¿Quiere un mejor periodismo en 2017? Pues aprenda a quejarse

Este pasado año me han braseado en redes sociales tanto como a cualquiera que se dedique a esto: que si vaya titular tendencioso, que si menuda foto has elegido, qué entradilla o pie de foto más lamentable, qué vas de graciosillo, aprende a escribir gañán, a esto lo llaman periodismo, qué opinará @pedroj_ramirez de esta «noticia» de @bajoelbillete, etcétera, etcétera.

Los periodistas vivimos una época privilegiada en cuanto a la interacción con los lectores, y viceversa, porque ya todos somos un poco ambas cosas: creadores y receptores de información. Sin embargo, la capacidad de poder quejarse de las noticias no siempre las hace mejores. De hecho, casi nunca las hace mejores.

Así que, para que este nuevo año sea un poco más fructífero, he venido a decirle, lector, cómo debe quejarse de las noticias. Y sé que esto le irrita mucho porque, por lo general, los lectores digitales somos unos niñatos malcriados, pero siga conmigo un poco más y quizá comience a apreciar esa agradable sensación casi olvidada: la presión de las correas de la disciplina sobre su cintura.

Escuche bien. Así es como tiene que criticarme, a mí y a otros compañeros periodistas, a partir de ahora. La industria se está desmoronando, pero vamos a tratar de comportarnos como adultos. Se acabaron las chiquilladas.

No olvide nunca en qué terreno nos movemos

Sabe tan bien como yo que los medios en internet vivimos de los clics. Usted no paga un céntimo por leernos y, a cambio, los jefes nos miden a fin de mes en función del tráfico que hemos conseguido. Ese es el acuerdo tácito que mantiene en pie el edificio.

Cuando escribimos una noticia, tenemos muchas cosas en cuenta, la primera de ellas es que sea informativamente relevante pero el impacto en visitas que pueda tener es un factor. Si es probable que usted no la lea, es probable que yo no la escriba.

Por supuesto, más de una vez se nos va de las manos y acabamos haciendo puro clickbait, un titular que promete mucho más de lo que ofrece, pero es la consecuencia lógica de este modelo fallido. 

Otra cosa que se suele ver a menudo es una derivada de lo anterior. Los medios digitales suelen publicar más de 50 noticias al día y tienen secciones dedicadas únicamente a generar mucho tráfico. Así que piense en todo esto antes de escoger la peor noticia que vea ese día en una web y tuitear escandalizado…

«NUEVO PERIODISMO»

No servirá de nada para mejorar la calidad de la prensa. Es más, cuando veo a alguien así pienso “si es un lector tan exigente, ¿por qué no está leyendo algo a su altura en Der Spiegel en lugar de andar hozando en la mierda?”

Lo que sus quejas dicen sobre usted

No crea que no he hecho los deberes pese a estar en periodo vacacional. Una vez aclarado lo anterior, hay que introducir una explicación.

Según leí en este artículo del Wall Street Journal sobre cómo quejarse de forma efectiva, los psicólogos distinguen entre dos tipos de quejas: expresivas e instrumentales. Aplicadas a las noticias, una queja expresiva sería tuitear “¡vaya mierda de reportaje te has escrito sobre las elecciones estadounidenses!” y una instrumental sería “¿no deberías incluir también el punto de vista de los votantes de Trump en este reportaje?” Más o menos.

Otra cosa que algunos estudios dicen es que hay gente que tiende más a quejarse de forma expresiva y otra, de forma instrumental. La forma de expresar las quejas, no sólo sobre las noticias, tiene que ver con la satisfacción y el bienestar que uno tiene en su vida.

En resumen, hay muchos factores detrás de una queja y no podemos controlarlos todos, pero hay una clave en la que deberíamos pensar antes de enviar una queja y es… ¿quiero cambiar las cosas y ayudar a que el periodismo sea cada vez mejor?

Si su respuesta es NO, puede cerrar esta pestaña. Si su respuesta es SÍ, aquí van unos consejos.

De qué y cómo podemos quejarnos

La figura del Ombudsman o defensor del lector es casi inexistente en el periodismo español, pero sepan una cosa, si existiera no podrían quejarse de lo que les diera la gana. O mejor dicho, sí podrían pero sólo unas cuantas quejas tienen el poder de modificar un artículo.

The Guardian, que tiene un defensor desde 1997, estipula el tipo de quejas que acepta. Las he adaptado, resumido o actualizado para elaborar una breve guía de apenas tres puntos.

En redes sociales, mencione siempre al autor de la pieza. Ni el community manager, ni el director del medio ni ninguno de los otros trabajadores o colaboradores tienen la autoridad, la capacidad o el interés de modificar una noticia errónea.

Que no esté de acuerdo no significa que esté mal. Buena parte de las críticas no son críticas a la propia pieza sino en desacuerdo a una declaración o al propio enfoque del artículo. Este tipo de quejas, que The Guardian califica como “triviales, hipotéticas, vejativas o insignificantes” suelen ser las primeras en ser descartadas, téngalo en cuenta.

Sobre qué cosas no se quejan nunca los lectores y deberían quejarse siempre. Cuando una frase o extracto sea impreciso, cuando una fuente es anonimizada sin aparente necesidad, cuando el periodista no ha ofrecido a alguien la posibilidad de responder de las acusaciones o cuando el periodista interfiere en el duelo o el dolor de una víctima.

Podrían añadirse otras, más específicas para temas espinosos como el periodismo de finanzas o judicial, pero me apartaría del objetivo de este post. Dejémoslo en tres puntos, todo sustancia, cero tontería. 

Memorícelos querido lector y prepárese para hacer un favor a los medios españoles en 2017 atorrando hasta la muerte a sus plumillas mileuristas favoritos.

Si ya sabes de dónde viene la palabra ‘amateur’

Si ha caído usted aquí, seguramente habrá leído ya el artículo Los amateurs acabaron con el periodismo, publicado por Marga Zambrana en Letras Libres. E incluso la réplica de Alberto Arce en Horizontal, No fueron los amateurs quienes terminaron con el periodismo.

En resumen, la guerra de Siria y otros conflictos actuales están siendo cubiertos por freelancers infrapagados -pero de buenas familias que pueden permitirse la aventura- que escriben desde un piso en Estambul o Beirut y tiran de las mismas fuentes de WhatsApp que otros tantos cientos de periodistas en todo el mundo. El debate está en si la culpa es de ellos o de los medios de comunicación que lo permiten. Aunque ya he dejado escrito antes por ahí que la práctica del periodismo se está volviendo decimonónica y, en efecto, reservada a los vástagos de la clase alta, no venía a hablar de eso.

El tema es que hay sitios que están cubriendo muy bien conflictos como el de Siria, ofreciendo información nueva casi a diario: noticias magras, asépticas y muy diferentes a las crónicas a las que estamos acostumbrados. Sitios que los periodistas “profesionales” (¡argh!) desdeñamos a menudo porque muestran con orgullo la credencial periodismo ciudadano.

Hablo en concreto de Bellingcat, donde además se definen como “periodistas ciudadanos de investigación”, una contradictio in terminis o eso pensaba yo. Han salido mucho en prensa anglosajona pero en España no he visto mucho escrito sobre ellos, fuera del blog Guerras Posmodernas de Jesús M. Pérez Triana y de este reportaje de Pablo Mediavilla publicado en Ahora.

Bellingcat fue fundado por Eliot Higgins en 2014. Cuando Higgins comenzó en 2012 a cubrir desde su blog -bajo el pseudónimo Brown Moses- la guerra siria, no era más que un administrativo de Leicester desempleado y con una hija. Como los freelancers pijos de Estambul, Higgins no hablaba una palabra de árabe, pero le apasionaban las armas y en eso se centró. A finales de 2013 el New Yorker le hizo un perfil en el que describía su típico día: daba de desayunar a su niña y luego miraba cuentas de Twitter relacionadas con la guerra. Un día vio denuncias de un posible ataque con armas químicas en la periferia de Damasco. Su siguiente parada fue YouTube, donde ya había docenas de vídeos subidos por los vecinos. Niños con convulsiones y echando espuma por la boca.

Así, recopilando material y preguntando en Facebook y Twitter, Brown Moses descubrió que Assad usaba armas químicas o bombas de racimo y que el Frente de Liberación Sirio se había hecho con munición antiaérea. Logró dar más exclusivas que nadie sobre una guerra imposible de cubrir de un modo tradicional: ha habido ya docenas de periodistas asesinados y muchos otros secuestrados, y las incursiones de la prensa al país se realizan de forma tutelada por los distintos bandos. Con Bellingcat, Higgins quiso llevar más allá el concepto Brown Moses, que ya no fuera él solo sino una red de personas las que investigaban, y ya no sólo expertos en Siria sino también en otros países o en temas como el accidente del avión MH17 en Ucrania o el escándalo del hacking telefónico en Reino Unido.

Confieso que el periodismo internacional de conflictos es de los que menos frecuento, pero si Bellingcat me interesa no es por la guerra en sí, sino por la forma en la que trabajan. En primer lugar, porque en un momento en el que los medios han renunciado a investigar porque dicen que es costoso y no pueden permitirse que los redactores salgan por el mundo, ellos han demostrado que se pueden investigar muchísimas cosas a coste cero desde un salón. ¿Por qué no hicimos eso nosotros primero? Y ahora que otros lo han hecho por nosotros, ¿por qué no les imitamos en lugar de quejarnos porque las cosas han cambiado?

A los periodistas nos encanta decir “ya no tenemos el monopolio de la verdad”, pero pocos de ellos lo creen realmente. Si lo creyéramos de verdad, desde una poderosa cabecera no se culparía al revisionismo tuitero cuando un bloguero o un medio menos conocido desmienten una información suya aportando pruebas. Tenemos muy enraizada la arrogancia.

Otras cosas que me encantan de Bellingcat y de las que los periodistas ejem, profesionales deberíamos aprender.

Costó lo que costó

Higgins hizo un crowdfunding en Kickstarter y logró levantar algo más de 50.000 libras (algo menos de 60.000 euros) de 1.700 personas para poner en marcha el proyecto. Así es, en un contexto en el que necesitas millones de usuarios únicos -o mejor dicho, globos oculares- pinchando en las noticias para que un medio online gratuito sea rentable, ellos fueron en la dirección opuesta: poca gente pagando algo para no depender de los odiosos banners. Lo más interesante de esto es que, prácticamente la mitad de los donantes del crowdfunding pusieron el precio mínimo: entre 5 y 15 libras.

Funcionan con fuentes abiertas

A partir de fotos, vídeos de YouTube, tuits o publicaciones en Facebook, en Bellingcat emplean herramientas de verificación para tratar de saber si un vídeo o foto se tomó realmente en Raqqa y en esa fecha, o analizan los metadatos de un tuitero que afirma estar en Alepo para corroborar si lo está realmente. En algunos sitios aún lo llaman, jocosamente, periodismo de salón, o de Google.

Por ejemplo, la semana pasada siguieron el rastro de Anis Amri, el terrorista que mató a 12 personas e hirió a 49 en Berlín y posteriormente fue abatido en Milán, a través de sus redes sociales: encontraron por dónde se movió en los últimos meses, dónde estaba en las fotos que colgó, otros perfiles suyos de Facebook que descubrieron gracias a sus familiares, contactos suyos relacionados con el yihadismo, etc.

El open source tiene otra cosa que los periodistas, habitualmente, solemos mirar por encima del hombro, y es su falsabilidad. Todos los datos que usan en Bellingcat para dar sus noticias están en internet y son fácilmente accesibles por un administrativo en paro, tan sólo hace falta aplicar a ellos mucho tiempo y conocimiento, es decir, trabajo.

Son falsables, y por tanto, creíbles

Que los lectores sepan de dónde viene esa información es, en un momento como éste, clave. La tradición aún es que las grandes exclusivas periodísticas están en las cloacas, y hay que hacer algo sucio para salir de allí con la portada de mañana. Los lectores desconfían, y más después de trabajos sensacionales como V, Las cloacas del estado de Álvaro de Cózar, un serial donde de las alcantarillas surgen nombres de periodistas muy conocidos, que resultan estar de mierda hasta el cuello pero a día de hoy siguen escribiendo en los periódicos y apareciendo en la televisión como si tal cosa, fingiéndose inmaculados. Con Bellingcat nadie se pregunta de dónde sale esta información o quién se la habrá pasado o con qué intereses, sino que el espectador directamente arquea las cejas y se sorprende de que eso estuviera ahí, a la vista de todos y a falta de que un frikazo se pasara varias horas de su vida haciendo pantallazos a misiles en vídeos de YouTube y comparándolos con otras armas en una web de balística rusa.

Sobre este tipo de cosas se construye la credibilidad que muchos medios, con sus informes confidenciales y sus “siempre según fuentes cercanas” ya han perdido.

Volviendo al principio, este siempre va a ser un oficio de amateurs, afortunadamente. Es más, es la gente que viene de otros sectores -como el empresarial o el tecnológico- la que insufla a veces un poco de aire a este compartimento estanco. También siempre, supongo, habrá alguien dentro de la industria que diga “ese no es periodista” o “eso no es periodismo”.

Soy un coñazo y me repito, pero ya les conté un día cuando yo empecé, de estudiante, haciendo crónicas de partidos de regional para el ABC de Córdoba por 30€ al mes. No llegaba ni a la categoría de aficionado y sin embargo, el chico que estaba haciendo lo mismo para el Diario Córdoba, algo mayor, más veterano y que tampoco se dedicaba profesionalmente a ser cronista, me mostró el primer día cómo ir recoger las alineaciones en el bar del estadio, donde el árbitro dejaba una copia escrita en una cuartilla.

Por este tipo de cosas, Antonio, no puedes reprochar nunca a nadie, por amateur que sea, que trate de meterse en este oficio decadente. En primer lugar porque no tienes autoridad moral, ya que tú mismo lo hiciste, en segundo porque puede enseñarte cosas que en esta casa ya no se aprenden, y en tercer lugar, porque oye, podría acabar dándote trabajo.

Los recortes como fatiga del lenguaje

El otro día leí una interesante entrevista de Esther Palomera a Eduardo Madina en la que algo me llamó la atención. En un momento dado le preguntaba por la abstención del PSOE a la investidura de Rajoy o, más concretamente, cómo podían ellos permitir que siguiera gobernando “el partido de los recortes”.

En ese momento, en mi cabeza, no sé si se me encendió una bombilla o se me apagó un plomo. Para averiguarlo he escrito este post.

En muchos casos, los periodistas analizamos la gestión del Gobierno y otros aspectos de la realidad como si La Crisis® nunca hubiera existido. De alguna forma, hemos creado ese marco mental -o alguien lo ha creado para nosotros- de que el Gobierno ha recortado porque sí, porque está en su ideario retrógrado y no tanto porque la UE nos lo exigiera a cambio del rescate. Zapatero empezó a aplicarlos en lo que entonces se llamó “el mayor recorte social de la historia” y luego Rajoy continuó. Si el PSOE hubiese ganado en 2011, habría tenido que hacerlos igual.

Claro, hay gente que opina que podríamos haber salido de la crisis de otra forma, sin recortar nada, aplicando medidas de contención del fraude fiscal, fusionando las diputaciones y otras ideas del estilo. Aún hay mucha gente que lo piensa, pero menos que cuando Alexis Tsipras también lo pensaba. En cualquier caso, esto no va sobre economía sino sobre precisión.

En fin, en uno u otro momento, todos hemos comprado un poco esa noción de los recortes del PP. Con un “no a los recortes” en cualquier cosa: ciencia, educación, sanidad o cultura siempre pareces sensible a las necesidades de los ciudadanos.  Porque la alternativa sería mojarse.

Se escucha a menudo: “Si queremos ser un país moderno y competitivo, no podemos recortar en investigación”.

Y estoy de acuerdo, pero a eso casi nadie responde “vale, pero tenemos que ahorrar igualmente miles de millones de euros por imperativo comunitario, ¿de dónde los quitamos?”, porque ello equivaldría a tener que pensarlo, reflexionarlo y quizá decir “de defensa”, que es mojarse poco porque la primera opción siempre es defensa, ¿pero y si sigue faltando pasta? ¿Congelaría usted las pensiones para mantener la I+D? ¿Frenaría la reposición de funcionarios en otras áreas para incrementar el presupuesto en ciencia, sanidad o educación?

Bueno, o cualquier otra partida que a alguien siempre le parecerá intocable.

Así llevamos varios años, no queremos recortes y si recortas en algo me enfado y no respiro.

Por ejemplo, dos recientes: Ciudadanos se niega a recurrir a los recortes para cumplir con Bruselas. O Batet: “Dijimos ‘no’ a Rajoy, a la corrupción, a los recortes y a la falta de diálogo con Cataluña”. De Podemos, ERC y otros hay unos cuantos más en la hemeroteca.

No me malinterpreten y piensen -no sé si puedo evitarlo ya a estas alturas- que soy un facha que con este post solamente pretende exonerar al PP. Simplemente me gustaría no contribuir más, en la medida de lo posible, al escenario actual, por el cual los periodistas y los políticos jugamos en un tablero sin reglas con piezas imaginarias y sólo gana la partida quien saca la pieza más loca y desproporcionada. ¿Es eso lo que llamamos populismo? Yo al menos sí. ¿Entonces los medios estaríamos contribuyendo a hinchar ese populismo que, en otros ámbitos, tanto despreciamos? Porque cuando la respuesta de un político es que si no hubiéramos hecho recortes habríamos creado millones de empleos por lo cual en España no tendríamos apenas paro y no harían falta recortes, cómo habrá sido la pregunta previa del entrevistador.

Los recortes son ya una tautología como las del discurso amoroso de Roland Barthes: “Te adoro porque eres adorable”. O en otras palabras, también suyas, una fatiga del lenguaje.

En fin, independientemente de los recortes, el Gobierno ha hecho deméritos en estos cuatro años para no votarles. Por ejemplo, el asunto de la policía política de Fernández Díaz, la no gestión del problema con el Fondo de Reserva de la Seguridad Social o -algo que como ciudadano me enerva personalmente- haber extendido sus redes de influencia mucho más allá del poder legislativo para entrar a fondo en RTVE, el CGPJ o incluso el Consejo de Seguridad Nuclear, organismos que por el bien del país deberían gozar de independencia en sus decisiones. Es una forma de corrupción que, por desgracia, casi nadie considera corrupción pero que es más consciente e ideológica que los recortes que, mejor o peor, pero por cojones, han tenido que llevar a cabo.

Decir no a los recortes, que van a tener que hacer igualmente y que cualquier otro partido tendría que hacer, es infructuoso. Ahora comienza, tras meses de incertidumbre, una nueva legislatura con la amenaza latente de que habrá que recortar otra vez, para empezar, 5.500 millones. Sería un buen momento para que los medios afrontásemos las críticas y exigencias al gobierno de una forma más seria, no juzgándoles sólo por recortar, en abstracto, sino por las decisiones concretas que han tomado o pretenden tomar. Sé que muchos compañeros lo han hecho siempre así, pero no me negarán que la coletilla del “partido de los recortes” está muy generalizada.

Creo, sinceramente, que siendo más rigurosos con esto pondríamos al Gobierno en mayores apuros de los que han tenido hasta el momento. Porque ellos, como nosotros y como la oposición, tendrían que mojarse. No a los recortes, bien, pero a cuáles, y a cuáles recortes sí. O en otras palabras:

He de decir, a veces me llevo alguna sorpresa. El otro día escuché en un debate de La Sexta a un socialista llamado Ignacio Urquizu y dijo algo que me pareció esperanzador. Habló de que había otra forma de gobernar, cambiando cosas en áreas donde Bruselas no tenía exigencias puestas, como diciendo que va a haber cosas innegociables y dolorosas que tendremos que asumir sí o sí, pero en otras áreas se pueden hacer muchas cosas de forma distinta.

Fue un jarro de agua fría muy refrescante después de tanto tiempo cociéndonos al vapor de la golosina verbal.

La bromita del Nobel de Literatura ha durado suficiente

He leído a varios escritores que están en desacuerdo con el Nobel de Literatura a Bob Dylan. Quizá es porque han enfocado el debate de manera que pudieran ganarlo.

Tal y como solemos hacer los periodistas con la Libertad de Prensa o los caricaturistas con los Límites del Humor, la manada de escritores huye sedienta hacia el claro donde les gusta abrevar, el de Qué Es Literatura.

Ahí se sienten seguros porque, cuanto más se prolonga el debate, se hace más fuerte la posibilidad del KO. Pero si creen que pueden llevarse a ese abrevadero discursivo el Nobel de Literatura a Bob Dylan, tendrán que soportar que alguien pueda acercarse, orinar en él y amargarles un poco el trago.

No hace falta sobreactuar ante los méritos literarios del cantante y decir que la letra de One More Cup Of Coffee vale tanto como un poema de Derek Walcott, o al contrario. Es absurdo y sólo sirve -como han visto aquí mismo hace una línea- para exacerbar el lucimiento del abajofirmante, su debilidad por el name dropping, y en definitiva, para hablar más de uno mismo que de Bob Dylan.

También hay gente que ha dicho que el primer Nobel cantante no fue Dylan, sino Isaac Bashevis Singer. Un chiste excelentemente apropiado, pero basta de circunloquios: Dylan es un compositor e intérprete de canciones, no hace falta disfrazarlo de nada más para reconocer sus méritos.

El asunto no es si lo de Dylan es Literatura (qué artificioso también esto de escribirlo siempre en mayúsculas, porque cuando Dylan hace música nadie dice Música) sino si el Nobel de Literatura ya no premia sólo a escritores sino también a otros artistas. Quizá, queridos lectores, haya que considerarlo ya de facto como un Nobel de las Artes, aunque por tradición se siga llamando de la misma forma como Alfred Nobel lo bautizó en 1901.

Llevan casi un siglo de retraso

Les recomiendo leer un reportaje de Fermín Grodira en El Confidencial sobre el Nobel de Medicina, que desde hace tiempo no ganan apenas médicos sino investigadores básicos cuyos descubrimientos acaban convirtiéndose, años y millones de dólares después, en por ejemplo, un nuevo tratamiento farmacológico contra el cáncer.

Ese es el quid de la cuestión. Los Nobel de ciencia llevan toda la vida mutando, bajo las mismas tres denominaciones (Medicina, Física, Química) porque de lo contrario no podrían reconocer la excelencia de la investigación en nuevos campos como la biología celular o la nanotecnología. Y al de Literatura ya le ha llegado la hora. Hay quien ha hecho chistes al respecto pronosticando en el futuro un Nobel para cineastas o coreógrafos. Como dicen los angloparlantes, now the joke is on you.

Los Nobel de Literatura, es cierto, han ayudado a establecer un canon literario. De alguna forma, fotografiaban el estado de la Historia de la Literatura, sí, y como se ha repetido hasta la saciedad, dejaron escapar a Jorge Luis Borges, pero piénselo, también a Alfred Hitchcock, a Tetsuji Takechi o a Igor Stravinski, que en el siglo XX hicieron algo parecido a lo que hizo el argentino pero con el cine, el teatro Kabuki o la música clásica. Individuos, en definitiva, que han trascendido lo individual para influenciar el transcurso de su disciplina artística.

Si los Nobel de ciencia no hubieran asumido el cambio que el Nobel de Literatura parece haber asumido al fin, el zoólogo James Watson y el neurocientífico Francis Crick nunca habrían ganado el Nobel de Medicina por descubrir la estructura del ADN. Probablemente también Rosalind Franklin, que era química y cristalógrafa de rayos X, debería haber ganado el Nobel de Medicina con ellos.

En resumen. En 2016 un biólogo molecular puede ganar el Nobel de Medicina, un matemático puede ganar el Nobel de Física… ¿pero un cantante no puede ganar el de Literatura? Tócate la armónica.

¿Cuánto costarían estas 500 palabras si se publicaran en…?

Una vez fui a uno de estos viajes de prensa, invitado a Milán por una empresa china de electrónica. En el hotel me encontré con otro periodista freelance español y, hablando de todo un poco, resultaba que ambos habíamos escrito para la misma publicación en el pasado.

“Lo único malo es lo poco que pagan, 75 euros por artículo, y luego quítale el IRPF, se te queda en nada”, me dijo.

Levanté las cejas y asentí mientras pensaba “qué cabrón, a mí me pagan 60”.

Las tarifas son uno de los secretos mejor guardados en esta profesión, tanto como las nóminas. En Estados Unidos y prácticamente en cualquier lugar pasa lo mismo, así que un día, una periodista y editora llamada Manjula Martin montó una página llamada Who Pays Writers, Quién Paga a los Escritores. Allí, estos profesionales pueden informar de forma anónima cuánto paga un determinado medio, qué exige o cuánto tiempo les lleva cobrar el trabajo.

Bien, con esos datos -y unas cuantas horas construyendo un Excel- vamos a calcular cuánto podría costar este artículo de 500 palabras, impuestos no incluidos. Vale, es muy difícil que un mismo periodista pueda aspirar a escribir en Science, The New York Times y la revista Marie Claire, pero hemos venido a jugar.

El artículo que están leyendo es básicamente introducción, metodología y sorpresa.

En primer lugar, escogí 62 publicaciones que me resultaron interesantes. Algunas son la versión web de cabeceras clásicas y otras son nativos digitales, más recientes pero que están haciendo ruido.

No existe una tarifa estándar porque, en primer lugar, no todos los artículos son igual de extensos o requieren el mismo trabajo, y en segundo, porque algunos periodistas tienen más caché o ya conocían de antes al editor y pudieron negociar un precio mejor. Dada esta probable discrepancia, de aquellas publicaciones iniciales eliminé las que tenían un solo informe. Cuantos más informes tuviera una publicación, mayor sería la veracidad del testimonio.

Me quedaron 50. Decidí quitar también las entradas con dos informes. En algunos sitios alguien decía cobrar 1,20 por palabra y otro una décima parte de eso. Demasiada incertidumbre.

Mi plan inicial era multiplicar las tarifas por el número de palabras de este post, convertir las cantidades a euros, y luego ordenarlas de mayor a menor. Finalmente, decidí incluir también el número de informes o grado de credibilidad y usar mejor este criterio de orden.

También he recogido datos sobre el tiempo que tardan las publicaciones en abonar el artículo, un factor nada desdeñable cuando tienes que pagar el alquiler. Lo he representado con bolitas -nota biográfica- en homenaje a Raúl Díaz Poblete y su visualización para Medicamentalia, que nos valió medio premio García Márquez. El otro medio es de Eva Belmonte, pero, como dice la canción, uno más uno son siete.

Por último, he recabado datos acerca de la dificultad de los encargos: si basta con escribir cuatro párrafos de refrito o requiere investigar algo. Quizá sea demasiado aleatorio, aunque seguro que hay algún interesado.

Quinientas.