El CV ha muerto, menos mal

Estuve esta semana en Salamanca, donde me invitaron a dar una conferencia sobre qué hacemos en la sección de Prodigios. Como suele pasar en estas charlas, el público apenas pregunta nada. Yo era igual como estudiante, casi podía verme a mí mismo allí sentado, bostezando mientras me escuchaba. Tras la charla, uno de los asistentes, que intenta abrirse camino en el mundo del periodismo freelance, me preguntó, o más bien supuso, que debía haber un montón de gente mandándonos propuestas de temas para escribir en nuestra sección.

Algunos sí, claro. Pero tampoco son tantos. Sospecho que, sin embargo, la directora de RRHH de El Español debe recibir docenas de currículums. Mi consejo para él fue el mismo que yo empleé para entrar a trabajar en este periódico: mandar trabajos publicados (más tarde, propuestas de historias) y en última instancia, siempre como complemento, un enlace a mi página web con el historial biográfico y laboral.

El currículum está muerto, sobre todo en periodismo. Ya puedes mandarlo en un sobre lacrado, urgente, certificado y con acuse de recibo a cada redacción del país que no te servirá de nada. ¿Por qué? Muy sencillo. En estos últimos años, los grandes medios de comunicación han usado a los jóvenes periodistas como kleenex, para poder irse de vacaciones o cubrir bajas. La progresión profesional es imposible, quedarse es una quimera por muy buenas referencias que ofrezca de ti un redactor jefe. Cuando, después de dos o tres meses, te dan la patada en un periódico, tele o radio, abren otra puerta y allí hay una fila de recién licenciados sonrientes. Pase el siguiente.

Así, España hoy está poblada de cientos de periodistas de menos de 30 años que tienen en su currículum una línea o más en El País, El Mundo, ABC, EFE, Europa Press, La Razón, RNE, Onda Cero, COPE, Antena 3, Telecinco, etcétera, etcétera. Yo mismo, en apenas tres años, pasé por ABC, EFE, colaboré en Europa Press, publiqué una vez en El Periódico… todo estancias, becas, concursos o sustituciones por obra. En los años 90, poner en tu currículum que habías trabajado en El País podía garantizarte un trabajo en otro sitio. Ahora ya no significa absolutamente nada, más allá de que has formado parte de esta enorme picadora de vocaciones.

Laboralmente, haber pasado meses en un medio de primera línea se ha devaluado tanto que sirve para lo mismo que una licenciatura en Humanidades. En muchos casos, el proceso de selección para entrar a trabajar en uno de estos sitios es, para un recién licenciado, casi inexistente, porque los únicos requisitos son ser barato y no hacer ruido al marcharse. Por supuesto, una beca de verano en un medio puede ser una gran experiencia personal. Pero en su currículum, jóvenes, ya no vale nada.

Y eso, creo yo, está bien.

Porque al final, si alguien te escribe con una propuesta de reportaje maravillosa, en la que ha identificado lo que se ha publicado antes sobre el tema, con quién puede hablar dentro y fuera de España, cómo puede sorprender a nuestros lectores… al final esa buena idea es una especie de resumen, selecto, de todo lo que has hecho antes con tu vida. No necesitas saber si tiene el Cambridge Advanced o aprendió inglés poniendo birras en Dublín, sólo si conoce o puede entrevistar a un científico extranjero que le va a dar un enfoque diferente de un tema. Y sobre todo, detectas que alguien así se ha metido a ser periodista para disfrutar del trabajo.

Recuerdo cuando, terminada mi beca iniciática en la sección de Cultura de ABC, me quedé en paro por primera vez. Esto debió ser sobre 2006. La Asociación de la Prensa había abierto una bolsa de empleo y fui a dejarles mi ridículo historial laboral. Mientras la secretaria me hacía esperar, eché un vistazo a la torre de folios que tenía sobre la mesa. El primero de todos los currículos, de un chico, tenía dos líneas para decir que había acabado la carrera. El resto eran referencias de periodistas de diferentes medios con los que, obviamente, no había trabajado. Nombres y teléfonos.

Seguramente su padre era periodista, pero el hijo no lo iba a ser en la vida. Al menos, funcionalmente hablando.

Por eso -aunque nunca pregunten nada- me gusta ver a universitarios crear revistas, blogs colaborativos o fanzines. Seguramente querrán acabar publicando en un gran medio -porque al final, la vanidad es inherente a este oficio- pero antes quieren disfrutar de esto, equivocarse mucho antes de tener lectores que se den cuenta de sus carencias, aprender a escribir menos pretencioso y con más magro que grasa. Quieren pretender.

En defensa del clic

Viralidad. Desde que trabajo en un periódico digital escucho esta palabra a menudo.

Me empiezan a obsesionar las analíticas de mis artículos. Lo digo como algo bueno. Es como mirar la analítica de sangre que te manda el médico, siempre habrá algo que tienes mal. En vez del colesterol malo o la hemoglobina glicosilada, aquí tenemos el tiempo de permanencia o la tasa de rebote. Con el médico es sencillo, ¿pero cuál es el equivalente en la producción de noticias a dejar de fumar o bajar peso?

¿Por qué una noticia apresurada tiene más visitas que un reportaje que te llevó hacer una semana? ¿Quizá por el momento en que salió, por el titular, por la sobreabundancia de artículos del mismo tema o por la falta de ellos?

Un momento. Vale, quizá debería haber empezado por aquí. Sé que alguno de ustedes estará pensando que hablar de todo esto no es… guay. Que los periodistas no podemos vivir obsesionados por el clic.  Que la mera idea de modificar un titular o un enfoque para incrementar las visitas es una forma de corrupción intelectual. ¿No podemos vivir obsesionados por el clic, pero sí por vender más periódicos o revistas? Insisto, no se trata de bastardear la mercancía, creo que obsesionarse por difundir algo antes incluso de escribirlo no es inteligente, pero no obsesionarse por venderlo una vez lo has escrito… ¿qué denota eso? ¿Por qué no intentar que un artículo que te has currado durante horas o días sea más leído?

En el fondo, pienso -como tanta gente piensa- que debe haber una fórmula secreta, un ecuación inaprensible. Deseo secretamente que llegue el día en que un analista de datos me diga «Antonio, tu reportaje es interesante, pero si lo publicas el martes a las 8:18 de la mañana, preveo un aumento del 15% en las visitas, una tasa de rebote inferior al 20% y una permanencia de entre 2 y 3 minutos más». Pero ahora mismo veo más probable que alguien así me dijera «mira, ve a tiro hecho y haz mejor un artículo sobre cómo ha aumentado el número de pulseras de Iker Jiménez a lo largo de los años, con fotos y muchos gráficos».

El problema con la viralidad es que la vemos como un fin y no como un medio.

Muchos sitios internacionales, tipo Buzzfeed, han decidido prescindir de las agencias de noticias porque prefieren rellenar sus sitios web con contenidos pronosticados como virales por programas informáticos. Estos programas rastrean las redes sociales buscando picos de viralidad. Si un tema empieza a crecer en menciones espontáneamente, este software lo detecta y le dice al editor de turno: «El anuncio de la OMS sobre carne y cáncer de colon». «Un perro lazarillo que baila merengue». «Un tuit de Beyoncé mencionando a Dick Cheney». Y el problema es que, aunque tuvieras la fórmula secreta que garantizara la máxima viralidad a todos tus contenidos, podrías triunfar durante un minuto, porque al siguiente habría otras 5.000 páginas aplicando tu misma fórmula y la tarta volvería a repartirse como antes.

Esto es un debate recurrente entre los gurús del periodismo, pero el problema de los gurús es que no hacen noticias*. En España, por suerte, tenemos a gente como los que crearon Soitu o Verne, que no sólo han teorizado sobre la viralidad sino que han puesto estas ideas en práctica, ensayo-error, con un éxito notable. No es ningún misterio que ahora, casi todos los demás medios estén tratando de tener su propio Verne.

Mientras tanto, ¿qué podemos hacer los demás periodistas para -horrible jerga de autoayuda empresarial a continuación- maximizar nuestro impacto? No me refiero a poner mujeres en tetas o convertir tu red social en una feria de proselitistas de ti mismo, me refiero a que un artículo sobre interpretaciones neurocientíficas del último batacazo de la Bolsa de Hong Kong tenga más lectores reales.  De momento he probado algunas estrategias sutiles, como por ejemplo no escribir sobre interpretaciones neurocientíficas del último batacazo de la Bolsa de Hong Kong, pero aún es demasiado pronto para saber qué funciona mejor a la hora de hacer un Moneyball de uno mismo. Quiero decir, en ciencia hay muchos temas que hay que dar -aunque sabes que son arduos- porque son relevantes. Y si en vez de a cuatro gatos llegas a seis, pues mejor.

Otra cosa que me gusta de las analíticas es la gran cura de humildad que conllevan. Los números pegan unas hostias criminales. Te permiten saber que, de cada diez personas que entraron a leer ese artículo tuyo tan celebrado en redes sociales, sólo seis no cerraron la ventana inmediatamente. O, en versiones más sofisticadas, te permiten saber a qué otro artículo de la página se fueron estos lectores cabrones tras descubrir que el tuyo no era tan interesante como parecía. Que solamente dos de cada diez visitantes se leyeron tu artículo hasta el final. Que muchos de los que lo compartieron ni lo habían abierto, en fin, esas cosas que nunca sabíamos cuando escribíamos en papel.

Quieras que no, esa falta de información ha tenido que forjar algún que otro ego.

* Siguiendo la definición comúnmente aceptada de identificar un tema sobre el que otros medios no hayan escrito, o al menos recientemente, tratar de encontrarle algún nuevo enfoque, algo que añada sustancia al debate, buscar hechos o documentos para familiarizarse con el asunto y darle un respaldo factual, seleccionar potenciales fuentes e ir descartándolas, bien porque no son adecuadas o porque no están accesibles, hacer las gestiones pertinentes -internas como encargar un fotógrafo o planear los gráficos, externas como enviar correos electrónicos o levantar el teléfono- para recopilar toda la información, plantear una estructura, transcribir, discriminar y finalmente escribir uno, dos, tres bocetos, revisarlo, incluir los enlaces correspondientes, crear la noticia adecuadamente según las directrices estilísticas del medio y del programa informático de edición, enviarlo a revisión, introducir o dialogar los cambios sugeridos, dejarlo listo para publicar o publicarlo, luego irte a casa, sacar al perro, preparar la cena para los seres hambrientos y un yogur para el resto, ver un rato la tele, lavarte los dientes, poner el despertador, quedarte dormido leyendo, despertarte y subir masticando al autobús buscando en el teléfono tu noticia recién publicada, comprobando al mismo tiempo la indiferencia general de los comentarios en Twitter salvo eh, una errata en el tercer párrafo -en realidad es incorrecto definir como «cuerpo más lejano de nuestro Sistema Solar» a Plutón pero lo hiciste por no repetir tanto el nombre- de la que un par de tuiteros se han percatado y por la que te están tildando de ignorante. Y encima han hecho un pantallazo. Fantástico.

Umbral o no

Esta mañana estuve leyendo un trozo de Voices from Chernobyl. El extracto fue publicado en 2004 y lleva unos cuantos años flotando en internet aunque, por supuesto, nunca lo habría buscado si Svetlana Alexievich no hubiese sido premiada el pasado jueves con el Nobel de Literatura.

Es reporterismo en grado cero. Testimonios entrecomillados de entrevistas a supervivientes, sin presentación más allá del nombre de la persona y su afiliación con la catástrofe nuclear. Sin aderezo de adjetivos. Grano sin paja.

¿Dónde está la literatura aquí? En la compleja invisibilidad de la estructura y orden de las piezas de este puzle. En los ritmos, en los [largo silencio]. «Un estilo de la ausencia», como también dijo Barthes. Y sobre todo, la literatura está en que desde la primera línea estuve ahí, crucé el umbral de manera inmediata. Yo lo llamo el umbral.

One old man —he was already on the ground. Dying. Where was he going to go? «I’ll just get up,» he was crying, «and walk to the cemetery. I’ll do it myself»

Sé que hay mucha gente que vive de estudiar y divulgar este cansino debate sobre literatura y periodismo, que si la intención, que si las metáforas (*). Siento pincharles la burbuja.

Para mí, si vas en el autobús a las 7:45 de la mañana, te pones a leer un reportaje y ¡click! estás allí mentalmente, viendo en un lóbrego hospital a los bomberos de Chernóbil metidos en bolsas y en otra sala a sus esposas, tratando de sobornar a la enfermera para verlos. No lo dude más, ha atravesado el umbral: es literatura. Si su mente sigue allí, entretenido, interesado pero sin dejar de ser consciente de cada timbre de móvil, conversación, olor o frenazo… lo siento, está usted en el autobús leyendo el periódico.

También hay veces que uno cruza el umbral y el resultado luego es decepcionante, pero queda algún consuelo por el viaje interior. No hay un método o un patrón común; a veces es en primera persona, otras en tercera; a veces hay un personaje o varios, a veces no.

Hay un umbral, se cruza o no, y si no se cruza, fin del debate.

Es mi criterio, claro. Por eso no entiendo que a veces llamen literatos a gente que nunca me ha hecho atravesar el umbral. Tampoco sé por qué muchos novelistas se meten a columnistas y no a reporteros à la Alexievich.

(*) BONUS TRACK
En este blog somos de pensar que las metáforas son cosustanciales al lenguaje y que el mérito debe estar en su invención, no en su uso. Sirva como ejemplo de cómo las metáforas -y metonimias- lo impregnan todo un vistazo rápido a la página de El País ahora mismo:
«Ciudadanos se acerca a la cabeza y PP y PSOE se estancan». Aquí vemos esta metáfora competitiva, acercarse a ‘la cabeza’, donde la cabeza es ser el partido más votado. ‘Se estancan’, otra metáfora.
«Muguruza conquista Pekín». Aquí tenemos esta comparación bélica para decir que una jugadora de tenis ha logrado la victoria en la final de un torneo disputado en Pekín. Lo hacemos todo el rato.
«Una nueva mentira acorrala a la ministra de Defensa alemana». Esta es interesante, la mentira cobra vida y acorrala a ministra. Estar contra las cuerdas es otra que usamos todo el rato.
«Estados Unidos mueve ficha con el Tratado del Pacífico para contener a China». Etcétera.

Zonas de confort

Creo que voy entendiendo algunas cosas. Nos encanta debatir, o mejor dicho, nos encanta hacer peleas de almohadas con nuestros puntos de vista. Sin apenas permeabilidad. Pero… ¿cómo lo diría? Casi nadie se mete en un debate que pueda perder.

Tengo bastantes amigos y conocidos que se dedican a profesiones creativas: escritores, guionistas, artistas, actores… y recuerdo que cuando aquel affaire de los tuits de Guillermo Zapata todos llevaban el debate al mismo terreno: los límites del humor. 

Podían haber tenido en cuenta otros factores, como la responsabilidad del que deviene representante público o cuánto hay de oral o de escrito en una red social, las consecuencias legales de un ataque de verborrea… Mil cosas, pero claro, todas ellas fuera de su zona de confort. Si te centras en los límites del humor -o más bien, en su ausencia- sólo puedes «ganar». ¿O acaso está usted en contra de la libertad de expresión?

Lo mismo ha pasado esta semana con ese niño sirio muerto boca abajo sobre la arena. Podíamos haber hablado de tantas cosas a raíz de esa imagen. Rutas, culpables, cifras, alternativas. Pero a muchos les ha saltado el resorte: publicar o no. Siempre el eterno debate. «¿Y si hubiera sido un niño español?», «¿Qué habría hecho el New York Times en nuestro lugar?» Y clichés, y odas, y guiños, y ser los garantes de la teoría, teoría, teoría de la información. De nuevo, todos huyendo hacia nuestra zona de confort, donde siempre sabemos ganar la partida. ¿O acaso está usted en contra de contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad con toda su crudeza, aunque el relato sea en realidad sobre nosotros y no sobre Siria? ¿Aunque hayamos preferido quedarnos en Madrid debatiendo en lugar de mandar a alguien allí a contarnos lo que pasa en un reportaje que ya veremos si ilustramos con esa u otra foto?

Supongo que todos lo hacemos, pero claro, uno sólo puede mirar hacia afuera. Si alguna vez detectan en mí una huída hacia zonas de confort, por favor, avísenme. O mejor, traten de retenerme en la intemperie hasta que aprenda algo.

Reportero, bonita palabra

Después de comer, me tumbé en la cama y me puse a mirar el móvil tratando de dejarme atrapar por el sueño. Vi una oferta de empleo en ProPublica:

«Education reporter«. 

‘Vaya, buscan un reportero de educación. Qué sencillo’, pensé. ‘Sé perfectamente que lo que hace un reportero -de educación, de economía o de ciencia- es salir con una grabadora y preguntas apuntadas en la libreta, tomar notas, buscar documentos, llamar a los expertos, quedar con ellos, hacerse preguntas, viajar a sitios y encontrar respuestas’. 

Me gusta esa palabra, me siento muy identificado con ella. Si alguien se me presenta y me dice «soy reportero» sé a qué se dedica en su día a día. A lo mismo que yo. 

Pero si alguien me dice «soy periodista» no sé a lo que se dedica, ni siquiera sé si se dedica al periodismo activo o simplemente es un licenciado en periodismo. Es como la palabra «filólogo», que hoy en la práctica significa «licenciado en filología que trabaja de cualquier otra cosa». 

Pensaba en todo esto y en las veces que la palabra «reportero» salió en mis entrevistas de trabajo para El Español. Fue un muy buen augurio, y es bueno que vuelvan a buscarse y a ficharse reporteros. 

Cuando volví de Estados Unidos en 2011 me puse a buscar empleos en periodismo y todo lo que veía eran trabajos como «embajador de marca», «community manager«, «experto en SEO», «copy junior«. ¿Pero qué carajo era todo esto? ¿Dos años de máster en periodismo de ciencia con exámenes finales que eran reportajes para esto? ¿Pero qué cojones es un copy junior y qué tiene que ver con dar noticias? Incluso la Asociación de la Prensa daba cursos de estas cosas, ¿pero qué leches pasa aquí? ¿Y alguien que quiera ser reportero, dónde se mete? La única opción era otro anglicismo: freelance.

En aquel momento, me sentí totalmente perdido, profesionalmente hablando. Pero no, al parecer los que estaban perdidos eran otros. Gracias a las redes sociales vi que había mucha otra gente de mi generación en la misma situación: sin acceso funcional a un trabajo de reportero, publicando gratis o por cuatro duros auténticas joyas en arrabales informativos, para un público menor del que merecían, buscándose la vida dentro y fuera de España como reporteros en un sector que había perdido la cabeza buscando expertos en trucar titulares para que Google los situara más arriba. 

Ahora, afortunadamente, voy a compartir redacción con algunos de ellos. Y a otros los leo ya en importantes cabeceras. Así que sí, está bien que se haya vuelto a imponer poco a poco la cordura y que alguien que quiera trabajar haciendo noticias, reportajes y entrevistas pueda, al menos, optar a hacerlo. Aún planean muchas incertidumbres sobre este viejo negocio de dar noticias, pero creo que esta era una de las principales y comienza a resolverse.

Y después de pensar en todo esto, me quedé felizmente dormido.

Los lectores que nos merecemos

He estado leyendo cosas bastante raras últimamente para tratar de responder a una pregunta que me ronda la cabeza desde hace tiempo: ¿Qué es un lector en la era digital? O más bien, ¿qué tiene que hacer alguien para considerarlo un lector?

No creo que lo haya logrado, pero empezaré por el principio. 

Hace unos años, el lector era aquel que, previo pago del precio del periódico, te leía en esas páginas. Había un contrato tácito: «Yo, en adelante, el periodista, me esforzaré por contarte historias razonablemente originales, bien trabajadas y que en su gran mayoría serán 100% verdad. A cambio, tú me das un euro y a cambio tienes el derecho de protestar si alguna de estas cláusulas, por tácitas que sean, se incumplen por parte del periodista. Es tu derecho como lector mío».

¿Pero cuál es ahora el contrato en internet? Para empezar, ese derecho de protesta o réplica se ha universalizado. Ya no es necesario pagar ese euro o ser suscriptor para considerarse «lector» de un medio y cualquiera puede sentirse legítimamente agraviado ante un mal artículo. Para más inri, ya que los medios ahora están obligados a buscar millones de esos no-lectores, tanto ellos como sus periodistas tomamos una actitud de casi-sumisión ante los lectores en las redes. Los community manager que llevan los medios dicen ante una crítica «siento que no le haya gustado» o «trabajaremos por mejorar», cuando realmente quieren decirle a ese desconocido «tiene usted la capacidad de comprensión de una ameba» o «vaya hombre, ya está aquí el malafollá sin amigos reales sacando punta a otro artículo».

Un momento. Antes de seguir y como percibo cierta incomodidad en usted, lector, aclararé que no digo que los medios, con su descuidada producción de noticias en masa y sus carencias técnicas o intelectuales no merezcan críticas. Claro que sí. Lo que digo es que debido a varias causas -económicas, tecnológicas y sociales- los medios tienen las manos atadas a la espalda, lo que provoca que cualquier internauta se siente moralmente autorizado para interpelarnos. ¿Ha hecho usted sus deberes antes de decirme que mi artículo es incompleto, erróneo o falaz? ¿Está usted seguro de que es intelectualmente aceptable criticar, no ya un artículo, sino un tuit? Sobre los motivos para criticar a los medios ya he escrito a menudo en este blog y lo seguiré haciendo, pero hoy, permítamelo, vamos a hablar de usted.

Hace poco, cuando salió Medicamentalia, un trabajo que nos llevó seis meses de investigación, un tuitero anónimo respondió que de dónde sacábamos esos datos, que no podía ser, que tenía que ser mentira. Por supuesto, la respuesta a todas sus preguntas estaba en el propio trabajo, pero el tipo ni siquiera había pinchado en el enlace antes de ponerse a despotricar. ¿Es eso un lector? 

Una de las cosas que se oyen a menudo en estos tiempos, tan de gurús, es que «las redes sociales mejoran el periodismo porque ofrecen al autor un feedback continuo».

Suena muy bien, hasta que uno se mete en Twitter y ve que ese feedback se centra casi sistemáticamente en gilipolleces como un pie de foto mal colocado, una errata en un titular que confunde Irán con Irún, un párrafo descontextualizado que suena grotesco, o mi favorito, que es cuando alguien, con intención de hacer mofa, coge la lista de las noticias más leídas de ABC o El Mundo y claro, todas son estupideces. ¿Pero no se dan cuenta de que esa lista no habla mal del medio, sino de los propios lectores? 

Claro, uno de los problemas aquí es que nadie tira piedras a su propio tejado. Nadie quiere arriesgarse a perder lectores insinuando que las críticas que hacen a los medios son, la mayor parte de las veces, tan superficiales, frívolas y banales como aquello que pretenden denunciar. Así que lo dejamos pasar y seguimos con esa táctica de hacer la pelota a los lectores, táctica que hemos adoptado directamente de los escritores de novelas en babosa promoción editorial: «Mis lectores me escriben la columna». «Para las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan». «Sin mis lectores ni existiría». «Gracias a mis lectores por dejarme entrar en su salón».

Tampoco los internautas parecemos dispuestos a reconocer que nos encanta esa actividad de sobrevolar la prensa a la búsqueda de un titular alevoso, una errata ortográfica o una foto que madre-mía-qué-foto. Pillamos a nuestra presa y vamos al Twitter frotándonos las manos: «Veamos, ¿qué pose le va mejor a este fallo en una gráfica: la de cínico, la de indignado o la de socarrón?» Eh, y no se nos olvide añadir el hashtag #NuevoPeriodismo.

Además, esa falta de críticas de fondo, de análisis sin sesgo, de reproches constructivos tiene una salida fácil. «Qué quieres, es que los 140 caracteres no dan para más. Ah, y se me olvidaba: ¡Sinvergüenza!» 

Lo que me trae de cabeza con todo esto es que sobre lectura digital se han publicado muchísimas cosas, si leemos más o menos que en papel, cómo afecta a nuestra memoria a corto-largo plazo, que si Google nos hace más tontos… pero no he encontrado nada que aborde la figura del lector en la era digital. ¿Somos todos lectores de todo? ¿Por qué tratamos igual a un lector potencial, incluso a uno ocasional, que a un lector fiel? ¿Y en qué momento se convierte alguien en lector fiel de un autor o de un medio en internet? ¿Merece el mismo trato por nuestra parte alguien que compra un periódico y no lo lee o alguien que lee un periódico que no ha comprado? ¿Y en digital, cuál de los dos somos nosotros, acaso los dos al mismo tiempo?

Uno de los trabajos más interesantes que he leído estos días es esta tesis holandesa de 2010: On reading in the digital age, un compendio de varias teorías al respecto. Entre ellas, me llamó la atención la de Alain Giffard, de quien nunca había oído hablar.

Su ensayo se titula Des lectures industrielles y, al contrario que otros teóricos, Giffard no cree que la llegada de internet haya degradado el proceso de leer, simplemente asume que ahora existe una nueva forma de lectura que complementa a la forma, digamos, clásica. Así, este señor distingue entre lecture d’etude, que es la que hacemos al leer un texto de forma atenta y estudiosa, y lecture d’information, que más que lectura es un proceso de escaneo después del cual el lector decide si adentrarse en un texto o descartarlo.

Probablemente en internet nos movamos continuamente entre ambas formas, entramos y salimos, escaneamos, leemos, nos retiramos y volvemos a escanear. Giffard insiste en que no hay que sobrestimar la influencia de internet. En realidad, al hojear un periódico hacemos algo muy parecido. El caso es que, según dice esta tesis, «la lectura online no es solamente una consecuencia del medio digital: la tecnología de la lectura digital era también una condición para el desarrollo de Internet». 

Ojú, no sé qué hago últimamente con este blog que siempre acabo en una espiral de recuerdos de Leonard Kleinrock.

Bueno, que uno comente un artículo, positiva o negativamente, estando en modo-escáner y no en modo-lectura es uno solo de los factores que me escama. También está la relación que adquieres con muchos de esos lectores o no-lectores, gente que en Twitter te hace retuits sistemáticamente para difundir tus artículos. Ya, no siempre se los leen, ¿pero importa realmente? 

A veces me sorprendo a mí mismo agradeciendo un RT de un artículo mío a alguien, y sospechando que realmente no lo ha leído, porque el tiempo de lectura del artículo partido del tiempo que hace que lo publiqué en Twitter es superior a uno. 

Vivimos tiempos extraños.

Pero de cualquier forma tienes que considerarlo un lector, aunque ni siquiera te lea, aunque sólo escanee el titular, la entradilla y valore la foto mientras bosteza en su oficina y desliza la mirada hacia un banner con mujeres en bikini.

Es mi lector porque él mismo se considera lector mío, cómo voy a contradecirle, y menos siendo tan amable. Como es sabido, los lectores de uno siempre descienden del Parnaso y por supuesto siempre llevan toda la razón al elogiarme.

Dos anécdotas recientes

Anécdota #1

El mes pasado entrevisté a Kees Schouhamer Immink, el ingeniero holandés que, trabajando para Philips, creó el sistema de codificación para el CD (1982), DVD (1997) y BluRay (2007). Era una de estas entrevistas concertadas para muchos medios -en mi caso para Vocento– donde periodistas de toda Europa íbamos rotando, charlábamos 15 minutos con el entrevistado y dábamos paso al siguiente.

En estos casos, cada reportero tiene su táctica para sacar al personaje de la tentación de responder con el piloto automático puesto. O al menos, debería tenerla.

Yo tengo varios recursos -que no voy a explicarles aquí- pero con Immink decidí enfocar la entrevista sobre la creatividad, ya que sinceramente creo que se requiere tanta imaginación para crear esto como para crear esto otro. Funcionó muy bien, porque a muchos ingenieros les gusta verse como artistas y no como meros mecánicos seguidores de instrucciones. Immink tiene 68 años y me dijo algo que me sorprendió: «Cuando envejeces tienes más conocimiento, más experiencia y más creatividad».

Le comenté que la percepción general es al revés, que todos somos más creativos cuando somos jóvenes, precisamente porque no tenemos miedo a equivocarnos, pero él me corrigió de nuevo. «La creatividad crece con el tiempo, porque la combino con la experiencia y ya no cometo tantos errores».

Por un lado, me fascinaba su manera de pensar. Es cierto que yo mismo, al empezar a ser periodista, tenía unas ideas sobre reportajes más atrevidas que ahora. Hice muchas de ellas -como un reportaje en 3ª persona escrito con voz de narrador- y resultaron ser un fiasco, nadie quería publicarme algo así. Ni gratis. Ahora tengo ideas locas, pero soy más selecto sobre lo que puede funcionar y lo que no, porque ya he pasado por eso. ¿Significa eso que soy menos creativo o que mi creatividad es ahora más productiva?

Por otro lado, aunque la forma de pensar de Immink era muy inspiradora, su propia biografía no se corresponde con ella.creative-2

Su gran creación, la codificación del CD, la logró con 36 años, y la del DVD a los 51. Esto se corresponde con la mayoría de los estudios que se han hecho al respecto. La gente suele ser más creativa entre los 35 y los 50, dependiendo de si florecen antes o después. Lo que está claro es que en casi todos los casos, la creatividad desciende a partir de la cincuentena, especialmente en los artistas pero también en los científicos.

Si hago toda esta reflexión es porque al escuchar a Immink uno ve una luz tan inspiradora que se ve tentado a escribir sobre la creatividad en la vejez, sacar algunos ejemplos que apoyen la teoría, como este ingeniero codificando el BluRay o la señora que pintó el cristo de Borja. Las fuerzas de la imaginación abalanzándose y torciendo el curso de la naturaleza, un mensaje positivo, quizá algún ejemplo de un novelista que con ochenta años, el hambre y el deseo saciados fue y compuso su mejor novela… Oh, venga, ¿pero a quién pretendo engañar?

Son cosas que dan mucho que pensar, pero casi nada que escribir. La creatividad también está en aprender a desecharlas.

 

Anécdota #2

Hace unos días tuve el gusto de entrevistar al científico de la computación Leonard Kleinrock, también para Vocento. Kleinrock, de 81 años, ha sido galardonado este año con un premio de la Fundación BBVA, por lo que hizo gira por España. Han aparecido entrevistas con él en muchos medios estos días.

En resumen, en el momento en que, en octubre de 1969, un muchacho llamado Charley Kline envió por primera vez información a otro ordenador que estaba a varios kilómetros (los que separan el campus de la UCLA del laboratorio informático de Stanford) a través de la red ARPA, Kleinrock estaba allí de pie junto al teclado.

Casi todos los medios hemos denominado a Kleinrock como uno de «los padres de internet», ya que puso las bases teóricas para que aquella comunicación tuviera lugar. Los padres de internet. Puede que a muchos de ustedes les molesten estas simplificaciones, aunque personalmente creo que son inevitables ya que la historia de la ciencia se acaba estratificando y lo que un día fue el invento de un ingeniero que trabajaba para Edison se acaba convirtiendo en un invento de Edison cien años después. Necesitamos relatos simples para poder aprehenderlo todo.

Bien, hecha esta digresión, el caso es que, acabada la entrevista*, tenía curiosidad y pregunté al señor Kleinrock por esto:

– Cuando pienso en la historia de internet, además de su nombre me vienen a la cabeza otros cuantos: Cerf, Berners-Lee, Roberts, Kahn… ¿pero qué otros nombres destacaría? ¿Qué personas han contribuido decisivamente cuyos nombres han sido casi olvidados?
– En primer lugar, debe tener en cuenta que hay un enorme número de personas que han contribuido al presente de internet. Se ha dejado unos cuantos grandes nombres, uno de ellos es el de Steve Crocker, que estaba al mando de mi grupo de software de UCLA, yo le puse al mando. Y junto a él estaban Vint Cerf, Jon Postel, otro nombre que quizá le suene: Charley Kline, Bill Naylor… otro nombre que debería conocer es Larry Roberts, encargado de montar toda la red de ARPA, y estaba Bob Taylor que era su jefe, estaba Frank Heart en BBN [empresa contratista del Departamento de Defensa] que dirigía el grupo que ganó el contrato para implementar el primer switch, ¡y estaba su gente! Gente como Dave Walden, Willy Crowther, hubo otros nombres que llegaron algo más tarde a escena, por ejemplo Danny Cohen, gracias al cual ahora tenemos streaming en internet, porque convenció a Vint Cerf y Bob Kahn para dividir el TCP en TCP/IP, para que pudiéramos transportar algo más en el IP en lugar de cargar tanto el TCP. Otros nombres a lo largo del camino… estaba Licklider, quien básicamente formó el grupo de investigación en ordenadores de ARPA y quien tenía una visión simbiótica del hombre y el ordenador, había alguna gente en Europa, estaba Peter Kirstein en Reino Unido, estaba… ¿cómo se llama?
– ¿Alguien en el CERN quizá?
– Eso vino mucho más tarde, ahora estoy hablando de los del principio. Lo de Tim Berners-Lee es una aplicación funcionando sobre internet, yo estoy hablando de la columna vertebral de internet. Estaba Louis Pouzin en Francia, en el CYCLADES, y mucha otra gente entre medias, como Bob Metcalfe, quien montó el Ethernet, Dave Clark, quien estaba en el MIT e hizo la primera implementación del TCP en un ordenador personal. Veamos, estaba la gente que creó la primera versión comercial de la web, como Jim Clark en Netscape, y Marc Andreesen que estaba con él… y ya nos vamos a gente mucho más reciente, es decir, los multimillonarios.
– Creo que esos ya son bastante conocidos.
– Puedo pensar en más, si quiere, mientras hablamos. ¡Oh! Paul Mockapetris, estuvo involucrado en la creación del DNS con Jon Postel. Bill Wolff y Dave Mills, en la Fundación Nacional de Ciencia. Veamos hmmm… luego estaban Larry Landweaber y Barry Leiner en los años setenta y ochenta, estaba…

Así siguió un par de minutos más. De alguna forma, la síntesis de «los padres de internet», con su simplificador trazo grueso, empieza a cobrar sentido para mí, y aún así, me sigue poniendo la piel de gallina.

Bien, creo que finalmente he llegado a esa edad en la que descubres que hay una razón fundamental por la que el hombre no ha puesto en marcha la fusión nuclear, la democracia sigue siendo imperfecta y los periódicos no están llenos de inteligencia inteligible.

Es.

Muy.

Difícil.

 

* La entrevista a Kleinrock, con respuestas mucho más interesantes que este descarte que les ofrezco, saldrá publicada el próximo 29 de julio en el suplemento Innova+ que se incluye con los diarios regionales de Vocento.

Agradecimientos

Bueno, como ha anunciado esta mañana Pedrojota -en adelante, el arrendatario- el próximo mes de agosto me incorporo a El Español.

¡Lo sé, lo sé! Qué cambio, ¿verdad? Vale, prefiero que sea el trabajo publicado quien hable por mí, pero sólo un par de apuntes al respecto.

 

Estoy muy contento de entrar a formar parte de esta redacción. Estaré rodeado de periodistas a los que respeto profesionalmente, a los que he leído desde hace tiempo, periodistas que han sacado tiempo y dinero de debajo de las piedras para sacar grandes historias. Tengo muchas ganas de trabajar junto a ellos o a sus órdenes. En definitiva, ayudar a mejorar las historias que ellos saquen y viceversa.

No voy a contar nada confidencial, pero desde la primera entrevista que tuve con ellos… miren, hablábamos todos el mismo idioma. Ellos son ambiciosos y al mismo tiempo muy conscientes del trabajo que costará. Además, me ha encantado que hasta el momento, en el blog de El Español, no hayan sacado manifiestos ni decálogos grandilocuentes sobre el periodismo que harán-haremos, sino muestras reales: reportajes, infografías, perfiles, entrevistas o incluso mini-documentales. No hablando en futuro, sino en presente. Como ven, todavía me cuesta acostumbrarme a usar la primera persona del plural. Necesito una semana en la playa para desconectar del disfraz de lobo solitario.

Sé también que aunque los mimbres sean conocidos para muchos, el medio empieza de cero y llevará un tiempo construir esa confianza casi-ciega con el lector, lograr que entren a El Español con hambre de conocimiento, pero también con la guardia lo suficientemente baja, sabiendo que el menú les alimentará sin intoxicarles. Habrá que hacerlo bien durante meses, qué digo, durante años, para construir ese vínculo que otros medios ya tienen. Y los responsables del periódico saben que el único método es trabajar más horas e intentar llegar más lejos, ser más audaces.

Es un reto descomunal, y al mismo tiempo, un regalo.

 

Lo que no sabemos

Cómo agradecer a toda la gente que durante estos años como freelance han confiado en mí, encargándome trabajos. Desde Patricia Fernández de Lis, que fue la primera en encargarme algo para Público hace 7 veranos, hasta Ramón González Ferriz que se acordó de mi para su Ahora. Como verán, desde medios que ya no existen en papel hasta medios que aún no existen en papel.

Y entre medias, Nuria Ramírez, Araceli Acosta o Jesús Calero de ABC, Pampa García Molina de SINC, Rocío Mendoza de Vocento, Ignacio Fernández Bayo de Divulga, Alfonso Armada en FronteraD, los amigos de Jot Down, los compadres de Civio… en fin, todos los que han contribuido a dar forma a mi portfolio y sin los cuales jamás, nada, nunca, ni de coña, pero qué dices.

 

Bueno, eso. Hemos venido a jugar, así que juguemos.

Productos televisivos

Una de esas cosas que uno recuerda de hace años aunque ya no recuerda el nombre ni la cara del protagonista. Hace 15 años, tuve un profesor de inglés en Australia que era un apasionado de la radio. Y él, en nuestras clases, hacía un pequeño descanso cada 15 ó 20 minutos. Ponía una canción o un vídeo, hacía un pequeño juego, lo que fuera, antes de seguir hablando de cómo emplear el subjuntivo. El motivo era la radio, claro. Decía que tenía comprobado que, gracias al efecto de la radio y la televisión, ya era imposible mantener la atención del alumno durante más de 15 minutos: hacía falta una breve desconexión para volver y retomar la clase con fuerza.

Es una reflexión escalofriante pero tiene mucho sentido. He pensado en aquel profesor durante estos días, al repasar algunas declaraciones achacando a los medios el haber encumbrado a ciertos partidos políticos y actores dentro de ellos.

Es sintomático cómo al principio se criticaba -principalmente desde el Partido Popular- que la televisión hubiera encumbrado a Pablo Iglesias y a Podemos. Antes de darnos cuenta, también teníamos a Pedro Sánchez y Albert Rivera haciendo giras por distintos programas de entretenimiento y tertulias. Y ahora, incluso el PP ha presentado a Pablo Casado, su propio su torpedo telegénico, para bombardear posiciones progresistas desde dentro de la caja tonta. Es tan obvio que ofende.

Además, salvo los de Podemos – más obligados a seguir un guión de normalidad con dientes irregulares, dioptrías y alopecia- todos los demás son intercambiables en cuanto a imagen y perfectamente capaces de sustituir a un presentador del telediario.

Hace poco, un amigo que escribe en Jot Down, me dijo delante de unas cervezas que son políticos a los que te imaginas siempre desgañitándose en un mitin, o en una entrevista en prime time, pero nunca en una reunión de ocho horas debatiendo la modificación de una cláusula dentro de una ley. Más o menos. La brillante idea es suya, los previsibles ejemplos son míos.

Así que bueno, este es el escenario ahora. Hemos tardado en llegar, pero ya estamos donde preveía Feuerbach, citado aquí (página 7) por Debord. Las cursivas son suyas, los enlaces son míos:

«Y sin duda nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… Lo que es sagrado para él no es sino la ilusión, pero aquello que es profano es la verdad. Más aún, lo sagrado se engrandece a sus ojos a medida que decrece la verdad y que la ilusión crece, tanto y tan bien que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado».

No creo que hasta ahora hayamos tenido en España un producto audiovisual como presidente, ya que, pese a que Zapatero se esforzara por serlo, labró su carrera más en oscuros despachos que frente a las cámaras, dejando esta labor a los profesionales. Pero es probable que el próximo -dure lo que dure Rajoy- lo sea. Y mi duda es… ¿caducarán estos políticos como caducan los productos televisivos?

Vemos a los «políticos de la Transición», nos gusten más o menos, como un ruido blanco. Están ahí, murmurando al fondo de la sala. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, oigo a Albert Rivera soltar una fallida ocurrencia en televisión o a Pablo Iglesias tararear la Marcha Imperial en un mitin y me invade una sensación de hartazgo. Están tratando constantemente de captar mi atención, de estimularme, y al escucharlos mientras pico verduras para el gazpacho en la cocina pienso «joder, estoy hasta el rabo ya de esta gente».

Porque si hasta La Hora Chanante dejó de ser graciosa, si ya apagamos la tele cuando nos ponen otro capítulo de Halloween de Los Simpsons cualquier otro día… ¿Cómo espera Pablo Iglesias mantener el share de aquí a noviembre? ¿Cómo espera Albert Rivera mantener el misterio de su frescura?

[Ojo, Pedro Sánchez parece ser más consciente de esta lógica. En la primera temporada de su serie, al ser elegido, se nos presentaba como un Zapatero 2.0 que firmaba acuerdos con el Gobierno en modo patriota, en la segunda giró a la izquierda para gritar en una subida del Ebro «dónde coño» estaba Rajoy, en la tercera dijo que no pactaría con Podemos con gran capítulo sorpresa en la Season Finale, y en la cuarta temporada ya se nos ha puesto delante de una bandera al estilo demócrata yanqui. ¿Esquizoide? Sí. ¿De fiar? En absoluto, pero cuidado, sabe de sobra lo que le pide un público imagocéntrico y seriéfilo a un político para seguir en antena.]

El papa verde oscuro

He echado un vistazo a la encíclica Laudato si’ (Alabado seas) que el papa Francisco publicó la semana pasada. Dado que no soy aficionado a este tipo de literatura, afronté la lectura con cierta ingenuidad textual pero, por supuesto, armado con otro tipo de prejuicios sobre el autor. La verdad es que me sorprendió que estuviera escrita de forma tan llana y con bastante pulcritud en lo que se refiere a datos concretos sobre el calentamiento global o el ciclo del carbono.

Dicho lo cual, me ha sorprendido un poco la falta de memoria que ha habido en el debate público sobre la encíclica. Personalmente, no soy una persona de gran memoria -salvo en el área de conocimiento inútil, como alineaciones de equipos de los años 90- y quizá por eso suelo tirar de documentación antes de ponerme a teclear.

Por un lado, están los que han encumbrado a Bergoglio como El Papa Verde y a su encíclica como un texto revolucionario al estilo Rachel Carson. Hace apenas dos años el Papa Verde era Benedicto XVI, en cuya encíclica de 2009 Caritas in veritate (Caridad en la verdad) decía cosas como:

«Hoy, las cuestiones relacionadas con el cuidado y salvaguardia del ambiente han de tener debidamente en cuenta los problemas energéticos. En efecto, el acaparamiento por parte de algunos estados, grupos de poder y empresas de recursos energéticos no renovables, es un grave obstáculo para el desarrollo de los países pobres. Éstos no tienen medios económicos ni para acceder a las fuentes energéticas no renovables ya existentes ni para financiar la búsqueda de fuentes nuevas y alternativas».
Nota: Las cursivas son de Su Santidad o de su oficina de prensa.

Y mucho antes, el Papa Verde era Juan Pablo II, que en el Día Mundial de la Paz de 1990 ya urgió a los asistentes a ver el mundo natural como una de las creaciones de Dios que valía la pena proteger. Así que la cuestión es si en el siglo XXI es ya posible tener un papa que no sea verde, si el cuidado por el medio ambiente forma ya parte de la doctrina católica tanto como la castidad.

Por otro lado, también están los que han dicho que Bergoglio debería limitarse a hablar de lo suyo. Por ejemplo Jeb Bush, pre-candidato republicano a las elecciones de 2016, dijo al New York Times: «Espero que mi sacerdote no me castigue por decir esto, pero no recibo lecciones de política económica de mis obispos o mis cardenales o mi papa», lo cual es curioso porque seguramente muchos de los que fueron a ese mitin suyo en New Hampshire han recibido alguna vez lecciones de biología evolutiva u orígenes del universo por parte de sus sacerdotes, obispos o cardenales.

En fin, a lo que iba.

El estado del Vaticano, con todas sus particularidades, es un estado soberano que forma parte de la UNFCC, la convención de la ONU que se encarga del cambio climático. Y como tal, participa en sus actos con su propia delegación y en los últimos tiempos se ha posicionado a favor de la acción política contra el cambio climático.

Sin embargo, el Vaticano no juega a este juego con las mismas reglas que los demás. Debido a que el país es un trozo de 44 hectáreas inserto en mitad de Roma, el Vaticano no estaba obligado a firmar el Protocolo de Kioto, sino acogerse al mismo como «miembro observador». Así que no lo firmó, al igual que hizo Andorra. Tampoco se acogió a la Convención para la Diversidad Biológica en 2009. Es una postura extraña, dado que además Italia, el país que lo rodea por completo, sí se acogió a ambos compromisos. Bien es cierto que en ambos casos el jefe de estado era otro. ¿Será capaz Francisco de sumar la Santa Sede al próximo tratado?

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El cardenal Paul Poupard acepta del fundador de KlimaFa un certificado de bonos de carbono. BusinessWire

Curiosamente, el Vaticano ha hecho bastantes esfuerzos por el medio ambiente en los últimos años. De hecho, sirve un poco como ejemplo en miniatura de las políticas ambientales de países mayores. En primer lugar, en 2007 anunciaron que serían el primer estado carbon-neutral del mundo. ¿Cómo? Gracias a la plantación de un bosque de 10.000 hectáreas en Hungría cuyos árboles absorberían el dióxido de carbono que el Vaticano produce en transportar al Papa, encender los radiadores o iluminar la basílica. La Santa Sede se alió con una empresa húngara llamada KlimaFa, a la que pagaría mediante bonos de carbono, un mecanismo que establecía Kioto para que los países más contaminantes compensaran a los menos contaminantes, y que la Unión Europea pensó que serían geniales para reactivar las nuevas economías del Este.

Lo que ocurrió es que, pese a que Benedicto XVI incluso autorizó al Banco Vaticano para comprar estos bonos, jamás fueron comprados porque KlimaFa no plantó un sólo árbol. De hecho, hoy klimafa.com es un dominio perdido que ofrece consejos sobre las mejores pipas de marihuana.

Fue todo una estafa -no se sabe si por incompetencia o por avaricia- y en 2010 el jefe de prensa del pontífice reconocía que estaban planteándose demandar a los impulsores de la medida por daños a su reputación. No fueron los únicos en caer en manos de especuladores de bonos de carbono, de hecho, el caso del Vaticano aparece en una serie de seis reportajes sobre el tema recogidos en el Christian Science Monitor.

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Benedicto XVI estrecha la mano de Carlos Ghosn,  presidente de Renault, al recibir su Papamóvil eléctrico en 2012. AFP

Luego llegó el boom de las renovables y el Vaticano no se quedó atrás, plantando mil placas fotovoltaicas en el tejado del auditorio Pablo VI, uno de los edificios más modernos del Vaticano, construido en los años setenta. La electricidad limpia generada da para alimentar las necesidades de ese edificio. Y poco tiempo después, con la llegada de los coches eléctricos, llegó el Papamóvil eléctrico con una campaña estupenda para Renault y su presidente, que entregó en persona a Ratzinger las llaves de su nueva Kangoo eléctrica cual presentador de un concurso.

En el fondo da la impresión de que siempre ha sido así, maniobras de relaciones públicas de unos y otros. Presentar a una institución milenaria como sensible, cercana también a los problemas del planeta, y de paso fotografiarse junto al papa: Win-win situation.

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De: Antonio Villarreal
Enviado: Lunes, 22 de junio de 2015, 11:04:22
Para: press@unfccc.int
Good morning,
My name is Antonio Villarreal and I am a Spanish science journalist. I am writing a story on Pope Francis’ encyclical on climate for a Spanish newspaper and was wondering if there are any estimates of the Holy See CO2 emissions or the Vatican footprint. I have been looking for these figures in the UNFCCC documents but haven’t seen anything on this. Are there any sources of information in which I can find these stats? Is Vatican, as an observer country for the Kyoto protocol, exempt to disclose their emission levels, or are these included with the Italian emissions?
Hope you can help, thanks a lot and have a good day. Kind regards,
Antonio
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De: press@unfccc.int
Enviado: Martes, 23 de junio de 2015, 13:34:23
Para: Antonio Villarreal
Dear Antonio Villarreal,
Thank you for your message. You are correct: as an observer State to the
UN Framework Convention on Climate Change, the Holy See is not obliged to
report its greenhouse gas inventory.
Regards,
UNFCCC Press Office
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No me malinterpreten. El papa es una figura muy importante para muchísimos millones de personas y es fantástico que se posicione a favor de reducir las emisiones y cuidar más el planeta. De cara a las negociaciones para Kioto 2, puede tener un efecto positivo para que los ciudadanos de muchos países de mayoría católica, como africanos y centroamericanos, presionen a sus gobiernos para llegar a acuerdos.

Pero si de verdad Francisco quiere jugar a este juego, tiene que jugar con las reglas de todos. Para empezar, dentro de su pequeñísimo ámbito, publicando las emisiones del Vaticano o la huella de carbono de sus pocos, aunque muy móviles, habitantes. Actuar y no sólo predicar al resto de países.

Creo que hay un versículo que dice algo así en la Biblia… quizá era la epístola a los corintios, o no, no, quizá en los efesios. Ya he dicho que mi memoria no es la mejor.