas oxidadas, casquillos que Blasco ya esquivó en su momento. Parece otro simulacro de periodismo de investigación para una sociedad desmemoriada, y sin embargo, estas esquirlas de información reciclada parecen estar haciéndole ahora el daño que no le hicieron entonces.

Premios y más premios

Resulta que la gestión del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas durante todos esos años no era excelente. Quién lo diría, cuando la única respuesta de la sociedad española fue premiar incesantemente a María Blasco.

Alguna que otra vez —como periodista experto en ciencia y/o persona que ha escrito un libro sobre científicas españolas contemporáneas— me han consultado informalmente «oye, están haciendo una lista de científicos para un premio, preferiblemente quieren mujeres, ¿se te ocurre alguien, nos puedes dar unos nombres?», lo típico. Más de una vez, el jurado de turno se lo acabó otorgando a Blasco. Nunca solía recomendar su nombre, no por nada, sino porque entendía que ya era tierra conquistada para la mujer en la ciencia y que había otras investigadoras, menos conocidas pero con idéntico pedigrí y merecimiento. Además, Blasco lleva varios años más asociada a la gestión que a la investigación en primera línea, aunque en su defensa hay que decir que sigue publicando a un ritmo más que decente, en revistas top e incluso como primera autora.

En fin, todo esto a quienes otorgan las estatuillas les daba bastante igual. Hasta hace un mes, Blasco ha sido un perfecto comodín que ha recibido una cantidad absurda de galardones de todo tipo. Leo que los últimos han sido el premio Abogados de Atocha (otorgado por CCOO Castilla La Mancha) o el premio a la Mujer más Inspiradora de 2024, ahí es nada. Ella ha sido (todavía lo es) un tótem que representaba a muchas causas, todas ellas necesarias. Si hacía falta un rostro para apoyar una iniciativa sobre mujer, ciencia o visibilidad LGTBI, ahí estaba ella.

En realidad, quienes se los otorgaron no estaban premiando realmente a Blasco, solo se estaban premiando a sí mismos. Ella se llevaba a casa el pisapapeles de cuarzo y ellos la fotografía que venía a expiar sus pecados corporativos.

Cabe preguntarse si esta actitud va más allá de los eventos y los premios. Si tras los golpes en el pecho y las palmaditas en la espalda había un orgullo genuino por tener a Blasco al frente de uno de los principales centros en investigación en cáncer o simplemente el alivio de contar con un símbolo del que poder tirar en cualquier momento como sociedad.

Es comprensible que sus enemigos, quienes llevaban tiempo conspirando para que esto sucediera, estén ahora velando armas en silencio. ¿Pero dónde está la voz de aquellos que escribieron todas esas laudatios, honoris causa, loas y palabras de encomienda? Que nadie sufra por ellos, el peloteo nunca es en vano. Seguramente esos discursos serán recuperados muy pronto y los archivos .docx renombrados como exequias.

Lo posible

Llega ese momento en toda tragedia contemporánea en el que un tuitero le dice a un tío con el barro hasta los sobacos cómo sujetar la pala. Durante días ha ido enfermando de actualidad, alternando momentos de cabreo con los políticos con euforia tras un rescate; su pupila ha ido absorbiendo conocimientos efímeros sobre ingeniería civil, procesos convectivos y legislación de emergencia a través de hilos prémium y vídeos borrosos de TikTok, en un momento dado no puede contenerse más y acaba opinándole encima al otro. Ya estamos ahí.

Manejar la incertidumbre

No dejo de ver, aquí y allá, la palabra evitable. Si la AEMET hubiese avisado antes, o de otra manera, si el presidente de la Generalitat no hubiese borrado ese tuit, si las empresas hubieran pedido a sus trabajadores que no salieran de casa, si hubiera habido un grado menos en la superficie del Mediterráneo… lo que sea antes de aceptar que, si un millón de pequeñas cosas tuvieron que haberse alineado para evitar la tragedia, era muy difícil esperar otro desenlace.

Es normal en nuestra especie, puede que incluso sea uno de los secretos de nuestro éxito adaptativo, pero se nos da muy mal manejar la incertidumbre. Aún hoy, varios días después de las lluvias torrenciales, la panorámica general es que tuvo que haber algún fallo, una causa para esta devastadora consecuencia. La gota fría tuvo que encontrar un resquicio por donde colarse y sembrar la destrucción. Lo contrario sería aceptar que vivimos en un planeta regido por fuerzas que se mueven a una escala mucho mayor que la humana y cuya complejidad nos resulta inaprensible, de ahí la imposibilidad de predecirlo el 100% de las veces.

Es imposible saber cuántas muertes nos habría ahorrado que todo hubiese estado en orden. Aún así, alguien habría decidido el martes ir a su trabajo en Chiva o Paiporta por temor a su jefe, porque necesitaba el dinero, porque no podía soportar quedarse en casa o porque había quedado con alguien a la salida. Nadie cierra la puerta de casa pensando si será la última vez.

Siempre me sorprende quien, aún recuperándose del estupor de la noticia inicial, es capaz de buscar con los ojos al enemigo mucho antes que a la víctima. Las reacciones, en este sentido, han sido desoladoras, te das cuenta de que no queda un solo ámbito en el que esa narrativa podrida no prospere.

Pronto emergieron los de «España, estado fallido» y los que se decían incrédulos de ver imágenes así «en la 14ª economía mundial», que no deja de ser una mezcla de todo lo anterior: incapacidad de aceptar que no siempre tenemos el control de lo que sucede y una forma más taimada de ajustar cuentas con quienes gobiernan. Sólo un par de semanas antes de esta DANA, en Estados Unidos —la 1ª economía mundial si nos regimos por el PIB— tuvieron que enterrar a más de 240 personas por el huracán Helene. Un país que, además, sabe de sobra lo que es padecer desastres naturales: nueve huracanes de categoría 5 desde el Katrina. Helene ni siquiera llegó a esta categoría, y aún así arrasó varios estados.

El mayor número de víctimas (119) se produjo, por cierto, en Carolina del Norte, que no era el lugar donde las previsiones ponían el foco, ni donde más fuerte sopló el viento ni donde más lluvia cayó. Quiero decir que toda catástrofe de este tipo está gobernada por la incertidumbre.

Hace un tiempo entrevisté a David Spiegelhalter, un estadístico británico que tiene un libro muy interesante sobre el tema. Él descomponía la incertidumbre en oportunidad, ignorancia, riesgo y suerte. Son las cuatro notas de la música del azar. Cuando sucede algo tan horroroso como lo de la gota fría nos esforzamos en pensar «¿qué podríamos haber hecho distinto?», pero da lo mismo. Hubo gente que siguió su intuición, se subió a la terraza y sobrevivió; otra gente hizo lo mismo y falleció. En muchos casos ni siquiera hubo capacidad de decidir, la crecida les pilló en el coche y nunca lograron salir.

Individualmente, las historias son insoportables. Qué impotencia. Y sin embargo, es la única forma en la que podemos procesar esto, musitando «qué horror, qué horror», porque en su conjunto, un evento tan multifactorial, en sus causas y sus consecuencias, es inabordable. Por mucho que queramos, no logramos acertar a emitir una idea nueva que pueda resultar útil para la próxima vez, que podría ser en dos semanas o dentro de otra generación.

Con respecto a la atribución de las culpas, podemos escarbar hasta el infinito. Lo fácil es mirar a Mazón, ese hombre al que hoy todo el mundo quiere ver dimitir para poner en su lugar a otro personaje equivalente pero aún sin manchas en su Wikipedia. En tiempos de paz, Mazón podría haber tenido una carrera política de un par de legislaturas como presidente autonómico antes de saltar a algún ministerio o secretaría de estado. Pero la catástrofe le ha pasado por encima y ahora está ahí, oculto tras un chaleco rojo de protección civil, como un Zelenski de Hacendado.

Pero antes que él hay una tonelada de informes, sobre obras hidrológicas que pudieron hacerse en la rambla del Poyo y nunca se hicieron, sobre cambios en el uso del suelo en todo el Levante español que comenzaron hace décadas, pérdidas generalizadas de cubierta vegetal para proteger al sector hortofrutícola, construcción de viviendas en zonas potencialmente inundables… y aún así, sigue flotando esa idea de que era posible amortiguar la violencia con la que el agua cayó del cielo el martes 29 de octubre.

Da igual incendio incontrolado, terremoto o inundación, siempre que pasa algo así se repiten ciertos patrones. Esa sensación inicial de irrealidad, un caos que ocupa el lugar que en otras condiciones cederíamos al luto, gobernantes mirándose entre ellos con ojos bovinos, la inauguración de un efímero territorio sin ley, para lo mejor y para lo peor.

En Valencia, como en Nueva Orleans o en Venezuela, hay saqueos tras un desastre natural. No solo de alimentos, de lo que sea. Es comprensible cuando, para tanta gente, la vida se acabó el pasado martes por la noche: perdieron su casa, el trabajo en la empresa por la que llevaban años madrugando y perdiendo el sueño, a su familia, a sus amigos, el bar donde se reunían cada tarde, el centro comercial, todo desaparecido bajo la riada… ¿qué les queda ahora, sino vagar entre sollozos por un paisaje apocalíptico con el barro hasta las rodillas?

¿Por qué? Ni siquiera debe ser sencillo explicártelo a ti mismo.

Meteorología como ciencia social

Hay una corriente de académicos, que alcanza hasta Naciones Unidas, que insiste en que los desastres naturales no existen. Conocía esa visión de que en un mundo inhabitado —o incluso habitado por seres no pensantes— un terremoto, una erupción volcánica o un huracán serían simplemente fenómenos naturales, producto localizado de los múltiples ciclos que se producen a escala planetaria. El término «desastre» procede únicamente de su interacción con nosotros.

Sin embargo, esta nueva corriente de pensamiento añade una nueva capa de confusión.

La idea de fondo es, como dice aquí Dominic Royé, que «los desastres provocados por los riesgos naturales son siempre el resultado de las acciones y las decisiones humanas». Para discrepar radicalmente de esta idea me basta con pensar en L’Aquila, que dejó 300 víctimas cuya única acción fue existir en el lugar que alojó el epicentro de un terremoto de escala 6,3 un fatídico día de 2009.

Sí, está la acción humana de haber colocado una ciudad precisamente ahí, en una zona de presunta actividad sísmica. De nuevo, es una forma de sacudirse la inevitabilidad de las catástrofes naturales, porque si observamos un mapa del riesgo sísmico en Europa, veremos que los lugares con más riesgo son aquellos donde ya ha habido un evento y con consecuencias graves, tanto en pérdidas humanas como materiales. Es decir, no es un mapa del futuro —que es lo que sugiere la palabra riesgo— sino del pasado. Porque el futuro, en sismología, no existe.

En meteorología sí, pero apenas abarca unos pocos días. La AEMET bastante tiene con intentar acertar qué puede pasar en los próximos cinco o siete. Para saber qué puede ocurrir en los próximos años, está la ciencia del clima.

Otro de los grandes mentados esta última semana: «Ha sido el cambio climático», ya está, caso cerrado.

Nada más lejos de la realidad. Por un lado, todo apunta a que en el futuro habrá más ramblas —aunque hoy en día usamos el término como sinónimo de la avenida cementada, en realidad la rambla es el torrente causado por fuertes precipitaciones de carácter ocasional— y serán más intensas [PDF] de lo que habrían sido con un clima pre-industrial, es decir, sin esa aportación de CO2 de carácter antropogénico.

Pero por el otro lado, lo que ha sucedido en Valencia es un fenómeno puramente meteorológico —los ingleses las llaman flash floods o ephemeral streams— que la parte oriental de la Península Ibérica lleva padeciendo desde hace milenios. Supongamos que el cambio climático hubiera hecho que esta última gota fría sea más violenta en un determinado porcentaje (un 12% o 31% o 56%, pongan el que quieran) o ha alterado algún valor crítico, ¿significa eso que sin su contribución nos habríamos librado del todo? ¿Habría sido una DANA como la que azotó la Vega Baja de Murcia en 2019 dejando seis muertos? ¿O, de nuevo, un evento tan inusual como los de 1957 o 1982? Nadie tiene la respuesta a esto.

No obstante, el asunto del cambio climático en relación con lo que ha pasado en Valencia me interesa mucho por dos motivos que no son los obvios.

Primero, porque detecto un auge del escepticismo —no tanto negacionismo— en todo lo que tiene que ver con el clima, puramente alimentado por la guerra cultural. Llevo muchos años cubriendo estos asuntos y recuerdo perfectamente cuando el informe Stern y todas esas cosas, la gente creía tácitamente en el cambio climático o, al menos, se fiaba de lo que les dijeran. Hoy cada vez me encuentro a más gente que no es que nieguen el fenómeno, pero sí su trascendencia. Todo esto, de alguna forma, puede haber alimentado la relajación ante las señales de alerta. No tengo pruebas más allá de ese famoso tuit del físico de la AEMET Juan Jesús González Alemán que advirtió de la severidad del temporal y fue ridiculizado por —literalmente— cuatro indocumentados, pero es algo que flota en el ambiente. También es posible lo contrario, que sea más responsabilidad de los altavoces del mainstream después de muchos años de titulares alarmistas, avisando de que el Ártico iba a quedarse sin hielo marino. En cualquier caso, el sustrato existe, y se ha unido, más recientemente, a un recelo creciente contra la autoridad que emana de la ciencia.

El siniestro papel de las aseguradoras

Luego está el tema del dinero. Ahora mismo es imposible calcular cuántos miles de millones va a costar reconstruir todo lo que la DANA se ha llevado por delante en Valencia, Albacete, Cádiz, etcétera. Pero por supuesto, llegará un momento en que se sepa porque corresponderá a los peritos de las aseguradoras valorar los daños y pagar a través del Consorcio de Compensación de Seguros.

Como cada vez el cambio climático está más presente en este tipo de escenarios trágicos, mucha de la ciencia que se ha realizado en este ámbito la han hecho también las aseguradoras. Por ejemplo, la compañía alemana Munich Re tiene una base de datos de análisis y evaluación de pérdidas provocadas por desastres naturales desde 1980. No es por interés filantrópico, hacen negocio con esos datos.

Y como ellos tienen los datos, son la fuente detrás de muchos papers científicos que analizan la evolución del coste de los desastres a lo largo del tiempo.

No me ha sorprendido ver en este río revuelto a Bjørn Lomborg —un tipo con tanta labia como agenda oculta que suele asomar la cabeza en los medios justo antes de las cumbres del clima para soltar su mantra: el cambio climático existe, pero no es urgente combatirlo— asegurando que, pese a la tragedia en Valencia, las muertes y los costes asociados a las inundaciones en Europa estaban en declive desde hace un siglo. Sin embargo, la industria de las aseguradoras asegura que los precios de los seguros por desastres naturales van en aumento. Es un triángulo perverso, pero tampoco es evitable.

Gente cualquiera en una situación extraordinaria

Hace unas semanas estuve en La Palma, haciendo un reportaje sobre el tercer aniversario de la erupción del volcán Tajogaite. Los focos se habían apartado de allí hace tiempo, los periodistas ya solo nos acercamos en los aniversarios. Varias decenas de personas cuyas casas se perdieron bajo la lava seguían viviendo en una especie de contenedores de transporte marítimo o en cabañas de madera prefabricadas. No fue una solución de urgencia, de hecho, tuvieron que esperar un año para ser ubicados ahí.

Recuerdo también Nueva Orleans, cuatro o cinco años después del Katrina. Subí a un autobús turístico que iba por los barrios devastados por el huracán. Las casas seguían con las X y los códigos numéricos que les hicieron en la fachada con un spray, para indicar si ahí vivía alguien, si había cadáveres, etcétera.

Siempre me repito que no hay que ser demasiado cabrón con un político por no saber estar a la altura de un momento de crisis extraordinario. Muchas de las decisiones que tomarán solo pueden ser malas, pero además serán juzgados eternamente como lo hacemos con quienes gestionaron la pandemia en marzo de 2020, con los ojos del presente.

Lo importante en un político no es qué hace o dice en una crisis, sino qué pasa después. Y ahora mismo, observando los patrones de tragedias pasadas, me resulta imposible no pensar en que Valencia, dentro de tres o cuatro años, tendrá zonas a las que nadie volvió, donde el barro se hizo costra y luego silencio. Este dinero se acabará, los políticos se entretendrán con otra cosa y muchos valencianos nunca recuperarán su hogar ni su barrio. Ojalá me equivoque, pero no lo haré. Como en La Palma, hablamos de una catástrofe natural en un país donde Pedro Sánchez es el presidente y, por tanto, la agenda política se mueve bajo la brújula de lo efectista y lo cortoplacista. Es imposible hacer dos veces una sopa con los mismos ingredientes y que sepa diferente.

Es una lástima, porque realmente es la única parte de la historia cuyo curso podemos cambiar y hay elementos alentadores. Las olas de solidaridad suelen actuar como la sombra de un rascacielos, cuanto mayor es la altura del drama, más se proyecta esta respuesta. Pero no dejan de ser sombras, y cuando el sol cambia, se desvanecen.

Fallido o no, el estado es siempre un diplodocus lleno de achaques. Estas iniciativas ciudadanas serían los mamíferos, moviéndose rápido con cuatro bellotas encima y penetrando en los recovecos que más lo necesitan. No solo están dándole al dinosaurio un tiempo precioso para organizarse y entrar en escena, no solo están siendo la única fuente de agua potable, comida e higiene, sino la esperanza para miles de personas hundidas en el pozo del desarraigo. Si el país está en algún lado, es ahí.