Los recortes como fatiga del lenguaje

El otro día leí una interesante entrevista de Esther Palomera a Eduardo Madina en la que algo me llamó la atención. En un momento dado le preguntaba por la abstención del PSOE a la investidura de Rajoy o, más concretamente, cómo podían ellos permitir que siguiera gobernando “el partido de los recortes”.

En ese momento, en mi cabeza, no sé si se me encendió una bombilla o se me apagó un plomo. Para averiguarlo he escrito este post.

En muchos casos, los periodistas analizamos la gestión del Gobierno y otros aspectos de la realidad como si La Crisis® nunca hubiera existido. De alguna forma, hemos creado ese marco mental -o alguien lo ha creado para nosotros- de que el Gobierno ha recortado porque sí, porque está en su ideario retrógrado y no tanto porque la UE nos lo exigiera a cambio del rescate. Zapatero empezó a aplicarlos en lo que entonces se llamó “el mayor recorte social de la historia” y luego Rajoy continuó. Si el PSOE hubiese ganado en 2011, habría tenido que hacerlos igual.

Claro, hay gente que opina que podríamos haber salido de la crisis de otra forma, sin recortar nada, aplicando medidas de contención del fraude fiscal, fusionando las diputaciones y otras ideas del estilo. Aún hay mucha gente que lo piensa, pero menos que cuando Alexis Tsipras también lo pensaba. En cualquier caso, esto no va sobre economía sino sobre precisión.

En fin, en uno u otro momento, todos hemos comprado un poco esa noción de los recortes del PP. Con un “no a los recortes” en cualquier cosa: ciencia, educación, sanidad o cultura siempre pareces sensible a las necesidades de los ciudadanos.  Porque la alternativa sería mojarse.

Se escucha a menudo: “Si queremos ser un país moderno y competitivo, no podemos recortar en investigación”.

Y estoy de acuerdo, pero a eso casi nadie responde “vale, pero tenemos que ahorrar igualmente miles de millones de euros por imperativo comunitario, ¿de dónde los quitamos?”, porque ello equivaldría a tener que pensarlo, reflexionarlo y quizá decir “de defensa”, que es mojarse poco porque la primera opción siempre es defensa, ¿pero y si sigue faltando pasta? ¿Congelaría usted las pensiones para mantener la I+D? ¿Frenaría la reposición de funcionarios en otras áreas para incrementar el presupuesto en ciencia, sanidad o educación?

Bueno, o cualquier otra partida que a alguien siempre le parecerá intocable.

Así llevamos varios años, no queremos recortes y si recortas en algo me enfado y no respiro.

Por ejemplo, dos recientes: Ciudadanos se niega a recurrir a los recortes para cumplir con Bruselas. O Batet: “Dijimos ‘no’ a Rajoy, a la corrupción, a los recortes y a la falta de diálogo con Cataluña”. De Podemos, ERC y otros hay unos cuantos más en la hemeroteca.

No me malinterpreten y piensen -no sé si puedo evitarlo ya a estas alturas- que soy un facha que con este post solamente pretende exonerar al PP. Simplemente me gustaría no contribuir más, en la medida de lo posible, al escenario actual, por el cual los periodistas y los políticos jugamos en un tablero sin reglas con piezas imaginarias y sólo gana la partida quien saca la pieza más loca y desproporcionada. ¿Es eso lo que llamamos populismo? Yo al menos sí. ¿Entonces los medios estaríamos contribuyendo a hinchar ese populismo que, en otros ámbitos, tanto despreciamos? Porque cuando la respuesta de un político es que si no hubiéramos hecho recortes habríamos creado millones de empleos por lo cual en España no tendríamos apenas paro y no harían falta recortes, cómo habrá sido la pregunta previa del entrevistador.

Los recortes son ya una tautología como las del discurso amoroso de Roland Barthes: “Te adoro porque eres adorable”. O en otras palabras, también suyas, una fatiga del lenguaje.

En fin, independientemente de los recortes, el Gobierno ha hecho deméritos en estos cuatro años para no votarles. Por ejemplo, el asunto de la policía política de Fernández Díaz, la no gestión del problema con el Fondo de Reserva de la Seguridad Social o -algo que como ciudadano me enerva personalmente- haber extendido sus redes de influencia mucho más allá del poder legislativo para entrar a fondo en RTVE, el CGPJ o incluso el Consejo de Seguridad Nuclear, organismos que por el bien del país deberían gozar de independencia en sus decisiones. Es una forma de corrupción que, por desgracia, casi nadie considera corrupción pero que es más consciente e ideológica que los recortes que, mejor o peor, pero por cojones, han tenido que llevar a cabo.

Decir no a los recortes, que van a tener que hacer igualmente y que cualquier otro partido tendría que hacer, es infructuoso. Ahora comienza, tras meses de incertidumbre, una nueva legislatura con la amenaza latente de que habrá que recortar otra vez, para empezar, 5.500 millones. Sería un buen momento para que los medios afrontásemos las críticas y exigencias al gobierno de una forma más seria, no juzgándoles sólo por recortar, en abstracto, sino por las decisiones concretas que han tomado o pretenden tomar. Sé que muchos compañeros lo han hecho siempre así, pero no me negarán que la coletilla del “partido de los recortes” está muy generalizada.

Creo, sinceramente, que siendo más rigurosos con esto pondríamos al Gobierno en mayores apuros de los que han tenido hasta el momento. Porque ellos, como nosotros y como la oposición, tendrían que mojarse. No a los recortes, bien, pero a cuáles, y a cuáles recortes sí. O en otras palabras:

He de decir, a veces me llevo alguna sorpresa. El otro día escuché en un debate de La Sexta a un socialista llamado Ignacio Urquizu y dijo algo que me pareció esperanzador. Habló de que había otra forma de gobernar, cambiando cosas en áreas donde Bruselas no tenía exigencias puestas, como diciendo que va a haber cosas innegociables y dolorosas que tendremos que asumir sí o sí, pero en otras áreas se pueden hacer muchas cosas de forma distinta.

Fue un jarro de agua fría muy refrescante después de tanto tiempo cociéndonos al vapor de la golosina verbal.

La bromita del Nobel de Literatura ha durado suficiente

He leído a varios escritores que están en desacuerdo con el Nobel de Literatura a Bob Dylan. Quizá es porque han enfocado el debate de manera que pudieran ganarlo.

Tal y como solemos hacer los periodistas con la Libertad de Prensa o los caricaturistas con los Límites del Humor, la manada de escritores huye sedienta hacia el claro donde les gusta abrevar, el de Qué Es Literatura.

Ahí se sienten seguros porque, cuanto más se prolonga el debate, se hace más fuerte la posibilidad del KO. Pero si creen que pueden llevarse a ese abrevadero discursivo el Nobel de Literatura a Bob Dylan, tendrán que soportar que alguien pueda acercarse, orinar en él y amargarles un poco el trago.

No hace falta sobreactuar ante los méritos literarios del cantante y decir que la letra de One More Cup Of Coffee vale tanto como un poema de Derek Walcott, o al contrario. Es absurdo y sólo sirve -como han visto aquí mismo hace una línea- para exacerbar el lucimiento del abajofirmante, su debilidad por el name dropping, y en definitiva, para hablar más de uno mismo que de Bob Dylan.

También hay gente que ha dicho que el primer Nobel cantante no fue Dylan, sino Isaac Bashevis Singer. Un chiste excelentemente apropiado, pero basta de circunloquios: Dylan es un compositor e intérprete de canciones, no hace falta disfrazarlo de nada más para reconocer sus méritos.

El asunto no es si lo de Dylan es Literatura (qué artificioso también esto de escribirlo siempre en mayúsculas, porque cuando Dylan hace música nadie dice Música) sino si el Nobel de Literatura ya no premia sólo a escritores sino también a otros artistas. Quizá, queridos lectores, haya que considerarlo ya de facto como un Nobel de las Artes, aunque por tradición se siga llamando de la misma forma como Alfred Nobel lo bautizó en 1901.

Llevan casi un siglo de retraso

Les recomiendo leer un reportaje de Fermín Grodira en El Confidencial sobre el Nobel de Medicina, que desde hace tiempo no ganan apenas médicos sino investigadores básicos cuyos descubrimientos acaban convirtiéndose, años y millones de dólares después, en por ejemplo, un nuevo tratamiento farmacológico contra el cáncer.

Ese es el quid de la cuestión. Los Nobel de ciencia llevan toda la vida mutando, bajo las mismas tres denominaciones (Medicina, Física, Química) porque de lo contrario no podrían reconocer la excelencia de la investigación en nuevos campos como la biología celular o la nanotecnología. Y al de Literatura ya le ha llegado la hora. Hay quien ha hecho chistes al respecto pronosticando en el futuro un Nobel para cineastas o coreógrafos. Como dicen los angloparlantes, now the joke is on you.

Los Nobel de Literatura, es cierto, han ayudado a establecer un canon literario. De alguna forma, fotografiaban el estado de la Historia de la Literatura, sí, y como se ha repetido hasta la saciedad, dejaron escapar a Jorge Luis Borges, pero piénselo, también a Alfred Hitchcock, a Tetsuji Takechi o a Igor Stravinski, que en el siglo XX hicieron algo parecido a lo que hizo el argentino pero con el cine, el teatro Kabuki o la música clásica. Individuos, en definitiva, que han trascendido lo individual para influenciar el transcurso de su disciplina artística.

Si los Nobel de ciencia no hubieran asumido el cambio que el Nobel de Literatura parece haber asumido al fin, el zoólogo James Watson y el neurocientífico Francis Crick nunca habrían ganado el Nobel de Medicina por descubrir la estructura del ADN. Probablemente también Rosalind Franklin, que era química y cristalógrafa de rayos X, debería haber ganado el Nobel de Medicina con ellos.

En resumen. En 2016 un biólogo molecular puede ganar el Nobel de Medicina, un matemático puede ganar el Nobel de Física… ¿pero un cantante no puede ganar el de Literatura? Tócate la armónica.

¿Cuánto costarían estas 500 palabras si se publicaran en…?

Una vez fui a uno de estos viajes de prensa, invitado a Milán por una empresa china de electrónica. En el hotel me encontré con otro periodista freelance español y, hablando de todo un poco, resultaba que ambos habíamos escrito para la misma publicación en el pasado.

“Lo único malo es lo poco que pagan, 75 euros por artículo, y luego quítale el IRPF, se te queda en nada”, me dijo.

Levanté las cejas y asentí mientras pensaba “qué cabrón, a mí me pagan 60”.

Las tarifas son uno de los secretos mejor guardados en esta profesión, tanto como las nóminas. En Estados Unidos y prácticamente en cualquier lugar pasa lo mismo, así que un día, una periodista y editora llamada Manjula Martin montó una página llamada Who Pays Writers, Quién Paga a los Escritores. Allí, estos profesionales pueden informar de forma anónima cuánto paga un determinado medio, qué exige o cuánto tiempo les lleva cobrar el trabajo.

Bien, con esos datos -y unas cuantas horas construyendo un Excel- vamos a calcular cuánto podría costar este artículo de 500 palabras, impuestos no incluidos. Vale, es muy difícil que un mismo periodista pueda aspirar a escribir en Science, The New York Times y la revista Marie Claire, pero hemos venido a jugar.

El artículo que están leyendo es básicamente introducción, metodología y sorpresa.

En primer lugar, escogí 62 publicaciones que me resultaron interesantes. Algunas son la versión web de cabeceras clásicas y otras son nativos digitales, más recientes pero que están haciendo ruido.

No existe una tarifa estándar porque, en primer lugar, no todos los artículos son igual de extensos o requieren el mismo trabajo, y en segundo, porque algunos periodistas tienen más caché o ya conocían de antes al editor y pudieron negociar un precio mejor. Dada esta probable discrepancia, de aquellas publicaciones iniciales eliminé las que tenían un solo informe. Cuantos más informes tuviera una publicación, mayor sería la veracidad del testimonio.

Me quedaron 50. Decidí quitar también las entradas con dos informes. En algunos sitios alguien decía cobrar 1,20 por palabra y otro una décima parte de eso. Demasiada incertidumbre.

Mi plan inicial era multiplicar las tarifas por el número de palabras de este post, convertir las cantidades a euros, y luego ordenarlas de mayor a menor. Finalmente, decidí incluir también el número de informes o grado de credibilidad y usar mejor este criterio de orden.

También he recogido datos sobre el tiempo que tardan las publicaciones en abonar el artículo, un factor nada desdeñable cuando tienes que pagar el alquiler. Lo he representado con bolitas -nota biográfica- en homenaje a Raúl Díaz Poblete y su visualización para Medicamentalia, que nos valió medio premio García Márquez. El otro medio es de Eva Belmonte, pero, como dice la canción, uno más uno son siete.

Por último, he recabado datos acerca de la dificultad de los encargos: si basta con escribir cuatro párrafos de refrito o requiere investigar algo. Quizá sea demasiado aleatorio, aunque seguro que hay algún interesado.

Quinientas.

Réplicas del seísmo

Tras el terremoto que sacudió la ciudad medieval de L’ Aquila en abril de 2009, siete hombres de ciencia italianos fueron imputados y condenados por homicidio involuntario. Su crimen fue minimizar la posibilidad de un evento sísmico que finalmente ocurrió, mató a 300 personas, hirió a 1.500 y dejó sin casa a más de 50.000 habitantes de esta región del Abruzzo. Uno no puede dejar de aplicar a esta historia el filtro de la fábula de Pedro y el lobo. Es fascinante cómo un relato puede determinar nuestra forma de ver las cosas, eso a lo que llaman moral.

Ahora el lobo ha vuelto, pero los pastores ya no tenían incentivo alguno para advertir a los vecinos.

Otro Galileo

El 24 de agosto de 2016 a las 4:16 de la mañana, 40 minutos después del terremoto de Amatrice, Giampaolo Giuliani compartió la noticia en su Facebook.

Hace siete años, este hombre apareció en medios de comunicación de todo el mundo como el hombre que predijo el terremoto de L’ Aquila pero al que la ciencia oficial nunca escuchó. Entonces, las únicas credenciales de Giuliani eran las de collaboratore tecnico non laureato, un asistente de investigación, en un centro adscrito al Laboratorio Nacional del Gran Sasso.

En el año 2000, mientras trabajaba en un experimento relacionado con la detección de neutrinos, Giuliani detectó un aumento en las emisiones subterráneas de gas radón que coincidió con un seismo en Turquía, a unos 1.200 kilómetros de allí. La idea no es original, ya que los científicos ya habían empezado a tantear las relaciones entre los terremotos y el radón en los años setenta, sin mucho éxito. El problema es que esas emisiones suben y bajan constantemente, a veces predicen un temblor y a veces no. Sin embargo, Giuliani y otros compañeros no cayeron en el desaliento y diseñaron cinco detectores de radón para monitorizar el área que rodeaba a la cordillera del Gran Sasso.

En 2009, y armado con su método, Giuliani visitó a finales de marzo al alcalde de Sulmona, una ciudad de 25.000 habitantes a 55 kilómetros de L’ Aquila, para advertirle de un terremoto catastrófico que tendría lugar entre 6 y 24 horas después. Durante todo el mes anterior, se habían producido en la zona pequeños seísmos. El alcalde hizo sonar la voz de alarma y furgonetas con altavoces recorrieron las calles pidiendo a los vecinos que abandonaran la ciudad. Sin embargo, el terremoto nunca llegó y Giuliani fue defenestrado por las autoridades políticas y científicas.

Pocos días más tarde la tierra tembló en L’ Aquila y Giuliani no tardó en asomar la cabeza, blandiendo predicciones hechas con su método -que alertaban de un evento superior a magnitud cuatro- y exigiendo una disculpa a los científicos que le habían desacreditado. Sus versiones de lo que sucedió en aquellos días resultan contradictorias, pero para mucha gente Giuliani pasó a ser un nuevo Galileo, porque como ya sabemos, el público ama al heterodoxo que grita “¡el emperador va desnudo!”

Sus predicciones contribuyeron a abonar el terreno para la condena a los siete científicos del comité de grandes riesgos. En concreto, Giuliani centró sus iras en Enzo Boschi, presidente del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología y uno de los sismólogos posteriormente imputados.

Warner Marzocchi, investigador en el centro dirigido por Boschi, examinó tanto la patente del sistema de medición de radón presentada por Giuliani como su descripción del desarrollo del método y concluyó: “Es muy difícil encontrar algo bueno en su trabajo”. Uno de los problemas es que los registros de radón eran demasiado cortos, y contenían demasiados picos. Algunos estaban asociados a terremotos pero no guardaban correlación alguna entre ellos. “Estos gráficos son inaceptables desde un punto de vista científico”, declaró Marzocchi a Science.

Tras el terremoto de Amatrice, Giuliani volvió a asomar la cabeza publicando uno de sus gráficos, que mostraba un aumento en las emisiones de radón registrado por dos de sus medidores, llamados Coppito y Fagnano. Junto al material, Giuliani dejaba el siguiente mensaje: “Publico estos gráficos a beneficio de aquellos que sepan leerlos. Dudo que los imbéciles puedan jamás comprenderlos”.

giampaolo-giuliani

Gráfico elaborado por Giuliani que muestra los registros de radón de los detectores entre el 20 y el 23 de agosto.

En uno de los comentarios, una mujer llamada Mara Bordini le decía: “Soy una de las imbéciles que no puede leer estos gráficos, pero creo instintivamente en tu método. Me gustaría que nos lo explicaras. Si es posible. Gracias”.

La desgraciada comisión

Nápoles acoge entre el 7 el 9 de septiembre el 88º Congresso della Società Geologica Italiana. Fatídicamente premonitoria, la mesa redonda se titula “El hombre frente a los fenómenos naturales: entre el estudio de las causas y la gestión de las consecuencias”. Entre los participantes está Sergio Bertolucci, presidente de la Comisión Nacional para la Previsión y la Prevención de Grandes Riesgos, formada por un grupo de científicos que son convocados tras un desastre natural para asesorar al presidente de la república.

Bertolucci no es un experto en terremotos sino un físico de partículas muy reconocido. De hecho es actualmente el Director de Investigación y Computación Científica del CERN. Su antecesor en el puesto, Luciano Maiani, además de predecir la existencia del quark encantado, ocupó el cargo de Director General, el de máxima responsabilidad en el CERN, entre 1999 y 2003.

Existe más relación de lo que parece entre la física teórica y los terremotos. Algún estudio ha tratado incluso de analizar el fracaso estrepitoso de esta disciplina al tratar de explicar o precedir la existencia de seísmos .

antonio-zicchini

Antonio Zichichi, con gafas en el medio de la imagen, explicando el diseño del futuro laboratorio Gran Sasso.

El Laboratorio Nacional del Gran Sasso está cerca de L’ Aquila, a 10 kilómetros del epicentro del seísmo de 2009 y lo más importante, a 730 kilómetros del CERN. Desde la sede del Gran Colisionador de Hadrones se envían haces subterráneos de protones a Gran Sasso. La profundidad a la que está el laboratorio reduce el efecto de los rayos cósmicos, lo que permite a los detectores del laboratorio distinguir neutrinos tauónicos, una partícula elemental con una masa hasta un millón de veces más pequeña que la del electrón.

Esta es la principal razón por la que, en 1979, Antonio Zichichi propuso aprovechar un túnel de autopista que se estaba haciendo bajo la montaña para construir este templo de la hiper-precisión en una región de alta actividad sísmica. De hecho, al laboratorio se llega tomando un desvío en el interior del túnel.

Desde 2002, hay dentro del laboratorio subterráneo un despliegue semi-circular de 21 estaciones sísmicas, separadas entre ellas varios metros y que atraviesan una falla sismogénica. Sirva todo esto para explicar por qué el gobierno italiano sitúa a veces a estos físicos al frente de su Comisión de Grandes Riesgos.

Tras el letal terremoto de L’ Aquila la comisión fue convocada e inmediatamente después, denunciada por homicidio culposo. El presidente entonces era Franco Barberi, un geólogo y vulcanólogo que dirigía el Departamento de Protección Civil. El 22 de octubre de 2012, Barberi fue condenado a seis años de prisión, prohibición perpetua para el desempeño de cargos públicos y la obligación de resarcir con 450.000 euros a las víctimas de L’ Aquila. La pena era superior incluso a la solicitada por el fiscal y, además de a Barberi, se extendía a los otros seis miembros de la comisión: Enzo Boschi, Bernardo de Bernardinis, Giulio Selvaggi, Gian Michele Calvi, Claudio Eva y Mauro Dolce.

De Bernardinis, al escuchar la resolución del juez condenándole a seis años de cárcel.

Ese fue el día en que Maiani decidió dimitir. “Este es el fin de los científicos dando consejos al estado”, dijo el físico. Los otros miembros que sucedían a los condenados en la Comisión de Grandes Riesgos siguieron a Maiani. Sin embargo, quizá no recuerden que Italia estaba en aquel momento gobernada por el llamado Gabinete Monti, una suerte de gobierno compuesto -tras la renuncia de Silvio Berlusconi- por 13 tecnócratas independientes y Mario Monti como presidente interino. Su único objetivo era gestionar la crisis de deuda en Italia y por tanto, las dimisiones no fueron aceptadas y Maiani sólo pudo dejar su puesto a Bertolucci en septiembre de 2015.

En cuanto a los científicos condenados, tras recurrir la injusta sentencia, todos fueron exculpados salvo De Bernardinis, a quien le cayeron dos años de cárcel. El agravante en su caso fue dar una entrevista a una televisión antes de la reunión de la comisión el 31 de marzo de 2009, una semana antes del terremoto, diciendo que no había peligro alguno. La entrevista se emitió tras la reunión de expertos, dando a mucha gente la impresión de que era un resumen de las deliberaciones.

Según el juez, hasta 29 personas pudieron haber muerto en L’ Aquila por seguir los consejos ofrecidos por De Bernardini en esta entrevista. Pero el tribunal de casación entendió que no es plausible que, si alguien está en casa y todo empieza a temblar, vaya a quedarse dentro en lugar de salir corriendo por una entrevista que escuchó una semana antes.

El silencio tras L’ Aquila

Tras este último terremoto en Amatrice, muchos medios han buscado la opinión de estos siete hombres, pero lo que puedan decir ahora no sirve de nada. Quizá habría servido hace unas semanas, meses o años si no hubieran sido defenestrados.

 

Una de las imágenes más impactantes es la de una calle de esta ciudad donde sólo permanece en pie un torreón del siglo XIII. El resto de viviendas, anteriores al siglo XVII, eran básicamente piedra sobre piedra, carecían de estructura y ante el violento temblor cayeron como piezas de un dominó.

Por ejemplo, Gian Michele Calvi, quien ejerce de profesor de diseño estructural en el Instituto de Diseño Avanzado de Pavia, podría haber tenido más voz para que se siguiera en la zona el ejemplo de ciudades como Norcia, muy cercana al epicentro pero donde no ha habido una sola víctima. ¿Por qué? Por el empeño del ayuntamiento en reforzar la estructura de muchos de sus edificios tras un pequeño seísmo en 1997. “Por desgracia, nadie invierte en estas áreas, ya que se están despoblando”, dijo esta semana Calvi.

Hay factores que están más allá de la sismología, y es justo ahí donde la política es necesaria. Por ejemplo, otra de las batallas de los académicos es que los edificios sean sometidos a pruebas de riesgo sísmico, algo que parece de cajón en zonas de alta actividad y donde cada cinco años -de promedio- golpea un gran terremoto. Sin embargo, las asociaciones de propietarios son los principales opositores de la medida. “Temían que fuese un nuevo impuesto para sus casas”, resumía Bernardino Chiaia, profesor de mecánica estructural en la Universidad Politécnica de Turín, al periódico La Stampa.

Ante estas cosas, ningún comité científico puede hacer nada.

Mauro Dolce debió sentirse en una situación extraña al atender a los medios tras el terremoto de Amatrice. El aún director de la Oficina de Riesgo Sísmico de Protección Civil tuvo que ser, una vez más, el portavoz que saliera a primera hora de la mañana a lidiar con una nube de micrófonos para decir “después del primero de magnitud seis de las 3:36 ha habido otro de magnitud entre cuatro y cinco, más otros 70 de magnitud entre tres y cuatro y otros cien de magnitudes inferiores”.

Tras ser absuelto como homicida negligente en noviembre de 2014, Dolce aún tuvo que litigar en los juzgados hasta hace cuatro meses, ya que fue acusado de fraude en la ejecución de la prestación pública por la compra de unos aisladores sísmicos, que se instalaron en L’ Aquila tras el terremoto de 2009. Finalmente, fue absuelto el pasado abril.

Aunque en todas partes se habla de “los siete científicos”, lo cierto es que tan sólo Claudio Eva, de 78 años y hoy apartado de la ciencia activa, Enzo Boschi, Giulio Selvaggi y Franco Barberi pueden considerarse sismólogos. Calvi y Dolce son ingenieros.

Hoy, el caso que fue bautizado como Grandi Rischi aún no ha terminado. Tras la resolución que absolvió a Barberi, Boschi, Selvaggi, Calvi, Eva y Dolce, familiares de algunas víctimas presentaron un recurso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo. Ahora el único imputado de este nuevo caso Grandi Rischi bis es Guido Bertolaso, un alto cargo al que Berlusconi nombró director del Departamento de Protección Civil. Bernardo de Bernardinis, el único condenado tras la apelación, era, precisamente, su número dos.

Bertolaso fue el hombre que convocó aquel marzo de 2009 a la comisión de científicos y, como sabemos gracias a Vito Corleone, existe una cierta tradición italiana por la que quien convoca una reunión entre enemigos -en este caso, científicos y políticos- acaba resultando ser el traidor.

 

Pataletas estivales

Lo llevamos repitiendo desde los inicios, aunque el mantra ha tomado tantas formas que el original se ha ido deshilachando, cambiando de aspecto y de palabras, mezclándose, transformándose y descomponiéndose en sucesivos axiomas que decían lo que el mantra original, aún sin decirlo:

Cada cosa que escribimos en internet puede, potencialmente, llegar a todo el mundo.

La cifra que habitualmente se usa son 400 millones de hispanohablantes, aunque el auge de las tecnologías de traducción puede llegar a aumentar la ambición de los escribientes hasta los pocos miles de millones de personas semi-alfabetizadas y con acceso a internet.

Este mantra domina nuestras mentes, y ha animado a millones de blogueros a escribir un primer post, ha creado y destruido emporios de la comunicación y bueno, ya saben: ahora el mundo va a oír todo lo que tenemos que decir, ¿pero qué puede uno decir que interese potencialmente a 400 millones de hispanohablantes? Toda elección descarta público, y en primer lugar, lo local descarta lo universal.

¿A qué viene soltar ahora esta obviedad? Porque es precisamente la encrucijada en que se encuentran los medios. Cada vez más gente (y yo entre ellos) cree que en internet los medios ya no hacen información sino entretenimiento. Entretenimiento serio, si les irrita menos. Quiero decir que lo que mueve a los redactores no es descubrir o explicar algo nuevo -una vez escuché a Antonio Rubio definirlo como periodismo intencional, un recurso que me gustó mucho- sino rellenar la página con contenidos que puedan potencialmente dar 400 millones de visitas. Es un decir. Y sí, ya sé que usted, que ha entrado a leerme por curiosidad, es el autor de aquel reportaje del copón que logró verter luz en una situación anómala, o su amigo, que sacó aquella serie de exclusivas que hicieron dimitir a alguien importante. Son excepciones pero en general, miren a los engranajes de lo que queda de esta industria. Básicamente, y salvo ramalazos de amor propio, rellenamos. Yo también, las dos cosas, relleno y tengo ramalazos. Sí, claro que hay matices, pero la forma de afrontar el día a día en la mayoría de los medios me lleva a pensar en nosotros como entretenedores de masas y no en detectivescos fiscalizadores de la realidad.

¿Como lo diría el otro? News is what happen when you’re busy creating content.

El reporterismo clásico, para ser útil a la sociedad, tenía que delimitar primero a ese público, ser concreto. Local, regional, nacional. No más. El redactor, por ejemplo, boliviano o hondureño, que demuestra en un reportaje la corrupción en las contratas de basuras de su ciudad está haciendo un favor a sus vecinos, ¿pero qué lectores encontrará fuera de los límites de su término municipal? Otro redactor hondureño o boliviano que descubre diez nubes que recuerdan a animales y hace una fotogalería puede darle a su medio más visitas que habitantes tiene su país. El mantra original se inflama en estos casos. Cuando hablamos de viralidad hablamos de emociones compartidas donde el mínimo común múltiplo arde y arde y arde. En esta universalidad no importa el prestigio de la firma ni la cabecera, otros dos pilares del reporterismo clásico que limitan enormemente la dispersión de la información, porque claro, un lector en España no sabe qué credibilidad darle a Guzmán Nogales o a su medio, El Noticiero de Tegucigalpa, cuando de casualidad se encuentra en Facebook un reportaje suyo.

Podemos hablar, como es costumbre en este cansino blog, de medios de comunicación obligados a re-industrializarse que se esfuerzan en repetir que el buen periodismo hay que pagarlo y buscan formas alternativas de financiación, no sé si con el mismo ahínco con que llenan de banners la pantalla de mi móvil. Pero al final la pregunta subyacente es cuánto entretenimiento podemos permitirnos hacer, cuántos millones de lectores y récords podemos batir en Comscore antes de caer en la irrelevancia absoluta para nuestros vecinos.

¡Y luego, en nuestro imparable camino hacia la universalidad, querremos cobrarles los gatos!

Pérdida de inteligencia

El otro día leí una letanía de Lucía Méndez en Cuadernos de Periodistas sobre la autocensura. Mira que me cae bien ella, y siento tomarla como ejemplo en esto, pero su artículo reúne alguna de las más habituales lamentaciones de los periodistas que vivieron la Edad Dorada y ahora miran con resignación al páramo.

Está por ejemplo ese cliché de que la precariedad de los periodistas de hoy en día nos ha hecho más dóciles ante el poder, capaces de frenar una información o modificar un titular. Y es más, al parecer ya ni el poder es necesario porque nuestra autocensura ya nos lleva a poner la venda antes que la herida.

[A este respecto, debo intervenir diciendo que en los diez años que llevo escribiendo en periódicos, me han cambiado los titulares millones de veces, desde jefes hasta compañeros e incluso hasta algún becario, que a veces tienen tanto criterio o más que los senior. Incluso sospecho que durante una excursión de escolares que una vez visitó un periódico hace años, uno de ellos al ver un titular mío en la pantalla exclamó: “¡Pero cómo!” y ni corto ni perezoso lo cambió].

Aunque no creo que se piense tal y como se dice, el hecho de equiparar independencia editorial con salarios es jodido, porque viene a decir que todos los periodistas tenemos un precio. Y al final, ¿quién es más cautivo de su sueldo y tratará más de no perderlo tocándole los huevos al poderoso, el redactor junior que gana 900€ o el veterano que gana 5.000€ y tiene ya una vida que alimentar con eso? No sigamos por ahí.

No se suele hablar en estos términos porque parece uno un Goebbels cualquiera, pero uno de los principales problemas de esta industria es el de la pérdida de inteligencia. Muchos de los amigos con los que empecé este recorrido han ido dejando el periodismo activo y ocupando puestos en otros sectores: comunicación, editoriales, enseñanza, etc. Querían ser periodistas y tenían talento y potencial para haber contribuido con creces, pero en un momento de su vida vieron, como yo veo, a sus amigos casándose, comprándose casas o coches, teniendo hijos. Tú tienes un puesto mal pagado, con pocas expectativas de progreso y donde echas muchas horas para, al final, rellenar una página web con material de segunda mano primorosamente titulado. Ni siquiera estás investigando nada relevante, no sales a la calle, así que…

¿Qué sentido tiene?

Así, poco a poco, el talento y la inteligencia de esas personas se ha ido filtrando por los sumideros de esta industria, ¿y quiénes quedamos de los que empezamos hace una década? Pobres diablos con demasiada vocación por lo nuestro o, en última instancia, gente con pasta y que puede permitírselo, como ocurría en el siglo XIX. La mayoría somos una mezcla, mucha vocación y unos padres o parejas demasiado comprensivas. Algunos viejos periodistas dicen que esto no es un oficio, sino una forma de vida. No. Eso era antes, cuando uno podía avanzar en lo personal pese a pasarse 14 horas diarias en una redacción. Pero ahora, cuando el periodismo, o ese sucedáneo que te han ofrecido en su lugar, te dificulta desarrollarte como persona, le das una patada sin problema, buscas un trabajo, te abres un blog para matar el gusanillo -que pronto abandonarás- y a otra cosa.

De nuevo, no estoy diciendo que no haya gente inteligente ahora en el periodismo, sólo qu… ¿Pero qué coño hago otra vez dando explicaciones, y a quién? ¡Si es mi puto blog!